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Ella

SOLCIEGO

Poeta asiduo al portal
Recuerdo,
aquel semblante tostado de sol,
como un crucifijo,
en clara expresión de tormento,
como llanto de una esquila lejana,
repetido cien veces desesperadamente,
orando con pausado esmero,
al inerme silencio,
con la mirada solitaria,
perdida hasta donde llegaba su mente,
allá, donde se borran y desgajan
las últimas esperanzas,
en el último rincón del cielo,
con la mitad de sus recuerdos,
con la mitad de sus deseos,
respirando una ínfima
molécula del tumultuoso viento,
que rozaba suavemente
como un sutil beso,
su frente ya marchita.

Sin pensar en nada, la vi desde mi asiento,
su mente era un pétalo
sin deseos de abrir,
su corazón, plácidamente encerrado
en la lontananza del tiempo,
entre bostezos de cansancio.
y muerta en deseos,
su oración en versos,
su vida un tiesto.

La hoja de la puerta,
como rompiendo
el sacro silencio,
en aquel triste espejo,
cantó su llanto,
y en un grito ahogado y largo,
golpeó contra su canto
y se aquietó de pronto,
como la respiración de un muerto.

Por la rendija, la luna,
por el quicio, el viento,
atravesaron el recinto,
envueltos en aromas de café
y olores a ungüento,
de una vela que quema,
ajena al mundo,
su blando cuerpo,
persignó entonces
su arrugada frente,
su cara y su pecho.
y besando sus dedos
se durmió en silencio.

Ago. 88.8
 
Última edición:
Recuerdo,
aquel semblante tostado de sol,
como un crucifijo,
en clara expresión de tormento,
como llanto de una esquila lejana,
repetido cien veces desesperadamente,
orando con pausado esmero,
al inerme silencio,
con la mirada solitaria,
perdida hasta donde llegaba su mente,
allá, donde se borran y desgajan
las últimas esperanzas,
en el último rincón del cielo,
con la mitad de sus recuerdos,
con la mitad de sus deseos,
respirando una ínfima
molécula del tumultuoso viento,
que rozaba suavemente
como un sutil beso,
su frente ya marchita.

Sin pensar en nada, la vi desde mi asiento,
su mente era un pétalo
sin deseos de abrir,
su corazón, plácidamente encerrado
en la lontananza del tiempo,
entre bostezos de cansancio.
y muerta en deseos,
su oración en versos,
su vida un tiesto.

La hoja de la puerta,
como rompiendo
el sacro silencio,
en aquel triste espejo,
cantó su llanto,
y en un grito ahogado y largo,
golpeó contra su canto
y se aquietó de pronto,
como la respiración de un muerto.

Por la rendija, la luna,
por el quicio, el viento,
atravesaron el recinto,
envueltos en aromas de café
y olores a ungüento,
de una vela que quema,
ajena al mundo,
su blando cuerpo,
persignó entonces
su arrugada frente,
su cara y su pecho.
y besando sus dedos
se durmió en silencio.

Ago. 88.8
Triste melancolía en un profundo pesar.
Líneas melódicas y elocuentes.

Saludos
 
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