Évano
Libre, sin dioses.
Un corazón de gelatina
donde flotaban alegres y contentas
las esencias de las almas
de bombones, azahares y jazmines.
Al ritmo sereno del ululo del viento latía,
digamos, por ejemplo, alegre y feliz
como en los bosques idílicos de Macondo.
Hijo de hada y carbón,
de manos de yunque y piel,
de corteza de roble
agrietada por el sol
y congelada en las noches
de las estrellas miserables.
Cientos de miles de hogares
silenciosos y muertos
paseaban a diario sus ojos de cristales de amor.
¡Casitas sin nadie!,
suspiraba,
¡y yo, bajo estrellas miserables!
Todos especulaban con la divina misericordia.
¡Pobrecito el señor de la intemperie!,
suspiraban.
Mas, luego lo dejaban bajo
las estrellas miserables
y marchaban impasibles a su segunda residencia,
a jugar a lágrimas,
a derramar compasiones hipócritas
delante de una pantalla de ficciones.
Se volvió cemento, hormigón, la gelatina
y putrefacto el chocolate de la sangre;
agrios los azahares y jazmines.
Las manos empuñaron martillos,
y el hacha y la hoz y la guadaña
y taló hasta el confín
el bosque de hipócritas sonrisas.
Se le llamaría Caín,
Belcebú,
Satanás,
Jesucristo,
o ese que duerme bajo
el puente y las estrellas miserables,
cerca
de tu casa de chocolate agrio,
como los jazmines y azahares
de tu miserable segundo jardín.
Y Dios no crearía nada más
que el reino del infierno
en un lugar llamado Tierra.
Las rejas de Universo aseguran
la imposibilidad,
el infinito castigo.
donde flotaban alegres y contentas
las esencias de las almas
de bombones, azahares y jazmines.
Al ritmo sereno del ululo del viento latía,
digamos, por ejemplo, alegre y feliz
como en los bosques idílicos de Macondo.
Hijo de hada y carbón,
de manos de yunque y piel,
de corteza de roble
agrietada por el sol
y congelada en las noches
de las estrellas miserables.
Cientos de miles de hogares
silenciosos y muertos
paseaban a diario sus ojos de cristales de amor.
¡Casitas sin nadie!,
suspiraba,
¡y yo, bajo estrellas miserables!
Todos especulaban con la divina misericordia.
¡Pobrecito el señor de la intemperie!,
suspiraban.
Mas, luego lo dejaban bajo
las estrellas miserables
y marchaban impasibles a su segunda residencia,
a jugar a lágrimas,
a derramar compasiones hipócritas
delante de una pantalla de ficciones.
Se volvió cemento, hormigón, la gelatina
y putrefacto el chocolate de la sangre;
agrios los azahares y jazmines.
Las manos empuñaron martillos,
y el hacha y la hoz y la guadaña
y taló hasta el confín
el bosque de hipócritas sonrisas.
Se le llamaría Caín,
Belcebú,
Satanás,
Jesucristo,
o ese que duerme bajo
el puente y las estrellas miserables,
cerca
de tu casa de chocolate agrio,
como los jazmines y azahares
de tu miserable segundo jardín.
Y Dios no crearía nada más
que el reino del infierno
en un lugar llamado Tierra.
Las rejas de Universo aseguran
la imposibilidad,
el infinito castigo.