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Elegía a una flor recién nacida

Bea_García-Leyva

Poeta recién llegado
ÍNDICE
1. Elegía a una flor recién nacida
2. Nota de la autora

1. Elegía a una flor recién nacida

En un vergel castellano
bebe la quietud clareada
de los ríos del remanso;
inmensos cielos caben
en la arena dormitando.
Tiernos bostezos cuelgan
de los indolentes sauces
con cortezas bien lamidas
por un tiempo flemático.
Disfrutan de su molicie
sin saber lo que está llegando.

La tierra tiembla. Un suspiro.
Una pequeña piedra brinca.
Un pequeño trébol respinga.
El segundo atiende y oye
las consignas de un intruso.
De la Paz aparecen mil ojos
a mil formas manifiestos;
unos chicos, otros grandes;
unos bravos, otros buenos.
Oscuridad a ratos teñida
por sutiles parpadeos.
¡Quién osa…! ¿Qué siento?

¡Entonces se abrió el suelo!
Y de los temibles resquicios
no salió, ni más ni menos,
que un proyecto de brizna,
un cotiledón primero; pero,
¿qué es eso que veo?
del corte glauco amanece,
del débil y tenue reguero,
un blanco fuerte y robusto.
Se atrevió a tocar el aire
con desdén altanero
del señorito que sabe
que del mundo es dueño.

Se unió la sorpresa al show
cuando gritó el terroso liberto;
“¡Nombre yo no tengo!”
Apresurose entonces el vergel
a tropel, de cientos en cientos
a acercarse a la flor bendita
a proponer sus cuentos.
El pez dijo pez,
el cuervo dijo cuervo,
la rana dijo rana,
el ciervo dijo ciervo.
Ninguno contentaba a
tan exigente jovenzuelo.

Di un paso adelante
y espantado huyó el resto.
“Gozo, pues puro gozo eres”.
La flor quedó en silencio.
Sujetándola entre mis manos
lloré de nuevo: “Gozo, Gozo
sin dudas. ¡Tanto esmero…!
Tienes la cara de tu madre
y las manos de un clérigo;
que cuando se gastan tanto
por rezar a lo perfecto,
se desintegran tan fácil
por un pecado escueto”.

“Gozo, gozo,
ya que nunca te tengo.
Cuando creo que vienes
tú ya te estás yendo”.
Con tanta emoción latente
no me percaté al momento
de que lágrimas derramadas
fueron sepulcro y entierro.
Mi florecita no cantaba;
su tallo yacía tieso,
el blanco más blanco.
Murió en mi regazo.
Levanté la vista y,
tras de mí, contemplé
(de nuevo) el camposanto
con todos sus nietos.
Todos ahogados,
ninguno riendo.

¿Gozo?
A efectos prácticos
Gozo nació muerto.


2. Nota de la autora

Este es un poema un poquito más largo del formato al que estoy acostumbrada, pero me salió así. Últimamente he estado algo más decaída, aunque eso me da un mayor impulso para escribir, especialmente por las noches (aquí son las dos y cuarto de la madrugada ahora mismo).
 
Última edición:
ÍNDICE
1. Elegía a una flor recién nacida
2. Nota de la autora

1. Elegía a una flor recién nacida
En un vergel castellano
bebe la quietud clareada
de los ríos del remanso;
inmensos cielos caben
en la arena dormitando.
Tiernos bostezos cuelgan
de los indolentes sauces
con cortezas bien lamidas
por un tiempo flemático.
Disfrutan de su molicie
sin saber lo que está llegando.

La tierra tiembla. Un suspiro.
Una pequeña piedra brinca.
Un pequeño trébol respinga.
El segundo atiende y oye
las consignas de un intruso.
De la Paz aparecen mil ojos
a mil formas manifiestos;
unos chicos, otros grandes;
unos bravos, otros buenos.
Oscuridad a ratos teñida
por sutiles parpadeos.
¡Quién osa…! ¿Qué siento?

¡Entonces se abrió el suelo!
Y de los temibles resquicios
no salió, ni más ni menos,
que un proyecto de brizna,
un cotiledón primero; pero,
¿qué es eso que veo?
del corte glauco amanece,
del débil y tenue reguero,
un blanco fuerte y robusto.
Se atrevió a tocar el aire
con desdén altanero
del señorito que sabe
que del mundo es dueño.

Se unió la sorpresa al show
cuando gritó el terroso liberto;
“¡Nombre yo no tengo!”
Apresurose entonces el vergel
a tropel, de cientos en cientos
a acercarse a la flor bendita
a proponer sus cuentos.
El pez dijo pez,
el cuervo dijo cuervo,
la rana dijo rana,
el ciervo dijo ciervo.
Ninguno contentaba a
tan exigente jovenzuelo.

Di un paso adelante
y espantado huyó el resto.
“Gozo, pues puro gozo eres”.
La flor quedó en silencio.
Sujetándola entre mis manos
lloré de nuevo: “Gozo, Gozo
sin dudas. ¡Tanto esmero…!
Tienes la cara de tu madre
y las manos de un clérigo;
que cuando se gastan tanto
por rezar a lo perfecto,
se desintegran tan fácil
por un pecado escueto”.

“Gozo, gozo,
ya que nunca te tengo.
Cuando creo que vienes
tú ya te estás yendo”.
Con tanta emoción latente
no me percaté al momento
de que lágrimas derramadas
fueron sepulcro y entierro.
Mi florecita no cantaba;
su tallo yacía tieso,
el blanco más blanco.
Murió en mi regazo.
Levanté la vista y,
tras de mí, contemplé
(de nuevo) el camposanto
con todos sus nietos.
Todos ahogados,
ninguno riendo.

¿Gozo?
A efectos prácticos
Gozo nació muerto.


2. Nota de la autora

Este es un poema un poquito más largo del formato al que estoy acostumbrada, pero me salió así. Últimamente he estado algo más decaída, aunque eso me da un mayor impulso para escribir, especialmente por las noches (aquí son las dos y cuarto de la madrugada ahora mismo).
Una poesía que contrasta mensajes, desde la sombra, sin reparo.

Saludos
 
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