Guadalupe D. Lopez
Poeta que considera el portal su segunda casa
Era su risa contagiosa, música para mis oídos.
De sus labios un cálido suspiro,
que viajaba con su eco de matices,
convertido en un mágico sonido.
Era su beso la caricia sublime del ayer,
que escribía poesía sobre mi piel.
Dejando su esencia impregnada en mi ser.
Era su voz profunda y confiada,
que me fascinaba a cada paso que daba.
Era su mirada tierna y soñada,
la que me seducía y me conquistaba.
Era su abrazo fuerte que me protegía, que me cobijaba,
que me sostenía, que me consolaba, que me derretía.
Era lo mejor que yo tenía.
Cómo no extrañarle si desde ese día, solo tengo
tristeza y melancolía, sueños rotos y un alma vacía.
De sus labios un cálido suspiro,
que viajaba con su eco de matices,
convertido en un mágico sonido.
Era su beso la caricia sublime del ayer,
que escribía poesía sobre mi piel.
Dejando su esencia impregnada en mi ser.
Era su voz profunda y confiada,
que me fascinaba a cada paso que daba.
Era su mirada tierna y soñada,
la que me seducía y me conquistaba.
Era su abrazo fuerte que me protegía, que me cobijaba,
que me sostenía, que me consolaba, que me derretía.
Era lo mejor que yo tenía.
Cómo no extrañarle si desde ese día, solo tengo
tristeza y melancolía, sueños rotos y un alma vacía.
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