FASCINACIÓN DE VENECIA
En la líquida obsidiana de la noche
desde las luces flotantes de un navío
llega una canción efervescente:
son los orgasmos moribundos
de las amapolas recién cortadas.
Trenzan las olas coronas de acantos y lises diamantinos
los dardos de la luna erizan los capiteles corintios
y ménsulas ajedrezadas vomitan sueños de efebos.
Venecia se recrea en las aguas del carnaval.
Los tornadizos losanges ocultan vírgenes sexos
y sólo las miradas turbulentas
atraviesan las máscaras y la carne.
¡Vertiginosas noches que redimen la futilidad del mundo!
¡Ah, gondoleros! Seguid, seguid perforando con vuestras largas pértigas
los fondos putrefactos de Venecia, en los que yacen en recóndita armonía
los juglares y los niños acogidos al asilo del Ospedale della Pietá
junto a los desojados jilgueros que entonan en si bemol.
Las enjoyadas máscaras y los puñales ensangrentados
tejen sobre los brazos ebúrneos de las bellas
las trampas para los amantes desolados,
para aquellos que prefieren que el sol amanezca por Occidente.
Quiero cantar tus excesos, Venecia,
exhalando mariposas en lugar de palabras torpes,
con músicas robadas a los turistas y a los faunos,
quiero levantar desmesurados homenajes al silencio.
Desde las iglesias calcinadas por siglos y ofertorios,
desde sus puertas acaudilladas por ángeles y andróginos,
caen hasta las góndolas multicolores, cubriendo las aguas verdinegras
inmensas oleadas de capas cardenalicias, empolvadas de soberbia,
arrastrando plegarias y cánticos de los coros infantiles,
mientras los dorados leones destrozan con sus garras de marfil
los suntuosos brocados y, accidentalmente, algún turista japonés.
Es la victoria de Venecia sobre el tiempo. Sus gemidos atronan la Cristiandad.
Ilust.: “El carnaval de Arlequín”. Joan Miró. 1.924
En la líquida obsidiana de la noche
desde las luces flotantes de un navío
llega una canción efervescente:
son los orgasmos moribundos
de las amapolas recién cortadas.
Trenzan las olas coronas de acantos y lises diamantinos
los dardos de la luna erizan los capiteles corintios
y ménsulas ajedrezadas vomitan sueños de efebos.
Venecia se recrea en las aguas del carnaval.
Los tornadizos losanges ocultan vírgenes sexos
y sólo las miradas turbulentas
atraviesan las máscaras y la carne.
¡Vertiginosas noches que redimen la futilidad del mundo!
¡Ah, gondoleros! Seguid, seguid perforando con vuestras largas pértigas
los fondos putrefactos de Venecia, en los que yacen en recóndita armonía
los juglares y los niños acogidos al asilo del Ospedale della Pietá
junto a los desojados jilgueros que entonan en si bemol.
Las enjoyadas máscaras y los puñales ensangrentados
tejen sobre los brazos ebúrneos de las bellas
las trampas para los amantes desolados,
para aquellos que prefieren que el sol amanezca por Occidente.
Quiero cantar tus excesos, Venecia,
exhalando mariposas en lugar de palabras torpes,
con músicas robadas a los turistas y a los faunos,
quiero levantar desmesurados homenajes al silencio.
Desde las iglesias calcinadas por siglos y ofertorios,
desde sus puertas acaudilladas por ángeles y andróginos,
caen hasta las góndolas multicolores, cubriendo las aguas verdinegras
inmensas oleadas de capas cardenalicias, empolvadas de soberbia,
arrastrando plegarias y cánticos de los coros infantiles,
mientras los dorados leones destrozan con sus garras de marfil
los suntuosos brocados y, accidentalmente, algún turista japonés.
Es la victoria de Venecia sobre el tiempo. Sus gemidos atronan la Cristiandad.
Ilust.: “El carnaval de Arlequín”. Joan Miró. 1.924
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