juana rivera medina
Poeta fiel al portal
Era mi abuelo Madaleno un hombre tiránico con toda su familia. Sus hijos eran sus peones y los hacía trabajar de sol a sol, desde que empezaban a caminar.
Mi padre nació un l6 de Febrero de 1926 y fue el tercer hijo de los que sobrevivieron de mi abuelita Pancha.
Cuenta que nació con el nombre de Edemésimo y así pensaron dejarlo. Pero fue gracias a su abuelita Epitacio que no podía pronunciar dicho nombre y le decía Menso cuando le llamaba a gritos por el rancho, que decidieron cambiarlo por el de José a lo que él agregó el De Jesús en uno de los varios cambios de nombre que tuvo a lo largo de su vida joven.
El y sus hermanos eran frecuente y cruelmente golpeados con tal saña por su padre que alguna gente caritativa, y horrorizada por las golpizas que propinaba a su familia, lo denunció con las autoridades de Aguascalientes.
Fue mandado llamar ante la justicia.
-Si sigue maltratando a sus hijos se los vamos a recoger- amenaza un policía, pensando asustarlo, a lo que Don Leno respondió-Tráiganselos cuando quieran, manténganlos, a ver si es cierto -claro que no era cierto. Mi abuelo regresó a su tierra sin recibir ningún castigo, y siguió con su régimen de terror en contra de su familia.
Los obligaba a montar, aun antes de que aprendieran a caminar, haciéndolos inmunes al dolor y al terror que podían haber sentido siendo tan pequeños Les asignaba obligaciones en cuanto tenían uso de razón. Cuidar animales, alimentarlos, desyerbar y sembrar los grandes campos de maíz y frijol, vigilar el ganado mientras los llevaban a pastar, montados ellos en broncos machos, que eran animales fuertes y resistentes para los rudos trabajos del campo.
Nos contaba mi papá que había que besarle la mano al saludarlo e hincarse ante él para ofrecerle un vaso con agua. Que los hacía hincarse también para castigarlos, con un fuete para caballos, o simplemente con un leño, el cual estrellaba en sus hombros, espalda y cabeza, causándoles heridas graves y desmayos.
Toda la comida era guardada en un cuarto con llave, y el tenía la única copia. Para cocinar mi abuela tenía que pedirle hasta lo más indispensable, como la sal.
No se diga un huevo, que solo el comía o maíz que eran entregados por su mano, no sin antes cuestionar, que se había hecho con lo anterior.
Todos comían, invariablemente, Frijoles, tortillas y chile molido en molcajete y tomaban agua, traída en grandes cántaros de la represa que estaba en sus terrenos por mis tías o mi abuelita.
Solo Don Leno, podía comer huevos y algunas veces hasta un trozo de carne, ante la mirada codiciosa y hambrienta de sus hijos.
Cuenta mi papá que una vez se le acabó la sal a mi abuelita y así cocinó los frijoles. Mi abuelo tenía uno o dos días sin venir a la casa por lo que ella no tenía de donde proveerse de nada.
Cuando Don Leno llegó a su casa, se aprestó a cenar.
-¡Me lleva ! ¡Pancha, esto no tiene sal!- dijo escupiendo el bocado de frijoles que un momento antes de había llevado a la boca.
-Pues se me acabó y como no habías venido - a mi abuela no volvió a faltarle la sal, pero si otras muchas cosas.
Tal vez por eso, sus hijos menores, Andrés, Jesús y Juan se las ingeniaban para sustraer bienes del rancho sin que mi abuelo se diera cuenta, no así mi papá, mi tía Josefina y mi abuelita que sufrían grandes sobresaltos al pensar que fueran descubiertos.
Un día abrieron un boquete en el techo de la troje, donde mi abuelito guardaba el maíz y el frijol, y por ahí sacaron varios kilos de los granos que cargaron en dos burros para llevarlas a vender a la tienda del pueblo. Para mantener el nivel del grano y no ser descubiertos, metieron entre el producto varios troncos.
