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En la calma consciente

Teo Moran

Poeta fiel al portal
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En calma, en la afonía del mismo silencio,
el mar regresa sin color y desarmado,
solo crea formas heridas con sus algas
por donde un día caminaste en la niñez,
solo representa aquella golondrina
en la opacidad del corazón impostor,
dibuja unas alas a las enervadas olas
mientras en nuestras manos la sal
quema toda fertilidad y esperanza.
Hoy, en lo más profundo del alma,
llevo el salmo de los dioses enfermos,
la desventura del soñador sin cama
dentro de una habitación sin techo,
y sé, tan dentro de mí, en mi cobardía,
que no soy digno del camino que piso,
del resquicio de luz que destinado huye
por entre la cornisa rasgada del horizonte,
no soy digno de mirar ese cauce apacible,
ese al cual las hojas tomaron como lecho,
no soy digno de las calles del pueblo
y de los ancianos que alegres juegan
sus interminables partidas de mus.
No, no soy digno de pensar o sentir
las caricias de las yemas de tus dedos,
ni siquiera soñar en la posibilidad de amarte,
apenas dejaré que el invierno se deslice
con su frío en la entraña del recuerdo,
y miraré al cielo como quien en su locura
dejó partir a las olas silentes y sin color
hacia el arrecife de los peces caníbales
que viven hambrientos de amor.
En calma, el mar no alcanza a ser agua,
el cielo hierve dentro de un acervo de nubes,
y yo sin saber de ti me ahogo en estas calles
sin más placer que no morir en el intento,
de no romper esta melancolía indeleble
en las horas más insatisfechas del recuerdo.
No, no soy digno del cereal recién sembrado,
de la calle vacía del pueblo que infinita
me lleva a buscarte en mi corazón,
no soy digno del calor que abriga el hogar
hoy que estoy desterrado de tus labios,
hoy quiero, necesito ver crecer al trigo
al abrigo del Nela y de la sombra del nogal,
quiero morir bajo el manto de la niebla,
ser devorado por los chopos ahora desnudos,
y cuando al fin me alcance la muerte
quiero ser digno en ese instante, por una vez,
de las dentelladas inapelables del tiempo,
de estos últimos pasos en el camino
que sin retorno y ligero de equipaje
me llevará a las curvas de tu piel,
y lloraré y atropelladamente reiré
ya que miraré atrás y te veré caminar
en calma, en la afonía del mismo silencio,
mientras en nuestras manos la sal
quemará toda fertilidad y esperanza,
y en el desarraigo de tu ausencia,
apenas dejaré que el invierno se deslice
con su frío en la entraña de tu recuerdo.​
 
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