Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
En Línea Recta
De súbito ambas miradas,
por encima de las mesas,
en sentidos contrapuestos
quedaron en línea recta.
Así dispuso el azar
que se cruzaran sus sendas
sabiendo que las pupilas,
además de ser discretas,
comunican como nadie
cuando en la piel se despierta
el duende de la lujuria
al verse por vez primera.
Estaba, él, de solitario,
ella iba con su pareja,
y también acompañada,
por amistades inquietas.
Sentía, en ella, sus ojos
cual eróticas saetas
y a su mirar insistente
ella daba por respuesta
un efluvio aceitunado
de afrodisiaca vergüenza
al tiempo que se sentía
entre leona y gacela.
Las voces del restaurante
alegres murmullos eran
mas ellos sólo escuchaban
el libido que enajena:
siguiendo así la comida
entre miradas que acercan
el corazón y los cuerpos
a una prohibida hoguera.
Succiona, mientras la mira,
una jugosa cereza;
a ella, túrgidos, los pechos,
le pulsan bajo las prendas.
Desde su vientre le corre
a la flor entre sus piernas
sensación que resplandece
en voluptuosa tibieza.
Desvía, a veces, la vista,
sintiendo que hondo le entran
los ojos de aquel extraño
tocando su instinto de hembra;
y atiende, sin interés,
incluso con displicencia,
si alguien, en torno suyo,
cosa alguna le comenta.
Termina su vino tinto,
y tras que pagan la cuenta;
con suave paso, él, la mira,
dirigirse hacia la puerta.
En el umbral, vuelve el rostro:
lo observa ya sin sorpresa
y entonces , cae de su mano…
un trozo de servilleta.
De súbito ambas miradas,
por encima de las mesas,
en sentidos contrapuestos
quedaron en línea recta.
Así dispuso el azar
que se cruzaran sus sendas
sabiendo que las pupilas,
además de ser discretas,
comunican como nadie
cuando en la piel se despierta
el duende de la lujuria
al verse por vez primera.
Estaba, él, de solitario,
ella iba con su pareja,
y también acompañada,
por amistades inquietas.
Sentía, en ella, sus ojos
cual eróticas saetas
y a su mirar insistente
ella daba por respuesta
un efluvio aceitunado
de afrodisiaca vergüenza
al tiempo que se sentía
entre leona y gacela.
Las voces del restaurante
alegres murmullos eran
mas ellos sólo escuchaban
el libido que enajena:
siguiendo así la comida
entre miradas que acercan
el corazón y los cuerpos
a una prohibida hoguera.
Succiona, mientras la mira,
una jugosa cereza;
a ella, túrgidos, los pechos,
le pulsan bajo las prendas.
Desde su vientre le corre
a la flor entre sus piernas
sensación que resplandece
en voluptuosa tibieza.
Desvía, a veces, la vista,
sintiendo que hondo le entran
los ojos de aquel extraño
tocando su instinto de hembra;
y atiende, sin interés,
incluso con displicencia,
si alguien, en torno suyo,
cosa alguna le comenta.
Termina su vino tinto,
y tras que pagan la cuenta;
con suave paso, él, la mira,
dirigirse hacia la puerta.
En el umbral, vuelve el rostro:
lo observa ya sin sorpresa
y entonces , cae de su mano…
un trozo de servilleta.
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