Mi abuela sabía, al igual que todo el pueblo, de las infidelidades de mi abuelo, que igual y no era muy discreto. Nos contó mi papá que una vez llevó a vivir a la querida en una casa en los mismos terrenos del rancho y que mi abuelita tuvo que cocinar y mandarles comida a los dos.
Era mi padre especialmente querido por su mamá y por su hermana Josefina con quien tenía una gran afinidad.
Nos cuenta mi tía, que ella y mi abuelita lo escuchaban bajar del cerro, porque siempre bajaba silbando El hijo desobediente, una canción que siempre le gusto mucho.
Cariño que le valió ser aborrecido por sus hermanos. Nos contó que mi tío Jesús un día que mi papá estaba dormido en una hamaca y como no le quiso dar la llave que mi abuelo le había encargado ese día, tomando sus machete, y sin ningún escrúpulo le asestó un golpe en la cabeza, causándole una importante herida, que le ocasionó una fea cicatriz en la frente y un mechón de canas por el resto de su vida.
Ese ambiente de violencia dejó en mi padre una huella imborrable y lo hizo un ser violento, iracundo y siempre a la defensiva.
Mi padre correspondía con creces al cariño de su madre por eso sufría al ver las golpizas que recibía de su esposo.
Extrañamente, ese tiempo de su infancia lo marcó para el resto de su vida.
Tendría unos doce años, cuando al ver el rostro lastimado de Doña Panchita como la llamaba cariñosamente, sintió el impuso de devolverle a su padre los golpes.
-No hijito- suplicó su madre- mira que la tierra se abrirá para tragarte si levantas la mano contra tu padre.
-¡No me importa madre! Le cobraré todos los golpes que le ha dado
-No Chepe, tu papá te matará-
-O lo mataré yo- el grito angustiado de madre y las lágrimas y ruegos, lograron hacerlo desistir de su propósito. Sin embargo, antes de amanecer salió de su casa sabiendo que un día no lo contendría ni su madre. Caminó por entre los matorrales, lo que el ocasionó varias heridas, sobre todo en piernas y pies, nos contó que al pasar por las rancherías varias veces fue apedreado por los habitantes que lo creían un Hombre del Mal.
Mi pobre abuela sufrió mucho con la partida de su hijo, dice mi tía que siempre estaba llorando, no así mi abuelo a quién pareció no importarle.
Mi papá como pudo llegó a Aguascalientes.
Hambriento caminó por las calles, y tuvo que comer de la caridad pública y a veces hasta de los botes de basura para sobrevivir.
Dijo que un día llegó a la estación de trenes y se puso a descargar vagones para ganarse unos pesos. Trabajó todo el día y al llegar la noche buscó acomodo en un vagón para dormir. Estaba tan cansado que se durmió profundamente.
A la mañana siguiente, al despertar, estaba en una cuidad desconocida, enorme y bulliciosa.
Caminó hasta un mercado cercano y buscó en los botes de basura cáscaras de frutas para poder comer, luego consiguió un poco de agua para beber.
-¿Donde es aquí?- preguntó a una señora.
-Esta es la Cuidad de México, la capital-le respondió la señora.
Mi padre volvió a la estación en donde estuvo viviendo por algún tiempo.
Pasaron varios meses, mi padre se había acostumbrado a su nueva vida, la ciudad ya no lo asustaba, había aprendido a sobrevivir en un entorno diferente al suyo.
Un día, se puso a esperar la llegada del tren para cargar maletas y ganarse unos centavos más.
-¿Le ayudo señor?- se acercó a un ranchero que bajaba en ese momento del vagón.
-Si chamaco- dijo el hombre entregándole dos pequeñas maletas-llévame a un restaurante, para poder comer algo mientras llegan por mí.
Mi papá, para ese momento estaba vestido con andrajos, sucio y sin huaraches.
El hombre lo miró fijamente, buscando algo por entre la mugre que le cubría el rostro.
-¿No eres tú Chepe, el hijo de Don Madaleno Rivera?
