MAO DIAZ
Poeta recién llegado
Claro el agua lejana obsesiva del desierto,
clara la sed perpetua,
agonizante y constante se mantienen los labios,
secos, cortados,
agradeciendo el salado de las lágrimas al recorrerlos,
humedecido el otoño,
que un radiante verano dejo tras de sí,
de un calido invierno,
y de nuevo un desierto en mí.
Como la mano que no alcancé a agarrar,
que no apreté tanto para no dañar,
como una flor de primavera,
con tacto cálido y suave mi acariciar,
de nada sirve ya,
lamentarse en el consuelo
y pasar los dedos sobre la retina,
y secar de nuevo la vida.
No quiero más estaciones,
ni esperar terminar marchitarse las cerezas,
cada vez, una vez más,
mas una vez, se hace de nuevo esperar,
y confundir el calor radiante con la belleza,
abrazándome constante a la tristeza.
Espejismos de mis sombras,
Fino acariciar que recorre con las uñas mi corazón,
cosquillas inestables,
entre el amor y el dolor,
al notar tu ausencia,
porque tuviste que entrar,
en este sin razón,
donde queda ahora tu presencia,
donde tu mano se soltó.
clara la sed perpetua,
agonizante y constante se mantienen los labios,
secos, cortados,
agradeciendo el salado de las lágrimas al recorrerlos,
humedecido el otoño,
que un radiante verano dejo tras de sí,
de un calido invierno,
y de nuevo un desierto en mí.
Como la mano que no alcancé a agarrar,
que no apreté tanto para no dañar,
como una flor de primavera,
con tacto cálido y suave mi acariciar,
de nada sirve ya,
lamentarse en el consuelo
y pasar los dedos sobre la retina,
y secar de nuevo la vida.
No quiero más estaciones,
ni esperar terminar marchitarse las cerezas,
cada vez, una vez más,
mas una vez, se hace de nuevo esperar,
y confundir el calor radiante con la belleza,
abrazándome constante a la tristeza.
Espejismos de mis sombras,
Fino acariciar que recorre con las uñas mi corazón,
cosquillas inestables,
entre el amor y el dolor,
al notar tu ausencia,
porque tuviste que entrar,
en este sin razón,
donde queda ahora tu presencia,
donde tu mano se soltó.