Cecilya
Cecy
Julián y yo nos besábamos todas las noches.
O casi, porque en el ámbito del teatro profesional, los besos son de mentira.
Creábamos cada noche, en la escena final de la obra que representábamos, una magnífica ilusión de beso.
No era difícil. Bastaba con el detalle de delicadeza de tener aliento rico, a pastilla de menta o frutas, y él me tomaba con firmeza por el cuello, apoyaba sus labios sobre los míos, yo inclinaba mi cabeza en ángulo, y nos movíamos fingiendo pasión, como si dentro de nuestras bocas ocurriera lo que ocurre con un beso normal.
Pero no pasaba nada más que la fascinación del público, que esperaba ese instante durante todo el texto, en el cual nuestros personajes admitían que se amaban, en la escena de entrega más intensa de nuestra performance.
Lo hacíamos increíblemente bien, intuyo que se veía muy real, ya que las ovaciones se repetían función tras función.
Cuando concluía el beso, caía el pesado telón escarlata y nos separábamos al segundo, para luego salir a saludar tomados de la mano, sonriendo los dos con una mezcla de adrenalina y gratitud ante un público que derrochaba generosidad.
Nunca supimos cuan mecánico era todo ese proceso en nuestros cuerpos, hasta que nos comunicaron que la obra se levantaría un mes antes de lo pactado, y no por falta de audiencia, sino porque nos querían a ambos en la versión para cine con un gran elenco y necesitaban que hubiera un lapso de tiempo considerable para no superponer ambos proyectos y para que no se desgastara la temática.
Nuestra obra era la adaptación de la historia de dos personajes extraídos de un contexto más amplio.
Una amiga en común, adorable por cierto, Antonella, la directora, guionista, y creo que además un poco psicóloga de oficio, había convencido hábilmente al autor del libro original para que le permitiera narrar ambas versiones libres, la del teatro y la de la pantalla grande, a cambio de renombre y abultadas regalías, y para que no interpusiera egos absurdos de escritor o caprichos de soberbia de último momento.
Por eso el día que nos dijeron que la trama iba a crecer y que para crecer debíamos cortar antes, nos ocurrieron muchas cosas.
La idea de mecanismo se nos derrumbó. Sam y Bianca ya no se besarían cada noche.
Volveríamos a ser Jimena y Julián, simplemente nosotros.
Me costó, pero lo entendí más rápido que él. O tal vez no lo entendí, sino que acallé esas voces internas que también resonaban en mi mente. Fui más fría, más cerebral, más práctica.
Durante los ensayos nos habíamos dedicado a disfrutar a pleno, nunca nos había faltado la conexión escénica y creo que la gente percibía ese magnetismo, carisma, ángel...
Sin embargo, en el plano personal no teníamos un trato tan cercano, y al cabo del show cada uno regresaba a su camarín y después a la propia vida.
Bianca y Sam se sentían profundamente atraídos, se deseaban, se fascinaban mutuamente, pero Julián y Jimena eran solo colegas y buenos compañeros. Eso parecía muy claro hasta que llegó la noche de la última gala en la que inclusive vendría a vernos el escritor que a través de su bendito texto había hecho posible nuestra dupla.
Nunca había estado tan nerviosa, lo juro, ni siquiera en el debut, pero esa noche se me complicaba la concentración. Hasta llegué a temer olvidarme de la letra. Eso hubiera sido terrible.
Julián deambulaba intranquilo, no podía mantenerse quieto en un solo lugar, y yo no quería ni podía mirarlo a la cara.
Antes del comienzo, un segundo antes, se me acercó y me dijo en una voz bajísima, al oído, “no quiero que termine…”
Se me anudó la garganta y no le respondí, simplemente las palabras no brotaron.