-¡No no!- intentó correr mi padre al verse descubierto, pero el ranchero lo atrapó del brazo.
-No tengas miedo, yo te ayudaré a volver a tu casa. Tu madre te ha buscado por todo Aguascalientes. ¿Cómo has llegado hasta aquí?-mi padre lo miraba asustado.
Volver a casa era lo que menos pensaba hacer.
El hombre, que era amigo de mi abuelito, lo llevó a comer y luego a su hotel, donde lo hizo bañarse. L e compró ropa nueva para devolverlo a sus padres.
M i papá pensaba que hacer para escaparse. Nomás de pensar en enfrentar a su padre, sentía un gran miedo. Sabía la golpiza que le esperaba, y aunque le dolía el sufrimiento de su mamá no pensaba regresar.
Algo que le causaba mucha gracia y que aun al contarnos se moría de la risa fue cuando tuvo la urgencia de vaciar sus intestinos.
-Oiga Don, ¿y aquí donde puedo zurrar?-se atrevió a preguntar después de recorrer con la mirada todo el elegante cuarto del hotel.
-Ven por aquí muchacho- sonrió el hombre comprensivo-Mira, aquí te sientas y puedes hacer lo que quieras, cuando termines, le jalas a esta cadena y el agua se llevará todo-Le mostró una gran taza de cerámica pegada al piso, que mi papá había visto antes, al bañarse, pero a la que no le pudo hallar uso. El hombre salió cerrando la puerta.
Mi papá, con desconfianza se dispuso a probar aquel artefacto. Se sentó, y ante la urgencia de su cuerpo, en unos momentos estaba ya bastante relajado. Luego buscó con la mirada con que limpiarse, pero no identificó nada parecido a lo que él conocía.
-Oiga Don gritó-¿Con qué me limpio?
-Aprieta en botoncito que está detrás de ti-le respondió el hombre. Mi papá lo hizo y sintió como algo recorría sus partes privadas.
-¡Órale!!!-gritó levantándose rápidamente, para alcanzar a ver una varilla de metal en cuyo extremo estaba una esponja, que al aparecer era la encargada de limpiar el cuerpo.
Mi padre se carcajeaba cuando nos contaba este episodio.
La oportunidad de escapar se le presentó ese mismo día. El amigo de su padre tenía una importante cita de negocios y al día siguiente volverían a Aguascalientes.
-Te quedas aquí mientras yo regreso, no te vayas a salir porque puedes perderte hijo, y en esta ciudad tan grande no te encontraría de nuevo.
Ahí hay comida, pero si necesitas algo lo pides a la recepción.
Salió dejando a un aliviado Chepe que solo esperó unos minutos antes de salirse del hotel y perderse de nuevo en las calles de la gran ciudad.
-¿Por qué lo haría?- preguntó el hombre a un Madaleno serio y pensativo, una vez de regreso a su ciudad-Se veía que estaba batallando para sobrevivir.
-Gracias amigo mío, al menos ya sabemos donde está y que está bien. Ya volverá
Pero mi padre no pensaba regresar, al menos por el momento.
Cerca de dos años estuvo viviendo en precarias condiciones, hasta que tuvo la fortuna de conocer a la dueña de una fonda donde comían varios militares.
Un día llevándole la canasta del mandado, le contó a la mujer su historia.
Ella compadecida, le invitó a trabajar con ella en la fonda. L e daría un pequeño sueldo y un lugar para vivir. La comida no le faltó desde entonces. Mi padre era un hombre muy trabajador y desquitó con creces la ayuda de la mujer.
Sin embargo no pasó mucho tiempo para que se diera de alta en el Ejército, donde desarrolló la mayor parte de su vida.
Era un hombre recio, madurado antes de tiempo, alto y fuerte y con una gran facilidad para domar caballos salvajes, producto de su extracción campesina.
Habilidad que le fue de gran utilidad en el Ejército, ya que rápidamente fue acomodado en las caballerizas y estaba encargado de domar los caballos que el Cuartel adquiría para uso de los militares.
