La casa de las arenas
Poeta recién llegado
Sucumbió a las directivas de un renglón, a la mullidez del sofá de los domingos. Afuera sigue nublado, pero adentro salió el sol; la luz delimita con nitidez los contornos de los cuerpos. Desde hoy, la silla será silla para siempre (ni espera, ni compañía, ni mucho menos roble), se apilarán los sobres vacíos de letras en el palier. Yacen bajo la alfombra, frías y descorazonadas, las cenizas.
¿Quién lo habría anticipado? La inmortalidad residía en la cola de un cometa, en los planes truncos de nacimiento, en las ensoñaciones prohibidas del penúltimo recital de Sabina.
Las tumbas se abrirán como damas de noche cuando den las doce, hambrientas de almas que no llegarán a destino.
Murió la poesía y los que quedamos no sabemos cómo llorarla.
NATALIA DOÑATE
¿Quién lo habría anticipado? La inmortalidad residía en la cola de un cometa, en los planes truncos de nacimiento, en las ensoñaciones prohibidas del penúltimo recital de Sabina.
Las tumbas se abrirán como damas de noche cuando den las doce, hambrientas de almas que no llegarán a destino.
Murió la poesía y los que quedamos no sabemos cómo llorarla.
NATALIA DOÑATE