Empezamos a desarrollar nuestras líneas, y al cabo de una hora treinta y cinco, en la escena concreta de la ilusión del beso apasionado, ambos supimos que sería diferente. Lo percibimos así. Que quizás Sam y Bianca merecían que les diéramos un último aliento de vida, y que si les habíamos prestado los cuerpos, también debíamos prestarles las almas.
Experimenté la cálida e intensa presión de los labios de Julián, entreabrí los míos, lo correspondí al mismo nivel y dejé que invadiera mi boca, que la recorriera completa en su humedad de menta y frutas, que se prolongara mucho más ese instante de aplausos y gritos de los espectadores que parecían alejarse como en un eco extraño que se apagaba, fusionándose con la melodía del epílogo, mientras los dos nos sentíamos por última vez.
Sería la única, la última vez.
Porque después de la vorágine del fin de la temporada, huí, lo reconozco.
Armé un viaje muy repentino con Héctor, que es el hombre que me besa apasionadamente debajo del escenario. Me fui lejos, más lejos que nunca, y rechacé el papel en la versión del cine.
Julián tampoco lo aceptó. Y de su vida sentimental… no sé nada al respecto ya que siempre fue un misterio absoluto.
Creo que Bianca y Sam, en algún lugar sin relojes todavía nos están esperando, a él y a mí. No a otra pareja. A nosotros. Imagino que ellos conocen nuestro secreto de la gala final.
Hoy pienso que los personajes de tinta y papel son como almas errantes que adquieren esencia cuando alguien los lee, y que como si fueran espíritus, eligen, toman los cuerpos que los honran.
Algo de Bianca vivirá siempre en mi carácter, en mi personalidad, y bastante de Sam se quedará prendido a los pasos de mi compañero.
¿Si nos amamos?
No sabría qué decirles, la magia no es una ciencia exacta.
Por eso no tengo una respuesta exacta.
Aunque si el público lo creyó, es muy probable que haya sido verdad.
......................................................................
A mi amigo "con residencia en Londres" que quería volver a leer este cuento.
Gracias hermano del corazón por tu apoyo incondicional desde hace más de una década en todos mis escritos y también en la vida.
O casi, porque en el ámbito del teatro profesional, los besos son de mentira.
Creábamos cada noche, en la escena final de la obra que representábamos, una magnífica ilusión de beso.
No era difícil. Bastaba con el detalle de delicadeza de tener aliento rico, a pastilla de menta o frutas, y él me tomaba con firmeza por el cuello, apoyaba sus labios sobre los míos, yo inclinaba mi cabeza en ángulo, y nos movíamos fingiendo pasión, como si dentro de nuestras bocas ocurriera lo que ocurre con un beso normal.
Pero no pasaba nada más que la fascinación del público, que esperaba ese instante durante todo el texto, en el cual nuestros personajes admitían que se amaban, en la escena de entrega más intensa de nuestra performance.
Lo hacíamos increíblemente bien, intuyo que se veía muy real, ya que las ovaciones se repetían función tras función.
Cuando concluía el beso, caía el pesado telón escarlata y nos separábamos al segundo, para luego salir a saludar tomados de la mano, sonriendo los dos con una mezcla de adrenalina y gratitud ante un público que derrochaba generosidad.
Nunca supimos cuan mecánico era todo ese proceso en nuestros cuerpos, hasta que nos comunicaron que la obra se levantaría un mes antes de lo pactado, y no por falta de audiencia, sino porque nos querían a ambos en la versión para cine con un gran elenco y necesitaban que hubiera un lapso de tiempo considerable para no superponer ambos proyectos y para que no se desgastara la temática.
Nuestra obra era la adaptación de la historia de dos personajes extraídos de un contexto más amplio.
Una amiga en común, adorable por cierto, Antonella, la directora, guionista, y creo que además un poco psicóloga de oficio, había convencido hábilmente al autor del libro original para que le permitiera narrar ambas versiones libres, la del teatro y la de la pantalla grande, a cambio de renombre y abultadas regalías, y para que no interpusiera egos absurdos de escritor o caprichos de soberbia de último momento.