Su vida dio otro giro, y aunque frecuentemente pensaba en su madre, el rencor que lo dominaba no lo dejaba volver.
Mi padre nació un l6 de Febrero de 1926 y fue el tercer hijo de los que sobrevivieron de mi abuelita Pancha.
Cuenta que nació con el nombre de Edemésimo y así pensaron dejarlo. Pero fue gracias a su abuelita Epitacio que no podía pronunciar dicho nombre y le decía Menso cuando le llamaba a gritos por el rancho, que decidieron cambiarlo por el de José a lo que él agregó el De Jesús en uno de los varios cambios de nombre que tuvo a lo largo de su vida joven.
El y sus hermanos eran frecuente y cruelmente golpeados con tal saña por su padre que alguna gente caritativa, y horrorizada por las golpizas que propinaba a su familia, lo denunció con las autoridades de Aguascalientes.
Fue mandado llamar ante la justicia.
-Si sigue maltratando a sus hijos se los vamos a recoger- amenaza un policía, pensando asustarlo, a lo que Don Leno respondió-Tráiganselos cuando quieran, manténganlos, a ver si es cierto -claro que no era cierto. Mi abuelo regresó a su tierra sin recibir ningún castigo, y siguió con su régimen de terror en contra de su familia.
Los obligaba a montar, aun antes de que aprendieran a caminar, haciéndolos inmunes al dolor y al terror que podían haber sentido siendo tan pequeños Les asignaba obligaciones en cuanto tenían uso de razón. Cuidar animales, alimentarlos, desyerbar y sembrar los grandes campos de maíz y frijol, vigilar el ganado mientras los llevaban a pastar, montados ellos en broncos machos, que eran animales fuertes y resistentes para los rudos trabajos del campo.
Nos contaba mi papá que había que besarle la mano al saludarlo e hincarse ante él para ofrecerle un vaso con agua. Que los hacía hincarse también para castigarlos, con un fuete para caballos, o simplemente con un leño, el cual estrellaba en sus hombros, espalda y cabeza, causándoles heridas graves y desmayos.
Toda la comida era guardada en un cuarto con llave, y el tenía la única copia. Para cocinar mi abuela tenía que pedirle hasta lo más indispensable, como la sal.
No se diga un huevo, que solo el comía o maíz que eran entregados por su mano, no sin antes cuestionar, que se había hecho con lo anterior.
Todos comían, invariablemente, Frijoles, tortillas y chile molido en molcajete y tomaban agua, traída en grandes cántaros de la represa que estaba en sus terrenos por mis tías o mi abuelita.
Solo Don Leno, podía comer huevos y algunas veces hasta un trozo de carne, ante la mirada codiciosa y hambrienta de sus hijos.
Cuenta mi papá que una vez se le acabó la sal a mi abuelita y así cocinó los frijoles. Mi abuelo tenía uno o dos días sin venir a la casa por lo que ella no tenía de donde proveerse de nada.
Cuando Don Leno llegó a su casa, se aprestó a cenar.
-¡Me lleva ! ¡Pancha, esto no tiene sal!- dijo escupiendo el bocado de frijoles que un momento antes de había llevado a la boca.
-Pues se me acabó y como no habías venido - a mi abuela no volvió a faltarle la sal, pero si otras muchas cosas.
Tal vez por eso, sus hijos menores, Andrés, Jesús y Juan se las ingeniaban para sustraer bienes del rancho sin que mi abuelo se diera cuenta, no así mi papá, mi tía Josefina y mi abuelita que sufrían grandes sobresaltos al pensar que fueran descubiertos.
Un día abrieron un boquete en el techo de la troje, donde mi abuelito guardaba el maíz y el frijol, y por ahí sacaron varios kilos de los granos que cargaron en dos burros para llevarlas a vender a la tienda del pueblo. Para mantener el nivel del grano y no ser descubiertos, metieron entre el producto varios troncos.
