yeso sanmartin
Poeta recién llegado
Y, cuando desperté la oscuridad había cubierto todo. El mundo que antaño fue mi refugio, mi hogar, yacía en ruinas; una niebla espesa y viscosa se esparcía igual que un fantasma gigante y melancólico que lo tragaba todo.
Los lamentos comenzaron a llegar, al principio como un aullido solitario, luego, como una algarabía caótica, una sinfonía proterva que habría congelado los huesos del mismísimo señor de los infiernos. Me levante y corrí, el viento frío humedecía mi ropa mientras mi corazón latía con una locura frenética, escuchaba como esos aullidos me llamaban con nombres que yo conocía y contaban historias que ella y yo habíamos creado.
Unas manos frías y rugosas se aferraron como tenazas a mis piernas, un sabor mineral y dulzón se extendió por mi boca cuando mordí la tierra, decenas de manos putrefactas se aferraban a mi cuerpo apretándolo contra el lodo; y entonces pude ver sus rostros ansiosos y anhelantes, reconocí en ellos esos sueños que con ella había creado.
Mi espíritu se levantó de un salto, buscó refugio en el silencio y el tiempo. Anduve en el camino de la resignación sin mirar atrás, ya sabía que si volteaba solo tendría una tumba de sal. Al final del camino logre escapar de su recuerdo, pero aun no estoy tranquilo, porque en esos escasos momentos cuando el ruido muere y el silencio reina, puedo escuchar un susurro, como una carcajada melancólica: aunque me olvides volveré.
Los lamentos comenzaron a llegar, al principio como un aullido solitario, luego, como una algarabía caótica, una sinfonía proterva que habría congelado los huesos del mismísimo señor de los infiernos. Me levante y corrí, el viento frío humedecía mi ropa mientras mi corazón latía con una locura frenética, escuchaba como esos aullidos me llamaban con nombres que yo conocía y contaban historias que ella y yo habíamos creado.
Unas manos frías y rugosas se aferraron como tenazas a mis piernas, un sabor mineral y dulzón se extendió por mi boca cuando mordí la tierra, decenas de manos putrefactas se aferraban a mi cuerpo apretándolo contra el lodo; y entonces pude ver sus rostros ansiosos y anhelantes, reconocí en ellos esos sueños que con ella había creado.
Mi espíritu se levantó de un salto, buscó refugio en el silencio y el tiempo. Anduve en el camino de la resignación sin mirar atrás, ya sabía que si volteaba solo tendría una tumba de sal. Al final del camino logre escapar de su recuerdo, pero aun no estoy tranquilo, porque en esos escasos momentos cuando el ruido muere y el silencio reina, puedo escuchar un susurro, como una carcajada melancólica: aunque me olvides volveré.