Asklepios
Incinerando envidias
En la mayoría de ocasiones, cuando surge en nuestra mente un pensamiento, éste simplemente, recorre los inmateriales caminos del cerebro, para acabar diluyéndose sin más, que suele ser lo más habitual.
Otras veces, inmediatamente a su nacimiento, surgen múltiples posibilidades. De estas, voy a exponer un par de ejemplos:
En unos, llegamos a notar que su presencia nos resulta agobiante, incómoda, inquietante… y sin ningún resultado práctico. Es decir, no “nos llevan” a ningún sitio, siendo lo más relevante esa molestia, más o menos intensa y más o menos larga en el tiempo y que nada bueno nos aporta
También puede suceder que, casi en el mismo instante en el que aparece, notamos cómo se comienzan a esculpir en la garganta los sonidos que se articulan, más o menos acertadamente, con los que crearemos las palabras que nos son necesarias para expresarnos. Es el verdadero principio de cualquier posible comunicación, incluso esas que tenemos con nosotros mismos.
Otras veces, inmediatamente a su nacimiento, surgen múltiples posibilidades. De estas, voy a exponer un par de ejemplos:
En unos, llegamos a notar que su presencia nos resulta agobiante, incómoda, inquietante… y sin ningún resultado práctico. Es decir, no “nos llevan” a ningún sitio, siendo lo más relevante esa molestia, más o menos intensa y más o menos larga en el tiempo y que nada bueno nos aporta
También puede suceder que, casi en el mismo instante en el que aparece, notamos cómo se comienzan a esculpir en la garganta los sonidos que se articulan, más o menos acertadamente, con los que crearemos las palabras que nos son necesarias para expresarnos. Es el verdadero principio de cualquier posible comunicación, incluso esas que tenemos con nosotros mismos.