Chris hoe
Poeta recién llegado
La noche de bodas, regalaba el anillo de diamantes. Yo poseía el recuerdo de mis viejas botas, tenía solo un semblante.
Recuerdo haber compartido la cama contigo, la luna de miel solo era una. Un presagio de amor en cada latido, nuestro matrimonio era fingido.
Me perdía en el trabajo, estabas completamente abandonada. El pesar de mis pesares: yo me había casado contigo, este amor no era correspondido.
Los sueños que tuvimos de novios, el hasta siempre me convenía. La realidad acecha mi responsabilidad de esposo, ese lema yo no quería.
Nuestra foto de casados en la sala de tus padres, mi cuñada esperando el milagro de vida. Yo no quería seguir en esto, era mi papel en este teatro de falsedades.
¿Cómo pedirle que se fuera? Si en cada minuto estabas, la esposa del traje gris, era tú el fantasma de mi condena.
A la hora de hacer el amor, el orgasmo te venia. Usando la maniobra del Kama Sutra, hasta tener sexo le temía.
Ir a cada festividad sin hijos, conocer a tu familia andante. Las caras felices de los otros al vernos casados, ahí creían que las mentiras se la toman en verdad.
Mis suegros con cincuenta años de casados, la ilusión de su hija llegar a esa meta. Pero mi sinceridad ya no era comprometida.
Tome mi taza de café en la mañana, tú te acercabas a pedir una caricia. Este hombre de piel muerta, no moría por la futura madre de su hija.
Busque la fuerza necesaria para decirle: que no la amaba, ella inundo su cara de lágrimas. El torpe era yo me quería salir de mano atada.
Esa razón le di ese día final, deseándole lo mejor y esperando lo que quiera. En este comprendí que yo no tenía un amor sano, en mi memoria se queda: el adiós a mi esposa soltera.
Recuerdo haber compartido la cama contigo, la luna de miel solo era una. Un presagio de amor en cada latido, nuestro matrimonio era fingido.
Me perdía en el trabajo, estabas completamente abandonada. El pesar de mis pesares: yo me había casado contigo, este amor no era correspondido.
Los sueños que tuvimos de novios, el hasta siempre me convenía. La realidad acecha mi responsabilidad de esposo, ese lema yo no quería.
Nuestra foto de casados en la sala de tus padres, mi cuñada esperando el milagro de vida. Yo no quería seguir en esto, era mi papel en este teatro de falsedades.
¿Cómo pedirle que se fuera? Si en cada minuto estabas, la esposa del traje gris, era tú el fantasma de mi condena.
A la hora de hacer el amor, el orgasmo te venia. Usando la maniobra del Kama Sutra, hasta tener sexo le temía.
Ir a cada festividad sin hijos, conocer a tu familia andante. Las caras felices de los otros al vernos casados, ahí creían que las mentiras se la toman en verdad.
Mis suegros con cincuenta años de casados, la ilusión de su hija llegar a esa meta. Pero mi sinceridad ya no era comprometida.
Tome mi taza de café en la mañana, tú te acercabas a pedir una caricia. Este hombre de piel muerta, no moría por la futura madre de su hija.
Busque la fuerza necesaria para decirle: que no la amaba, ella inundo su cara de lágrimas. El torpe era yo me quería salir de mano atada.
Esa razón le di ese día final, deseándole lo mejor y esperando lo que quiera. En este comprendí que yo no tenía un amor sano, en mi memoria se queda: el adiós a mi esposa soltera.