epimeteo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Su caminar era lento, inseguro. La tierra que él había labrado durante toda una vida, ahora le era hostil, seca y dura, dispuesta a hacerle caer con cualquier excusa. Con su garrota, compañera de los últimos tiempos, y para poder mantener el equilibrio había conseguido asirse a una rama inerme de su querido olivo, plantado otrora con sus manos juveniles, hoy negruzco y calcinado por el fuego fatuo de la desaprensiva e irresponsable mano de un dominguero.
Sentado una vez mas, tal vez la última, a la enteca sombra de las pocas hojas que el fuego no había consumido, el pobre anciano hizo un repaso de su metódica vida, acariciando con ternura el tronco del amigo que tan buenos frutos le había dado
Dos hojas de una piadosa higuera, que con mas suerte se había librado del fuego y que un suspiro del viento había hecho posar sobre las calcinadas ramas y una raquítica mano de agua de lluvia que como siempre regaba a destiempo, hicieron que se descolgaran dos gotas y cayeran sobre el rostro del anciano formando causa común con sus lágrimas.
¡Viejo amigo! Exclamó, En el fondo tuviste más suerte, pues tú has sido testigo de tu propio fin y formado parte de la naturaleza. Destilaste tu alegría y amargura a través de tu fruto, sin embargo yo la escupiré con sangre en un asilo, al que eufemísticamente llaman residencia, porque mi fruto ha determinado que así sea y sin consultarme tan siquiera. Lo que no entienden mis hijos es que mi soledad, mi necesidad de ti, de tu calcinada sombra, de los recuerdos que hemos compartido, es toda la vida que me queda, que es poca.
Lentamente se levantó, arrancó sin mayor dificultad una de las calcinadas ramas del olivo y sin querer mirar hacia atrás caminó torpemente por el único sendero que el progreso aun no había hipotecado.
Sentado una vez mas, tal vez la última, a la enteca sombra de las pocas hojas que el fuego no había consumido, el pobre anciano hizo un repaso de su metódica vida, acariciando con ternura el tronco del amigo que tan buenos frutos le había dado
Dos hojas de una piadosa higuera, que con mas suerte se había librado del fuego y que un suspiro del viento había hecho posar sobre las calcinadas ramas y una raquítica mano de agua de lluvia que como siempre regaba a destiempo, hicieron que se descolgaran dos gotas y cayeran sobre el rostro del anciano formando causa común con sus lágrimas.
¡Viejo amigo! Exclamó, En el fondo tuviste más suerte, pues tú has sido testigo de tu propio fin y formado parte de la naturaleza. Destilaste tu alegría y amargura a través de tu fruto, sin embargo yo la escupiré con sangre en un asilo, al que eufemísticamente llaman residencia, porque mi fruto ha determinado que así sea y sin consultarme tan siquiera. Lo que no entienden mis hijos es que mi soledad, mi necesidad de ti, de tu calcinada sombra, de los recuerdos que hemos compartido, es toda la vida que me queda, que es poca.
Lentamente se levantó, arrancó sin mayor dificultad una de las calcinadas ramas del olivo y sin querer mirar hacia atrás caminó torpemente por el único sendero que el progreso aun no había hipotecado.