Alan Sink
Poeta recién llegado
Espacio (
D)
Vamos a quedarnos juntos, en esta misma sala, con los muebles rotos. Entre paredes maduras, para vernos protegidos por la experiencia. Vamos a encerrarnos en el baño para no salir nunca, para resbalarnos con la espuma y morir dulces, como pasitas. A romper los espejos para ser invisibles. A cenar callados, para escuchar nuestras tripas con hambre; su concierto, su público, su comida.
Ansío las pataditas, las cunitas inestables, las bestias estampadas en muros, los bramidos de la fierecilla, el olor nocturno de mi madre. Busco con potencia la rectitud de sus pasos, la soledad a media noche, la frecuencia del resople, los pañalitos cargados de talco al aplomo de sus muecas.
Me veo orgánico, musical y activo, con la extensión de la burla acomodando mis cachetes. Me veo simple, nauta del destino. Mi almirante tiene barba de pelusa. Mi oceánida no ve, porque antes de encontrarme leía mucho. Me imaginaba al borde de su velo, estrechándome, aledaño a sus palabras. Mi ninfa blanca que sangró tanto por su boca para cuidarme y me puso un nombre, sencillo como sus ojos.
Conservo el confite, los previos presentes. La furia de mi desconsuelo: mi baba. El temor de minino, el tono rosado, la coraza de sandía.
Y caigo, resbalo, me raspo en fantasías. Veo labios, entradas, picos, lavaderos; sin embargo no comprendo.
Habitualmente les sonrío
Alan Sink
Vamos a quedarnos juntos, en esta misma sala, con los muebles rotos. Entre paredes maduras, para vernos protegidos por la experiencia. Vamos a encerrarnos en el baño para no salir nunca, para resbalarnos con la espuma y morir dulces, como pasitas. A romper los espejos para ser invisibles. A cenar callados, para escuchar nuestras tripas con hambre; su concierto, su público, su comida.
Ansío las pataditas, las cunitas inestables, las bestias estampadas en muros, los bramidos de la fierecilla, el olor nocturno de mi madre. Busco con potencia la rectitud de sus pasos, la soledad a media noche, la frecuencia del resople, los pañalitos cargados de talco al aplomo de sus muecas.
Me veo orgánico, musical y activo, con la extensión de la burla acomodando mis cachetes. Me veo simple, nauta del destino. Mi almirante tiene barba de pelusa. Mi oceánida no ve, porque antes de encontrarme leía mucho. Me imaginaba al borde de su velo, estrechándome, aledaño a sus palabras. Mi ninfa blanca que sangró tanto por su boca para cuidarme y me puso un nombre, sencillo como sus ojos.
Conservo el confite, los previos presentes. La furia de mi desconsuelo: mi baba. El temor de minino, el tono rosado, la coraza de sandía.
Y caigo, resbalo, me raspo en fantasías. Veo labios, entradas, picos, lavaderos; sin embargo no comprendo.
Habitualmente les sonrío
Alan Sink