Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la fría tarde, Señor,
casi ya de anochecida,
con tus ojos tropecé
y vi en tu pupila
el brillo tembloroso
de una lágrima contenida.
Cuánto dolor en el mirar sereno.
Cuánto amor en las manos entregadas.
Qué peso terrible del madero.
Qué rastro de sufrimiento,
en las piedras ensangrentadas.
Y, exhausto, quieres
cargar también con mis pesares;
y gimes mis dolores,
y penas mis desmanes,
y lloras mis pecados,
mientras me miras,
Señor,desde lo alto.
Lleva,Señor, mi alma a campo abierto,
lejos del sendero y del poblado,
sumérgela en el susurro del viento entre los trigos,
con lluvia de abril lava sus costados
heridos por la miseria;de tanto vivir doloridos.
En el bálsamo de tu Amor
déjame hacer nido,
que quiero llevarte dentro, sentirte cerca,
como cuando era niño.
casi ya de anochecida,
con tus ojos tropecé
y vi en tu pupila
el brillo tembloroso
de una lágrima contenida.
Cuánto dolor en el mirar sereno.
Cuánto amor en las manos entregadas.
Qué peso terrible del madero.
Qué rastro de sufrimiento,
en las piedras ensangrentadas.
Y, exhausto, quieres
cargar también con mis pesares;
y gimes mis dolores,
y penas mis desmanes,
y lloras mis pecados,
mientras me miras,
Señor,desde lo alto.
Lleva,Señor, mi alma a campo abierto,
lejos del sendero y del poblado,
sumérgela en el susurro del viento entre los trigos,
con lluvia de abril lava sus costados
heridos por la miseria;de tanto vivir doloridos.
En el bálsamo de tu Amor
déjame hacer nido,
que quiero llevarte dentro, sentirte cerca,
como cuando era niño.
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