Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ascendiendo unos peldaños dirigí,
dirigí a una azotea de gritos,
que maldecían grotescos entornos,
sugiriendo blasfemias interminables,
arroyando a su paso misericordia y júbilo,
que se bañaban al lado del orgullo.
Trepando unos escritorios dirigí,
dirigí la vista a esencias sin escrúpulos,
que utilizan envanecidas sus dones mundanos,
atrayendo el alpiste al pájaro,
cautivando al hambriento engreído,
acaparando monedas raídas,
almacenando títulos vencidos,
sosteniéndose en brillantes de cristal,
que escarchaban sus laureles y su alma.
Escalando unos maderos dirigí,
dirigí a un torrente de emociones,
que se agitaban colgados de espinas y clavos,
chorreando sanguinolentos sudores,
haciendo temblar los cimientos poderosos,
que sostenían los pies del hombre.
Encaramando a un árbol dirigí,
dirigí mi infancia al infinito,
a ver si alguien escuchaba el gorjeo,
que trinaba desde mi garganta
y se sacudía la modorra
que le habían dado los siglos en segundos.
Subiendo una escalera dirigí,
dirigí a un cielo de estrellas,
que guiñaban persistente su explosión,
atisbando la sesgada luz,
que bañaba mis alientos ancestrales,
jugando una ronda persistente,
amparada de una amplia capa oscura,
que ahogaba mi pequeña escritura .
dirigí a una azotea de gritos,
que maldecían grotescos entornos,
sugiriendo blasfemias interminables,
arroyando a su paso misericordia y júbilo,
que se bañaban al lado del orgullo.
Trepando unos escritorios dirigí,
dirigí la vista a esencias sin escrúpulos,
que utilizan envanecidas sus dones mundanos,
atrayendo el alpiste al pájaro,
cautivando al hambriento engreído,
acaparando monedas raídas,
almacenando títulos vencidos,
sosteniéndose en brillantes de cristal,
que escarchaban sus laureles y su alma.
Escalando unos maderos dirigí,
dirigí a un torrente de emociones,
que se agitaban colgados de espinas y clavos,
chorreando sanguinolentos sudores,
haciendo temblar los cimientos poderosos,
que sostenían los pies del hombre.
Encaramando a un árbol dirigí,
dirigí mi infancia al infinito,
a ver si alguien escuchaba el gorjeo,
que trinaba desde mi garganta
y se sacudía la modorra
que le habían dado los siglos en segundos.
Subiendo una escalera dirigí,
dirigí a un cielo de estrellas,
que guiñaban persistente su explosión,
atisbando la sesgada luz,
que bañaba mis alientos ancestrales,
jugando una ronda persistente,
amparada de una amplia capa oscura,
que ahogaba mi pequeña escritura .