Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
A una niña remilgada
un padre tanto quería
que todo cuanto pedía
se lo daba, cual si nada,
siendo terca y malcriada.
Creyendo el hombre con eso
que calmaría el exceso
de su hijita consentida,
por ella daba la vida
y obsequios de mayor peso.
Mas de esta parte el caudal
a aminorar comenzaba
y aunque a la niña explicaba
el inevitable mal,
a la ingrata le era igual
lo que al padre sucediera.
Mientras ella presumiera
de lujo y ostentación,
no atendería a razón
por muy pesada que fuera.
“¡Oh, altiva hija!,-decía-.
si bajo un humilde techo
hubieras nacido, es hecho
que otro gallo cantaría
y toda gazmoñería
o remilgo serían vanos.
Da gracias a nuestras manos
por ser dichosa en fortuna,
pues otros hay que ninguna
suerte gozaron ufanos”.
Mas la niña caprichosa
seguía sin escuchar
al padre hasta no dejar
ni un solo céntimo o cosa.
Siguió con su avariciosa
y pedigüeña actitud
sin obrar con rectitud
ni obedecer los consejos,
gastando en harapos viejos
su caudal y juventud.
“¡Ah! Si a mis padres hubiese
escuchado mucho antes,
quizá en llantos suplicantes
ahora mismo no me viese.
Y aunque el capricho tuviese
que aguardar tiempo mejor,
no sería mi dolor
tan fuerte como hoy lo siento:
sin padre, techo y sustento
que me ofrezcan su calor.”
Por esta causa conviene
del remilgo distanciarse
y con poco contentarse
si es mucho lo que se tiene.
Pues si un día sobreviene
la desgracia soberana
que toda vida hace vana,
¿no se verá empobrecido
quien es rico y consentido
cuando amanezca el mañana?
© Abraham Ferreira Khalil
un padre tanto quería
que todo cuanto pedía
se lo daba, cual si nada,
siendo terca y malcriada.
Creyendo el hombre con eso
que calmaría el exceso
de su hijita consentida,
por ella daba la vida
y obsequios de mayor peso.
Mas de esta parte el caudal
a aminorar comenzaba
y aunque a la niña explicaba
el inevitable mal,
a la ingrata le era igual
lo que al padre sucediera.
Mientras ella presumiera
de lujo y ostentación,
no atendería a razón
por muy pesada que fuera.
“¡Oh, altiva hija!,-decía-.
si bajo un humilde techo
hubieras nacido, es hecho
que otro gallo cantaría
y toda gazmoñería
o remilgo serían vanos.
Da gracias a nuestras manos
por ser dichosa en fortuna,
pues otros hay que ninguna
suerte gozaron ufanos”.
Mas la niña caprichosa
seguía sin escuchar
al padre hasta no dejar
ni un solo céntimo o cosa.
Siguió con su avariciosa
y pedigüeña actitud
sin obrar con rectitud
ni obedecer los consejos,
gastando en harapos viejos
su caudal y juventud.
“¡Ah! Si a mis padres hubiese
escuchado mucho antes,
quizá en llantos suplicantes
ahora mismo no me viese.
Y aunque el capricho tuviese
que aguardar tiempo mejor,
no sería mi dolor
tan fuerte como hoy lo siento:
sin padre, techo y sustento
que me ofrezcan su calor.”
Por esta causa conviene
del remilgo distanciarse
y con poco contentarse
si es mucho lo que se tiene.
Pues si un día sobreviene
la desgracia soberana
que toda vida hace vana,
¿no se verá empobrecido
quien es rico y consentido
cuando amanezca el mañana?
© Abraham Ferreira Khalil
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