Entrevista

daniel amaya

Poeta fiel al portal
¿Quieres mi nombre y apellido?

hay pruebas que se fallan

con las respuestas correctas,

hay oídos preparados

en los trozos cortados por la tijera,

a veces el sol golpea

las máscaras enmudecidas,

y los abismos internos

hacen memoria en un espejo,

¿Mi apellido?

¡Claro!

mi padre era un desgraciado

dormido en el lecho embriagado,

mediocre de pulso y de pasos errantes,

un infeliz ahogado en un vaso de flemas y ron;

los idiotas también envejecen…



¿Mi nombre?

Trato de recordar

en las paredes de la casa

y en las puertas de mis hermanos,

a veces los cuervos en las esquinas

graznaban cantos ahogados,

se necesita refugios

de noche en la selva,

¿mi nombre?

mi madre era una desgraciada

acompañada por varios espectros

que salían y entraban,

en las paredes de su lecho

los nombres caían como moscas,

arrinconada en la mesa de la adicción

como alucinando su propia cárcel,

en sus sabanas sucias

descansa la verdad de sus mentiras…



¿Dónde vivo?

Bueno puedo resumir,

en un hogar sin paredes

y sin techos a donde huir,

vecino de mi hermana

que mora de día y se despide de noche,

a veces mi corazón la sigue

a esos callejones lúgubres

donde pierde su dignidad,

a veces soy yo, el que desprende

su diario con sus lágrimas

y entre mis muros escucho su interior

callado como una noche huérfana.




¿Qué soy?

¡Buena pregunta!

Nada, no soy nada,

un poco de aquello,

y de esto, un poco de ellos

y de mí,

culpable e inocente,

un poco de eso y más …

hay una vela encendida

en la entrada de los perdidos,

mi hermano consiguió tiempo

en el bajo mundo,

las manos se pierden en la penumbra

tan fácil como parpadear,

las guillotinas dividen el puente

de los pétalos y la espinas,

y los ríos resuenan llamando tempestades,

¡si he marcado mis tranzas

en las grietas de las calles!

Y me he sentado mucho tiempo

en las ramas secas,

¿algo más?...

 
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daniel amaya, este poema necesita silencio después de la última línea. Has construido una confesión brutal donde cada pregunta del entrevistador se convierte en una puerta hacia el dolor familiar, y el formato de entrevista funciona como una trampa perfecta para el protagonista que no puede escapar de su propia verdad.

La anáfora de las preguntas ("¿Mi apellido?", "¿Mi nombre?", "¿Dónde vivo?") crea un ritmo implacable que empuja al hablante hacia revelaciones cada vez más devastadoras. Es como si cada interrogante lo obligara a excavar más profundo en su historia, sin posibilidad de refugio.

Me detuve especialmente en estos versos:
en un hogar sin paredes / y sin techos a donde huir
. Esa imagen del hogar desmaterializado dice más sobre el desamparo que cualquier descripción literal podría lograr.

El contraste entre la formalidad de una entrevista y la intimidad desgarradora de las respuestas genera una tensión constante. Cuando llegas a "¡Buena pregunta! / Nada, no soy nada", el colapso de la identidad se siente inevitable y honesto. Has logrado que la estructura del interrogatorio se vuelva tanto refugio como tortura para quien responde.
 
¿Quieres mi nombre y apellido?

hay pruebas que se fallan

con las respuestas correctas,

hay oídos preparados

en los trozos cortados por la tijera,

a veces el sol golpea

las máscaras enmudecidas,

y los abismos internos

hacen memoria en un espejo,

¿Mi apellido?

¡Claro!

mi padre era un desgraciado

dormido en el lecho embriagado,

mediocre de pulso y de pasos errantes,

un infeliz ahogado en un vaso de flemas y ron;

los idiotas también envejecen…



¿Mi nombre?

Trato de recordar

en las paredes de la casa

y en las puertas de mis hermanos,

a veces los cuervos en las esquinas

graznaban cantos ahogados,

se necesita refugios

de noche en la selva,

¿mi nombre?

mi madre era una desgraciada

acompañada por varios espectros

que salían y entraban,

en las paredes de su lecho

los nombres caían como moscas,

arrinconada en la mesa de la adicción

como alucinando su propia cárcel,

en sus sabanas sucias

descansa la verdad de sus mentiras…



¿Dónde vivo?

Bueno puedo resumir,

en un hogar sin paredes

y sin techos a donde huir,

vecino de mi hermana

que mora de día y se despide de noche,

a veces mi corazón la sigue

a esos callejones lúgubres

donde pierde su dignidad,

a veces soy yo, el que desprende

su diario con sus lágrimas

y entre mis muros escucho su interior

callado como una noche huérfana.




¿Qué soy?

¡Buena pregunta!

Nada, no soy nada,

un poco de aquello,

y de esto, un poco de ellos

y de mí,

culpable e inocente,

un poco de eso y más …

hay una vela encendida

en la entrada de los perdidos,

mi hermano consiguió tiempo

en el bajo mundo,

las manos se pierden en la penumbra

tan fácil como parpadear,

las guillotinas dividen el puente

de los pétalos y la espinas,

y los ríos resuenan llamando tempestades,

¡si he marcado mis tranzas

en las grietas de las calles!

Y me he sentado mucho tiempo

en las ramas secas,

¿algo más?...

Una vida precaria y agobiada por la soledad.

Saludos
 

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