Beache
Bertoldo Herrera Gitterman
UNA MONEDA DE PLATA
Una moneda estaba muy triste
desde su sello a su cara
pues todos querían pagarla
sin que nadie la conservara.
Era de esas muy antiguas
hecha de níquel y de plata
de plata de muy fina ley
que venía de Chuquicamata.
Vivía de bolsillo en bolsillo
pasaba de mano en mano
viajaba de pueblo en pueblo
errante como un gitano.
Un día nuestra moneda
pudo escapar del pantalón
salió de la puerta para afuera
y escapó por el portón.
Y se fue rodando, rodando
caminó casi una legua
y a veces hasta corría
tan rápido como una yegua.
Y entonces llegó a un lugar
que ella encontrara muy bello
y ahí mismo se cayó rendida
mostrando a todos, su sello.
Era un lugar traficado
y la moneda sentía
que mucha gente pasaba
pero nadie la veía.
Y allí pasó todo el día
y también la noche entera
y sabía que sería propiedad
de aquel que la recogiera.
Una señora que venía
caminando rumbo al pueblo
en esos viajes rapiditos
“voy y enseguida vuelvo”.
Y traía de la mano
a su hijo más regalón
que era un poquito lento
y un tantito gordiflón.
Y como venía muy rápido
el niño lloraba y lloraba
no tenía nada de tonto
digo… nada le faltaba.
Este era el niño del cuento:
-Yo quiero ulpo, mamá-
-Es que no hay harina mi’jito-
-Pero hágamelo así no má’-
El niño vio la moneda
así como por casualidad
y se la quedó mirando
con toda curiosidad
-Mira mamá, una galleta-
Y el tontito la recogió
y sin dar tiempo para nada
enterita se la tragó.
Y ahí se quedó la moneda
en la mitad de ese vientre
y seguro que allí quedará
desde ahora y para siempre.
Bertoldo Herrera Gitterman
08 05 20
Una moneda estaba muy triste
desde su sello a su cara
pues todos querían pagarla
sin que nadie la conservara.
Era de esas muy antiguas
hecha de níquel y de plata
de plata de muy fina ley
que venía de Chuquicamata.
Vivía de bolsillo en bolsillo
pasaba de mano en mano
viajaba de pueblo en pueblo
errante como un gitano.
Un día nuestra moneda
pudo escapar del pantalón
salió de la puerta para afuera
y escapó por el portón.
Y se fue rodando, rodando
caminó casi una legua
y a veces hasta corría
tan rápido como una yegua.
Y entonces llegó a un lugar
que ella encontrara muy bello
y ahí mismo se cayó rendida
mostrando a todos, su sello.
Era un lugar traficado
y la moneda sentía
que mucha gente pasaba
pero nadie la veía.
Y allí pasó todo el día
y también la noche entera
y sabía que sería propiedad
de aquel que la recogiera.
Una señora que venía
caminando rumbo al pueblo
en esos viajes rapiditos
“voy y enseguida vuelvo”.
Y traía de la mano
a su hijo más regalón
que era un poquito lento
y un tantito gordiflón.
Y como venía muy rápido
el niño lloraba y lloraba
no tenía nada de tonto
digo… nada le faltaba.
Este era el niño del cuento:
-Yo quiero ulpo, mamá-
-Es que no hay harina mi’jito-
-Pero hágamelo así no má’-
El niño vio la moneda
así como por casualidad
y se la quedó mirando
con toda curiosidad
-Mira mamá, una galleta-
Y el tontito la recogió
y sin dar tiempo para nada
enterita se la tragó.
Y ahí se quedó la moneda
en la mitad de ese vientre
y seguro que allí quedará
desde ahora y para siempre.
Bertoldo Herrera Gitterman
08 05 20