OvejaNegra
Poeta recién llegado
Le pregunté al espejo en aquella noche fría y con lágrimas ardientes:
-¿Por qué a ojos del mundo, no soy merecedor de afecto?- Mi reflejo sonrió soberbio, y marchó con intención de no volver jamás. Estaba todavía más confuso, ni mi yo interior soportaba mi existencia.
Lloré los dos siguientes días. Fue tanto el llanto, que la última noche de sollozos, olvidé por completo la causa de tanto dolor. Despertar y olvidar se convirtió en una rutina. Me levantaba desganado cada día, ya no comprendía por qué seguir respirando, por qué seguir con vida. Todo por aquello que el resto de personas vivían, me rechazó a mí, desde el primer momento.
No sé qué de especial tuvo ese día, pero al abrir los ojos en aquella mañana, mi cuerpo estaba tan entumecido que nada parecía estimularlo. Con mucho esfuerzo logré levantarme, otra vez sin entender para qué, pero lo hice. Necesitaba sentir un poco de alivio, ralentizar el tiempo. Cogí el teléfono y llamé al camello.
Ya lleno de droga, y llorando como nunca, mi sentido de sensatez moría. La locura que me poseía empezaba a hacer mella, quería comprobar la veracidad de la realidad que me rodeaba. Y así lo hice. Tres horas después, estuve poniendo a prueba la lealtad de mi palabra, mirando al vacío desde aquel hotel abandonado. Respiré profundamente, aprovechando la pureza del aire desde ahí arriba, y salté. Mientras caía, mi rostro formaba una extraña sonrisa de alivio y confusión. No sentía afecto, amor, soledad, sólo dolor. Fueron, de manera muy singular, los pocos segundos de felicidad que jamás tuve en mi vana vida, y se desvanecieron en chocar contra el asfalto.
Adoré el silencio que se formó de inmediato, la paz que tanto buscaba estaba escondida en la muerte de mi existencia, en la valentía de acabar con la realidad que me repudiaba. El amor que tanto ansiaba, era el impacto contra el suelo, él fue el único que impidió que siguiera cayendo confuso.
-¿Por qué a ojos del mundo, no soy merecedor de afecto?- Mi reflejo sonrió soberbio, y marchó con intención de no volver jamás. Estaba todavía más confuso, ni mi yo interior soportaba mi existencia.
Lloré los dos siguientes días. Fue tanto el llanto, que la última noche de sollozos, olvidé por completo la causa de tanto dolor. Despertar y olvidar se convirtió en una rutina. Me levantaba desganado cada día, ya no comprendía por qué seguir respirando, por qué seguir con vida. Todo por aquello que el resto de personas vivían, me rechazó a mí, desde el primer momento.
No sé qué de especial tuvo ese día, pero al abrir los ojos en aquella mañana, mi cuerpo estaba tan entumecido que nada parecía estimularlo. Con mucho esfuerzo logré levantarme, otra vez sin entender para qué, pero lo hice. Necesitaba sentir un poco de alivio, ralentizar el tiempo. Cogí el teléfono y llamé al camello.
Ya lleno de droga, y llorando como nunca, mi sentido de sensatez moría. La locura que me poseía empezaba a hacer mella, quería comprobar la veracidad de la realidad que me rodeaba. Y así lo hice. Tres horas después, estuve poniendo a prueba la lealtad de mi palabra, mirando al vacío desde aquel hotel abandonado. Respiré profundamente, aprovechando la pureza del aire desde ahí arriba, y salté. Mientras caía, mi rostro formaba una extraña sonrisa de alivio y confusión. No sentía afecto, amor, soledad, sólo dolor. Fueron, de manera muy singular, los pocos segundos de felicidad que jamás tuve en mi vana vida, y se desvanecieron en chocar contra el asfalto.
Adoré el silencio que se formó de inmediato, la paz que tanto buscaba estaba escondida en la muerte de mi existencia, en la valentía de acabar con la realidad que me repudiaba. El amor que tanto ansiaba, era el impacto contra el suelo, él fue el único que impidió que siguiera cayendo confuso.
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