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El simposio de las entidades dialécticas

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 28 de Enero de 2026 a las 5:29 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 9

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    En la Universidad de las Ruinas Grises, un edificio decimonónico que olía a moho, se celebraba cada siete años el Simposio Ontológico Absoluto. Los filósofos llegaban de todas partes: heideggerianos con abrigos de lana negra, posestructuralistas con tatuajes de Derrida en los antebazos, analíticos de Oxford que llevaban calculadoras de bolsillo como si fueran rosarios. Todos sabían la regla no escrita: aquí las palabras pesan más que en cualquier otro lugar. Aquí se puede morir de una mala refutación.

    La sala principal era un anfiteatro hundido, con gradas de piedra que parecían dientes. Aquel año el tema era «La realidad del desacuerdo». El moderador, el doctor Lysenko-Vega (un hombre flaco que hablaba como si cada sílaba le doliera), abrió la sesión con una sonrisa demasiado ancha.

    —Hoy demostraremos —dijo— que la contradicción no es solo lógica, sino carnívora.

    Nadie rió. Todos habían leído los rumores.

    El primer ponente fue la profesora Arendt-K, especialista en violencia política. Subió al estrado con un fajo de notas y comenzó:

    —El mal no es banal. El mal es performativo. Se constituye…

    No terminó la frase.

    Del aire frente a ella se desgarró algo parecido a una página en blanco que sangraba tinta negra. La hoja se dobló sobre sí misma, formó ángulos imposibles y se convirtió en una cosa alta, delgada, hecha de negaciones puras. Era la Antítesis Encarnada de su propia afirmación: una silueta de papel vivo con boca de tijera y ojos que eran signos de interrogación abiertos en canal.

    La cosa habló con la voz de Arendt-K, como un disco rayado en sentido contrario:

    —…no se constituye. Es banal. Siempre lo fue.

    Y se lanzó.

    Las tijeras de su boca cortaron el aire.

    La profesora intentó retroceder, pero la entidad ya la había alcanzado. No hubo sangre al principio; solo un sonido de papel rasgado muy fino. Luego sí: las páginas de sus notas salieron volando de su pecho abierto, manchadas de rojo. Cayó de rodillas mientras la Antítesis la devoraba palabra por palabra, incorporando sus conceptos como quien recorta y pega. Cuando terminó, la cosa era más alta, más compleja, llevaba ahora las gafas rotas de Arendt-K colgando de una oreja que no tenía.
    El público no gritó. Los filósofos toman notas incluso cuando mueren.

    El siguiente fue un joven lacaniano, aterrado pero valiente (o estúpido). Se levantó con la mano temblando.

    —Esto… esto es una psicosis colectiva inducida por el significante amo…

    Una nueva grieta en el aire. Esta vez nació algo peor: un nudo de significantes flotantes con forma de medusa hecha de espejos rotos. Cada espejo reflejaba al lacaniano diciendo exactamente lo contrario de lo que acababa de decir. La medusa lo envolvió. Los espejos se clavaron en su piel y empezaron a girar, reescribiendo su rostro en tiempo real. Cuando terminó, del lacaniano solo quedaba el vacío: un hombre que abría la boca y no salía nada, ni siquiera aliento.

    El pánico empezó a ser audible, pero nadie abandonó la sala. Huir habría sido admitir que la dialéctica tenía límites, y eso es herejía.

    Lysenko-Vega alzó las manos, extasiado.

    —¡Ven! ¡La tesis genera su propia negación! ¡La negación genera la síntesis! ¡El proceso es literal!

    Entonces habló el doctor O., un anciano analítico que llevaba toda la vida refutando continentales con una calma glacial. Se puso en pie, ajustó sus gafas de montura metálica y dijo con voz clara:

    —Con el debido respeto, esto es una falacia naturalista grotesca. Lo que ustedes llaman «entidades dialécticas» es simplemente un fenómeno alucinatorio colectivo provocado por…

    No pudo terminar.

    Esta vez no apareció una, sino tres entidades a la vez. Eran síntesis prematuras, abortos lógicos con demasiados brazos y bocas que repetían «gato es sobre la estera» en cien lenguas muertas. Rodearon al doctor O. como niños hambrientos. Intentó defenderse con un argumento modus tollens impecable, pero las entidades lo contradijeron siendo más verdaderas que él. Lo levantaron en vilo y lo partieron en premisas y conclusiones. La conclusión cayó al suelo con un sonido húmedo; la premisa mayor intentó arrastrarse hacia la salida, pero una de las entidades la pisó y la aplastó como a una cucaracha lógica.
    El anfiteatro ya olía a sangre y a tinta de impresora.

    Solo quedaban nueve filósofos vivos. Entre ellos, una estudiante de posgrado llamada Mara, que había venido solo a tomar notas para su tesis sobre la negatividad hegeliana. Mara llevaba todo el simposio callada, temblando, anotando cada horror en un cuaderno negro. Cuando las entidades empezaron a girar hacia ella, cerró el cuaderno de golpe.

    —No —dijo con voz muy baja.
    Las entidades se detuvieron. Era la primera vez que algo las detenía.

    Mara abrió el cuaderno y leyó en voz alta lo que había escrito durante las últimas dos horas. No era una refutación. No era una tesis. Era una descripción pura, sin juicios, de todo lo que había visto: los cortes, los espejos, las tijeras de papel, el olor. Leía con la precisión de quien ya no tiene miedo porque ha entendido la regla del juego.

    Las entidades se retorcieron.
    Intentaron generar sus antítesis, pero no podían: no había afirmación que negar. Solo registro. Testimonio. Lo Real sin simbolizar.

    Una por una, empezaron a deshilacharse. Se convirtieron en hojas sueltas que cayeron al suelo como nieve. El anfiteatro quedó en silencio, cubierto de papel manchado de sangre que ya no decía nada.

    Lysenko-Vega, uno de los supervivientes, la miró con odio y admiración.

    —¿Qué… qué has hecho?

    Mara cerró el cuaderno.

    —He escrito lo que pasó —dijo—. Sin tomar partido. La dialéctica necesita dos bandos para alimentarse. Yo no le di ninguno.

    El moderador abrió la boca para replicar, pero ya no había argumentos en el aire. Solo había una mujer con un cuaderno y un montón de cadáveres que habían creído que las palabras eran solo palabras.

    Mara salió del anfiteatro. Afuera llovía. Guardó el cuaderno en su mochila y caminó bajo la lluvia sin mirar atrás.

    Dicen que aún anda por ahí. Dicen que si la encuentras y le preguntas sobre el Simposio, te mira fijamente y responde:

    —No preguntes. Solo escribe lo que ves.

    Y si insistes en discutir, saca el cuaderno negro y empieza a escribirte.
     
    #1

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