Mi abuela sabía, al igual que todo el pueblo, de las infidelidades de mi abuelo, que igual y no era muy discreto. Nos contó mi papá que una vez llevó a vivir a la querida en una casa en los mismos terrenos del rancho y que mi abuelita tuvo que cocinar y mandarles comida a los dos.
Era mi padre especialmente querido por su mamá y por su hermana Josefina con quien tenía una gran afinidad.
Nos cuenta mi tía, que ella y mi abuelita lo escuchaban bajar del cerro, porque siempre bajaba silbando El hijo desobediente, una canción que siempre le gusto mucho.
Cariño que le valió ser aborrecido por sus hermanos. Nos contó que mi tío Jesús un día que mi papá estaba dormido en una hamaca y como no le quiso dar la llave que mi abuelo le había encargado ese día, tomando sus machete, y sin ningún escrúpulo le asestó un golpe en la cabeza, causándole una importante herida, que le ocasionó una fea cicatriz en la frente y un mechón de canas por el resto de su vida.
Ese ambiente de violencia dejó en mi padre una huella imborrable y lo hizo un ser violento, iracundo y siempre a la defensiva.
Mi padre correspondía con creces al cariño de su madre por eso sufría al ver las golpizas que recibía de su esposo.
Extrañamente, ese tiempo de su infancia lo marcó para el resto de su vida.
Tendría unos doce años, cuando al ver el rostro lastimado de Doña Panchita como la llamaba cariñosamente, sintió el impuso de devolverle a su padre los golpes.
-No hijito- suplicó su madre- mira que la tierra se abrirá para tragarte si levantas la mano contra tu padre.
-¡No me importa madre! Le cobraré todos los golpes que le ha dado
-No Chepe, tu papá te matará-
-O lo mataré yo- el grito angustiado de madre y las lágrimas y ruegos, lograron hacerlo desistir de su propósito. Sin embargo, antes de amanecer salió de su casa sabiendo que un día no lo contendría ni su madre. Caminó por entre los matorrales, lo que el ocasionó varias heridas, sobre todo en piernas y pies, nos contó que al pasar por las rancherías varias veces fue apedreado por los habitantes que lo creían un Hombre del Mal.
Mi pobre abuela sufrió mucho con la partida de su hijo, dice mi tía que siempre estaba llorando, no así mi abuelo a quién pareció no importarle.
Mi papá como pudo llegó a Aguascalientes.
Hambriento caminó por las calles, y tuvo que comer de la caridad pública y a veces hasta de los botes de basura para sobrevivir.
Dijo que un día llegó a la estación de trenes y se puso a descargar vagones para ganarse unos pesos. Trabajó todo el día y al llegar la noche buscó acomodo en un vagón para dormir. Estaba tan cansado que se durmió profundamente.
A la mañana siguiente, al despertar, estaba en una cuidad desconocida, enorme y bulliciosa.
Caminó hasta un mercado cercano y buscó en los botes de basura cáscaras de frutas para poder comer, luego consiguió un poco de agua para beber.
-¿Donde es aquí?- preguntó a una señora.
-Esta es la Cuidad de México, la capital-le respondió la señora.
Mi padre volvió a la estación en donde estuvo viviendo por algún tiempo.
Pasaron varios meses, mi padre se había acostumbrado a su nueva vida, la ciudad ya no lo asustaba, había aprendido a sobrevivir en un entorno diferente al suyo.
Un día, se puso a esperar la llegada del tren para cargar maletas y ganarse unos centavos más.
-¿Le ayudo señor?- se acercó a un ranchero que bajaba en ese momento del vagón.
-Si chamaco- dijo el hombre entregándole dos pequeñas maletas-llévame a un restaurante, para poder comer algo mientras llegan por mí.
Mi papá, para ese momento estaba vestido con andrajos, sucio y sin huaraches.
El hombre lo miró fijamente, buscando algo por entre la mugre que le cubría el rostro.
-¿No eres tú Chepe, el hijo de Don Madaleno Rivera?
-¡No no!- intentó correr mi padre al verse descubierto, pero el ranchero lo atrapó del brazo.
