Fue solo un instante.
Ni trueno, ni fuego, ni milagro:
una brisa suave entre las ramas del alma,
una luz que no ven los ojos pero abriga el pecho.
Comprendí, sin palabras,
que todo el dolor que sembramos
nace de no reconocernos en el otro.
Vi a la humanidad como un río que olvidó su cauce,
peleando entre gotas por quién era más agua,
cuando todas, al fin, eran una sola corriente.
Vi rostros sin miedo, manos extendidas,
niños jugando en calles sin alambradas,
abuelos contando cuentos sin banderas,
y el pan… el pan repartiéndose sin cálculo ni propiedad.
Nadie era más que nadie.
Todos eran más porque eran juntos.
Y la Tierra no pedía perdón,
sino que por fin respiraba con nosotros.
Y entonces supe que la paz no era un premio,
sino un despertar.
Un volver a lo esencial:
Somos uno, siempre lo fuimos.
Ni trueno, ni fuego, ni milagro:
una brisa suave entre las ramas del alma,
una luz que no ven los ojos pero abriga el pecho.
Comprendí, sin palabras,
que todo el dolor que sembramos
nace de no reconocernos en el otro.
Vi a la humanidad como un río que olvidó su cauce,
peleando entre gotas por quién era más agua,
cuando todas, al fin, eran una sola corriente.
Vi rostros sin miedo, manos extendidas,
niños jugando en calles sin alambradas,
abuelos contando cuentos sin banderas,
y el pan… el pan repartiéndose sin cálculo ni propiedad.
Nadie era más que nadie.
Todos eran más porque eran juntos.
Y la Tierra no pedía perdón,
sino que por fin respiraba con nosotros.
Y entonces supe que la paz no era un premio,
sino un despertar.
Un volver a lo esencial:
Somos uno, siempre lo fuimos.