Cuando era pequeño,
mis padres me dejaban con mi abuela mientras ellos trabajaban
y ella a su vez, me dejaba suelto por parque del frontal de su casa.
Entonces yo me dedicaba a subir a los árboles
cuando ella no miraba.
Primero me subía a los algarrobos
achatados y inmensos
de ramas fuertes y flexibles
que había en el parque de delante.
Luego intenté subir otros árboles más altos y sin ramas donde apoyarme.
Era pequeño y apenas tenía fuerza en los brazos.
Al cabo de 20 minutos tenía los brazos ardiendo, magullados
y por ellos corrían minúsculas gotas de sangre que corrían hasta los codos o hasta los dedos meñiques.
Y yo tenía miedo,
miedo de que me diría mi abuela
al verme lleno con los brazos con el trazo rojo de la vida.
Así que lo escondía como buenamente podía
y ella siempre lo veía y me gritaba. Me daba miedo.
Un día conseguí, no se como,
llegar a la primera rama tras 5 intentos
- los brazos ya en ascuas, sacados del mismo infierno-
y de allí, a la siguiente rama
y que coño; lo he conseguido, vayamos más alto.
Y subí y subí hasta que descubrí el sabor del vértigo en el sudor que me corría por la cara.
Y allí estuve durante vete tu a saber cuanto tiempo.
Y cuando el sol ya caí y el sudor cristalizaba, y la sangre era el abrazo del árbol,
empecé el descenso...
y en la última rama caí
redondo,
inmenso,
rotundo.
Todo el costado arañado por los dientes del árbol
la camisa desgarrada
el brazo hinchado
y mi abuela corriendo hacia mí
y sin saber ni tan siquiera donde estaba, arriba abajo o en cualquier lugar
empecé a gemir
- lo siento lo siento lo siento lo siento abuela, no lo volveré a hacer
mi abuela calló a mi lado y luego, me pregunto
- ¿te ha costado mucho subir arriba?
no contesté al momento, lloraba a moco tendido a los pies del tronco
violento, duro, y en algún sentido, compañero.
la cabeza ya no me daba vueltas, al menos no como antes.
contesté agitando la cabeza -sí.
-oh, bien ¿entonces habrá valido la pena, no?
-¿eh?
ella señaló todas aquellas heridas como dagas
- todo eso que te has hecho, que sea porque te ha costado. Que sea la muestra de que te ha costado. Hazte daño si hace falta, pero que valga la pena. Que al final, todo eso que ahora te duele, luego sepa a satisfacción.
Y en aquel momento no lo entendí;
me preocupaba más por el dolor...
callé, ella me cogió de la mano
y me metió dentro a curarme todo aquello
...
madre de dios...
cuanta razón tenía aquella mujer.
mis padres me dejaban con mi abuela mientras ellos trabajaban
y ella a su vez, me dejaba suelto por parque del frontal de su casa.
Entonces yo me dedicaba a subir a los árboles
cuando ella no miraba.
Primero me subía a los algarrobos
achatados y inmensos
de ramas fuertes y flexibles
que había en el parque de delante.
Luego intenté subir otros árboles más altos y sin ramas donde apoyarme.
Era pequeño y apenas tenía fuerza en los brazos.
Al cabo de 20 minutos tenía los brazos ardiendo, magullados
y por ellos corrían minúsculas gotas de sangre que corrían hasta los codos o hasta los dedos meñiques.
Y yo tenía miedo,
miedo de que me diría mi abuela
al verme lleno con los brazos con el trazo rojo de la vida.
Así que lo escondía como buenamente podía
y ella siempre lo veía y me gritaba. Me daba miedo.
Un día conseguí, no se como,
llegar a la primera rama tras 5 intentos
- los brazos ya en ascuas, sacados del mismo infierno-
y de allí, a la siguiente rama
y que coño; lo he conseguido, vayamos más alto.
Y subí y subí hasta que descubrí el sabor del vértigo en el sudor que me corría por la cara.
Y allí estuve durante vete tu a saber cuanto tiempo.
Y cuando el sol ya caí y el sudor cristalizaba, y la sangre era el abrazo del árbol,
empecé el descenso...
y en la última rama caí
redondo,
inmenso,
rotundo.
Todo el costado arañado por los dientes del árbol
la camisa desgarrada
el brazo hinchado
y mi abuela corriendo hacia mí
y sin saber ni tan siquiera donde estaba, arriba abajo o en cualquier lugar
empecé a gemir
- lo siento lo siento lo siento lo siento abuela, no lo volveré a hacer
mi abuela calló a mi lado y luego, me pregunto
- ¿te ha costado mucho subir arriba?
no contesté al momento, lloraba a moco tendido a los pies del tronco
violento, duro, y en algún sentido, compañero.
la cabeza ya no me daba vueltas, al menos no como antes.
contesté agitando la cabeza -sí.
-oh, bien ¿entonces habrá valido la pena, no?
-¿eh?
ella señaló todas aquellas heridas como dagas
- todo eso que te has hecho, que sea porque te ha costado. Que sea la muestra de que te ha costado. Hazte daño si hace falta, pero que valga la pena. Que al final, todo eso que ahora te duele, luego sepa a satisfacción.
Y en aquel momento no lo entendí;
me preocupaba más por el dolor...
callé, ella me cogió de la mano
y me metió dentro a curarme todo aquello
...
madre de dios...
cuanta razón tenía aquella mujer.