Por eso el día que nos dijeron que la trama iba a crecer y que para crecer debíamos cortar antes, nos ocurrieron muchas cosas.
La idea de mecanismo se nos derrumbó. Sam y Bianca ya no se besarían cada noche.
Volveríamos a ser Jimena y Julián, simplemente nosotros.
Me costó, pero lo entendí más rápido que él. O tal vez no lo entendí, sino que acallé esas voces internas que también resonaban en mi mente. Fui más fría, más cerebral, más práctica.
Durante los ensayos nos habíamos dedicado a disfrutar a pleno, nunca nos había faltado la conexión escénica y creo que la gente percibía ese magnetismo, carisma, ángel...
Sin embargo, en el plano personal no teníamos un trato tan cercano, y al cabo del show cada uno regresaba a su camarín y después a la propia vida.
Bianca y Sam se sentían profundamente atraídos, se deseaban, se fascinaban mutuamente, pero Julián y Jimena eran solo colegas y buenos compañeros. Eso parecía muy claro hasta que llegó la noche de la última gala en la que inclusive vendría a vernos el escritor que a través de su bendito texto había hecho posible nuestra dupla.
Nunca había estado tan nerviosa, lo juro, ni siquiera en el debut, pero esa noche se me complicaba la concentración. Hasta llegué a temer olvidarme de la letra. Eso hubiera sido terrible.
Julián deambulaba intranquilo, no podía mantenerse quieto en un solo lugar, y yo no quería ni podía mirarlo a la cara.
Antes del comienzo, un segundo antes, se me acercó y me dijo en una voz bajísima, al oído, “no quiero que termine…”
Se me anudó la garganta y no le respondí, simplemente las palabras no brotaron.
Empezamos a desarrollar nuestras líneas, y al cabo de una hora treinta y cinco, en la escena concreta de la ilusión del beso apasionado, ambos supimos que sería diferente. Lo percibimos así. Que quizás Sam y Bianca merecían que les diéramos un último aliento de vida, y que si les habíamos prestado los cuerpos, también debíamos prestarles las almas.
Experimenté la cálida e intensa presión de los labios de Julián, entreabrí los míos, lo correspondí al mismo nivel y dejé que invadiera mi boca, que la recorriera completa en su humedad de menta y frutas, que se prolongara mucho más ese instante de aplausos y gritos de los espectadores que parecían alejarse como en un eco extraño que se apagaba, fusionándose con la melodía del epílogo, mientras los dos nos sentíamos por última vez.
Sería la única, la última vez.
Porque después de la vorágine del fin de la temporada, huí, lo reconozco.
Armé un viaje muy repentino con Héctor, que es el hombre que me besa apasionadamente debajo del escenario. Me fui lejos, más lejos que nunca, y rechacé el papel en la versión del cine.
Julián tampoco lo aceptó. Y de su vida sentimental… no sé nada al respecto ya que siempre fue un misterio absoluto.
Creo que Bianca y Sam, en algún lugar sin relojes todavía nos están esperando, a él y a mí. No a otra pareja. A nosotros. Imagino que ellos conocen nuestro secreto de la gala final.
Hoy pienso que los personajes de tinta y papel son como almas errantes que adquieren esencia cuando alguien los lee, y que como si fueran espíritus, eligen, toman los cuerpos que los honran.
Algo de Bianca vivirá siempre en mi carácter, en mi personalidad, y bastante de Sam se quedará prendido a los pasos de mi compañero.
¿Si nos amamos?
No sabría qué decirles, la magia no es una ciencia exacta.
Por eso no tengo una respuesta exacta.
Aunque si el público lo creyó, es muy probable que haya sido verdad.
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A mi amigo "con residencia en Londres" que quería volver a leer este cuento.
Gracias hermano del corazón por tu apoyo incondicional desde hace más de una década en todos mis escritos y también en la vida.