-No tengas miedo, yo te ayudaré a volver a tu casa. Tu madre te ha buscado por todo Aguascalientes. ¿Cómo has llegado hasta aquí?-mi padre lo miraba asustado.
Volver a casa era lo que menos pensaba hacer.
El hombre, que era amigo de mi abuelito, lo llevó a comer y luego a su hotel, donde lo hizo bañarse. L e compró ropa nueva para devolverlo a sus padres.
M i papá pensaba que hacer para escaparse. Nomás de pensar en enfrentar a su padre, sentía un gran miedo. Sabía la golpiza que le esperaba, y aunque le dolía el sufrimiento de su mamá no pensaba regresar.
Algo que le causaba mucha gracia y que aun al contarnos se moría de la risa fue cuando tuvo la urgencia de vaciar sus intestinos.
-Oiga Don, ¿y aquí donde puedo zurrar?-se atrevió a preguntar después de recorrer con la mirada todo el elegante cuarto del hotel.
-Ven por aquí muchacho- sonrió el hombre comprensivo-Mira, aquí te sientas y puedes hacer lo que quieras, cuando termines, le jalas a esta cadena y el agua se llevará todo-Le mostró una gran taza de cerámica pegada al piso, que mi papá había visto antes, al bañarse, pero a la que no le pudo hallar uso. El hombre salió cerrando la puerta.
Mi papá, con desconfianza se dispuso a probar aquel artefacto. Se sentó, y ante la urgencia de su cuerpo, en unos momentos estaba ya bastante relajado. Luego buscó con la mirada con que limpiarse, pero no identificó nada parecido a lo que él conocía.
-Oiga Don gritó-¿Con qué me limpio?
-Aprieta en botoncito que está detrás de ti-le respondió el hombre. Mi papá lo hizo y sintió como algo recorría sus partes privadas.
-¡Órale!!!-gritó levantándose rápidamente, para alcanzar a ver una varilla de metal en cuyo extremo estaba una esponja, que al aparecer era la encargada de limpiar el cuerpo.
Mi padre se carcajeaba cuando nos contaba este episodio.
La oportunidad de escapar se le presentó ese mismo día. El amigo de su padre tenía una importante cita de negocios y al día siguiente volverían a Aguascalientes.
-Te quedas aquí mientras yo regreso, no te vayas a salir porque puedes perderte hijo, y en esta ciudad tan grande no te encontraría de nuevo.
Ahí hay comida, pero si necesitas algo lo pides a la recepción.
Salió dejando a un aliviado Chepe que solo esperó unos minutos antes de salirse del hotel y perderse de nuevo en las calles de la gran ciudad.
-¿Por qué lo haría?- preguntó el hombre a un Madaleno serio y pensativo, una vez de regreso a su ciudad-Se veía que estaba batallando para sobrevivir.
-Gracias amigo mío, al menos ya sabemos donde está y que está bien. Ya volverá
Pero mi padre no pensaba regresar, al menos por el momento.
Cerca de dos años estuvo viviendo en precarias condiciones, hasta que tuvo la fortuna de conocer a la dueña de una fonda donde comían varios militares.
Un día llevándole la canasta del mandado, le contó a la mujer su historia.
Ella compadecida, le invitó a trabajar con ella en la fonda. L e daría un pequeño sueldo y un lugar para vivir. La comida no le faltó desde entonces. Mi padre era un hombre muy trabajador y desquitó con creces la ayuda de la mujer.
Sin embargo no pasó mucho tiempo para que se diera de alta en el Ejército, donde desarrolló la mayor parte de su vida.
Era un hombre recio, madurado antes de tiempo, alto y fuerte y con una gran facilidad para domar caballos salvajes, producto de su extracción campesina.
Habilidad que le fue de gran utilidad en el Ejército, ya que rápidamente fue acomodado en las caballerizas y estaba encargado de domar los caballos que el Cuartel adquiría para uso de los militares.
Su vida dio otro giro, y aunque frecuentemente pensaba en su madre, el rencor que lo dominaba no lo dejaba volver.
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