cesar curiel
Poeta que considera el portal su segunda casa
El mal fue la causa y el gozo a tus victorias
cuando sombras ajenas solapaban tus bajezas,
en un castillo macabro y siniestro, gritos de dolor
se escondían en los cimientos.
Fueron muchas las mujeres, vírgenes todas ellas
mártires de tu belleza
pues con saña y mórbida complacencia
padecieron en tus inicuas insistencias.
Hungría se vistió de luto, en una década sombría
cuando esta mujer pedía saciar su rito mortuorio,
seiscientas treinta fueron las damas que dejaron su vida
consigo, Elizabeth, condesa de sublime mirada.
La sangre fue para ti la pócima de tu aberrante llamarada
encendida bajo tu alma, mefistofélica vida llevaste
en un afán de ser la mas bella, vanidad pasajera
pues quedaste al fin sola, en las paredes de una masmorra.
Con lujo y vil descaro, en torturar te complaciste
desangrando a cada una, para después de su crúor servirte;
duchando cada parte de tu anatomía, con el alma de las que te servían,
y en gala roja reías, pensando en que para siempre vivirias.
cuando sombras ajenas solapaban tus bajezas,
en un castillo macabro y siniestro, gritos de dolor
se escondían en los cimientos.
Fueron muchas las mujeres, vírgenes todas ellas
mártires de tu belleza
pues con saña y mórbida complacencia
padecieron en tus inicuas insistencias.
Hungría se vistió de luto, en una década sombría
cuando esta mujer pedía saciar su rito mortuorio,
seiscientas treinta fueron las damas que dejaron su vida
consigo, Elizabeth, condesa de sublime mirada.
La sangre fue para ti la pócima de tu aberrante llamarada
encendida bajo tu alma, mefistofélica vida llevaste
en un afán de ser la mas bella, vanidad pasajera
pues quedaste al fin sola, en las paredes de una masmorra.
Con lujo y vil descaro, en torturar te complaciste
desangrando a cada una, para después de su crúor servirte;
duchando cada parte de tu anatomía, con el alma de las que te servían,
y en gala roja reías, pensando en que para siempre vivirias.