danie
solo un pensamiento...
¿Qué pasaría si un día amanecemos como un espantapájaros? ¿Cómo serían nuestras vidas con los sueños atados a los harapos, los palos y la paja, cuidando un enorme maizal y siempre presos de la inmensa soledad? ¿O si nos damos cuenta que siempre fuimos espantapájaros, solo que hasta el momento no lo sabíamos?
Fue así, una tarde de enero, me vi clavado a la tierra, hecho una piltrafa, crucificando mis deseos, espantando a toda ave y su vuelo, intentando en vano aferrarme a esa escasa libertad.
Sé que lo que les voy a contar es un poco complicado de entender, pero quisiera que echen una mirada para imaginar a un hombre espantapájaros que de día y de noche es el cuidador de un infinito sin horizontes, completamente baldío, con su alborada de un atisbo indistinto y vago.
En esta narración no hay una bruja que me haya hechizado y por tal convertido en dicho espantajo, creo que yo solo, con el paso del tiempo, cada vez me volví más un espantapájaros, tal vez por el simple hecho de que me olvide de como volar.
Así paso mis horas viendo a la distancia cada vez más lejana, como estrellas sin brillar, ya acuchilladas, viendo al vuelo petrificado de las aves que emigran hacia un mundo reservado y escondido fuera de mis suburbios y mis maizales sin granos. Así, también, se puede ver la paja en mi ojo, en mi mirada ciega y perdida de un mueble sin vida que cuida una enorme mansión que guarda a mi tedioso pasado.
Creo que vivir amarrado al ayer es el peor error que el hombre puede cometer, pero cómo se hace para desamarrar los nudos ya percudidos por la erosión de lo vivido, cómo se hace para desclavar los pies de la tierra y llegar al hogar que desde hace mucho tiempo ves como un foráneo intruso, un espectro mismo de lo extinguido, como un simple peón que trabaja para un patrón, sin tener trato directo ni conocerlo cara a cara, solo completa su labor bajo la luna y el sol para tener un garrón duro que así pueda roer la vidorra malograda.
Todo es cuestión de rutina y costumbre, ¿pero realmente se puede uno acostumbrar a la marginada pena de la soledad?, ¿cohabitar con esas carencias faltantes de alas para volar?; mi incógnita es: ¿se puede vivir sin alas?, ¿se puede soñar sin nubes ni cielos?, ¿puede uno desprenderse un minuto de la tierra y no mirar hacia atrás con la escama del temor que te hizo perder esas preciadas alas? En realidad sé que no las perdí del todo, las tengo guardadas en algún lado, pero es difícil recordar donde las puse.
En este contexto, uno, si se acostumbra a tanto pesar se vuelve un espantapájaros sin darse la mínima cuenta de lo sucedido.
Un día miras por la ventana y te ves clavado al piso, vestido de paja y harapos, cuidando un maizal, un extenso sembradío de sombras con rostros de ayeres y orfandad.
Y te preguntas: ¿para qué seguir ese funesto y solitario labor de vigía? Pero tu mente no sabe que responder, solo sabes que lo debes hacer, debes seguir clavado a la tierra, cuidando tu imperio de miseria, trabajando para ese patrón que es un dios que no conoces y ni siquiera profesas.
Tal vez, algún día, tengas suerte y un cuervo en vez de alejarse se acerque para, aunque sea, intentar platicar de cómo es la vida fuera de éste, tu inmenso maizal.
Fue así, una tarde de enero, me vi clavado a la tierra, hecho una piltrafa, crucificando mis deseos, espantando a toda ave y su vuelo, intentando en vano aferrarme a esa escasa libertad.
Sé que lo que les voy a contar es un poco complicado de entender, pero quisiera que echen una mirada para imaginar a un hombre espantapájaros que de día y de noche es el cuidador de un infinito sin horizontes, completamente baldío, con su alborada de un atisbo indistinto y vago.
En esta narración no hay una bruja que me haya hechizado y por tal convertido en dicho espantajo, creo que yo solo, con el paso del tiempo, cada vez me volví más un espantapájaros, tal vez por el simple hecho de que me olvide de como volar.
Así paso mis horas viendo a la distancia cada vez más lejana, como estrellas sin brillar, ya acuchilladas, viendo al vuelo petrificado de las aves que emigran hacia un mundo reservado y escondido fuera de mis suburbios y mis maizales sin granos. Así, también, se puede ver la paja en mi ojo, en mi mirada ciega y perdida de un mueble sin vida que cuida una enorme mansión que guarda a mi tedioso pasado.
Creo que vivir amarrado al ayer es el peor error que el hombre puede cometer, pero cómo se hace para desamarrar los nudos ya percudidos por la erosión de lo vivido, cómo se hace para desclavar los pies de la tierra y llegar al hogar que desde hace mucho tiempo ves como un foráneo intruso, un espectro mismo de lo extinguido, como un simple peón que trabaja para un patrón, sin tener trato directo ni conocerlo cara a cara, solo completa su labor bajo la luna y el sol para tener un garrón duro que así pueda roer la vidorra malograda.
Todo es cuestión de rutina y costumbre, ¿pero realmente se puede uno acostumbrar a la marginada pena de la soledad?, ¿cohabitar con esas carencias faltantes de alas para volar?; mi incógnita es: ¿se puede vivir sin alas?, ¿se puede soñar sin nubes ni cielos?, ¿puede uno desprenderse un minuto de la tierra y no mirar hacia atrás con la escama del temor que te hizo perder esas preciadas alas? En realidad sé que no las perdí del todo, las tengo guardadas en algún lado, pero es difícil recordar donde las puse.
En este contexto, uno, si se acostumbra a tanto pesar se vuelve un espantapájaros sin darse la mínima cuenta de lo sucedido.
Un día miras por la ventana y te ves clavado al piso, vestido de paja y harapos, cuidando un maizal, un extenso sembradío de sombras con rostros de ayeres y orfandad.
Y te preguntas: ¿para qué seguir ese funesto y solitario labor de vigía? Pero tu mente no sabe que responder, solo sabes que lo debes hacer, debes seguir clavado a la tierra, cuidando tu imperio de miseria, trabajando para ese patrón que es un dios que no conoces y ni siquiera profesas.
Tal vez, algún día, tengas suerte y un cuervo en vez de alejarse se acerque para, aunque sea, intentar platicar de cómo es la vida fuera de éste, tu inmenso maizal.
Última edición: