Nos conocimos ardiendo.Pero nadie lo dijo en voz alta.
Tú llegaste con esa manera peligrosa de mirar,
como si besar fuera destruir lentamente,
y yo venía cansado de tormentas,
buscando refugio…
sin saber que eras fuego disfrazado de calma.
Al principio parecíamos lluvia.
Eso creían todos.
Dos cuerpos abrazándose despacio,
dos voces haciendo hogar,
dos almas encontrando paz en medio del ruido.
Qué bien actuábamos.
Porque la verdad
es que nunca fuimos tranquilos.
Éramos ansiedad con nombre y apellido.
Éramos heridas, intentando curarnos lamiéndonos entre sí.
Éramos dos personas tan rotas
que confundimos la intensidad con el destino.
Y cómo ardíamos…
Bastaba una mirada tuya
para incendiarme la cordura.
Bastaba mi silencio
para despertar tus demonios.
Nos amábamos como se aman los huracanes:
sin medir daños,
sin pensar en sobrevivientes.
Había noches
donde hacerte el amor parecía una guerra santa.
Y otras
donde dormir a tu lado
era acostarme junto a una bomba con respiración lenta.
Pero insistíamos.
Porque hay amores adictivos.
Amores que no dan paz,
pero dan vértigo.
Y uno termina creyendo
que sentir mucho
es sentir bonito.
Hasta que llega el día inevitable:
el incendio consume el oxígeno.
Y entonces ya no quedan besos,
solo humo.
Ya no quedan promesas,
solo cenizas diciendo:
“lo intentamos”.
Lo más triste
es que todavía extraño el fuego.
Extraño cómo me destruías.
Extraño la manera absurda
en que hacías latir mi caos.
Porque hay personas
que no llegan para quedarse,
sino para enseñarte
todo lo que eres capaz de soportar por amor.
Ahora entiendo algo
Nunca fuimos lluvia.
La lluvia salva.
La lluvia limpia.
La lluvia da vida.
Nosotros no.
Nosotros éramos dos incendios
fingiendo no quemarnos.
Última edición: