Aldo Sigüenza
Poeta recién llegado
Dos cuarenta de la madrugada, una ráfaga de desvelo toca mi insomnio despertando mi alma…
Unos poemas medio sombreados tocan el pedúnculo de mis párpados, aun cerrados entre el claro oscuro veo unos esferos psicodélicos marchando en salidas de papel, ellos saben que los soplos de ingenio están por llegar…
Tres en punto, el poeta, el esfero y el polvoriento papel esperan a que las letras se purifiquen del recaudo de las noches anteriores, alistándose para una nueva faena…
Tres y cuarto, rápidamente ilumino mi recuerdo y miro mis alucinaciones transcurridas en esas pocas horas de inconsciencia perdido en el globo llamado tierra, alejado de mi esencia de poeta; verme actuando en esa esfera de realidad me deja ese amargo sabor de boca que me dice, entre murmullos, que para el mundo el poeta es nada más que un loco que dejó sin atar su cordura; luego, siento un silente susurro que me recuerda el verdadero estimulo de escribir y eso me deja tranquilo para no volver a mi cama y plasmarme en un nuevo poema…
Tres cuarenta, un sutil pero agudo sonar llega a mi alma, al parecer es el estímulo llamado musa: esa que llega a la puerta desnuda de mi inspiración, esa que se desnuda al llegar y se sienta mientras la pluma la recorre besando las bellas curvas de su ser; esa ramera que te hace feliz durante unas horas, esa que se acuesta con cada poeta, esa que no le importa el tamaño de los verdes que tengas para pagar, esa que te cobra con arte, esa que te recuerda el verdadero sentido de tus letras, esa que te arranca del mundo simple y te lleva a un mundo complejo pero simple de armar…
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