Alejandro Magno
Poeta recién llegado
Se alistaba de prisa, torpemente y algo nerviosa. El la esperaba ansioso en el umbral, al igual que la vez anterior, y la anterior también, no cruzaba la puerta, el terreno de la cordura nunca jamás pisaba. La admiraba sonriendo y al acercase ella temblando, le tendió su brazo y la invito a volar. Maquillada con cuidado la voz, para esconder la tristeza, agradeció el ramo de ilusiones y la caricia en sus palabras que sus mequillas sonrojó. Una de esas noches tibias de primavera, que invitan al amor, no porque lloviera o hiciera frío, sino porque para admirar la hermosa luna llena no basta una mirada, hacen falta dos. Ya en la acera, que se desplegaba a sus pies cono roja alfombra, ella se esforzaba por seguir su paso mientras el se esforzaba por hacer cosquillas a su dolor. Fue recién después de tres cuartos de hora, que de todas sus sonrisas se adueño, y desnudaron sus corazones con insólita facilidad, que en plena magia les fue imposible notar. Se enroscaron en una interesante conversación, hablaban de que nada estaba escrito sobre el amar, coincidieron en que cada uno elige como se ha de equivocar, y coincidieron tanto que la noche gustosa a sus pies se rindió.
El roce de sus cuerpos dio a luz a un fuego como el que nunca antes se vio, así se garantizaron el uno al otro sin ninguna intromisión, después de todo las moscas jamás se posan cuando arde en llamas un corazón. Ella hablaba de mudarse a sus abrazos y el hablaba de su intensa relación carnal con el dolor, que fueron cortados por la misma tijera, que donde iba uno, iban los dos. Haciendo oído sordo a sus enredos, ella se entregó, sin siquiera importarle que quizás cambiaba malo por peor. Justificaba con hechos, lo que siempre decía, que se hará más allá del bien y del mal lo que se haga por amor.
Fue uno de esos paseos que una segunda vez arruina incluso la primera, una de esas noches a las que nos les hace falta otra vuelta. Noches que cualquiera, incluso ella, puede enamorarse del amor.
Es que después de todo así es el amor, siempre vuelve a tentar a aquel con quien ya una vez contó.
El roce de sus cuerpos dio a luz a un fuego como el que nunca antes se vio, así se garantizaron el uno al otro sin ninguna intromisión, después de todo las moscas jamás se posan cuando arde en llamas un corazón. Ella hablaba de mudarse a sus abrazos y el hablaba de su intensa relación carnal con el dolor, que fueron cortados por la misma tijera, que donde iba uno, iban los dos. Haciendo oído sordo a sus enredos, ella se entregó, sin siquiera importarle que quizás cambiaba malo por peor. Justificaba con hechos, lo que siempre decía, que se hará más allá del bien y del mal lo que se haga por amor.
Fue uno de esos paseos que una segunda vez arruina incluso la primera, una de esas noches a las que nos les hace falta otra vuelta. Noches que cualquiera, incluso ella, puede enamorarse del amor.
Es que después de todo así es el amor, siempre vuelve a tentar a aquel con quien ya una vez contó.