Una tarde estival en las orillas del mar
la colosal pupila resplandece en lo profundo del cielo
entrecerrando cualquier ojo que intente verlo.
En la pasarela de oro impregnada en la mar los niños juegan
mas infatigables que el día, en sus manos forman planetas de arena
que lanzan entre ellos.
Cerca de la orilla, un pueblo de gaviotas atrapa mi vista
planean cerca, debajo de las nubes de arena y mas debajo aun de las flemas inmóviles de la cúpula celeste.
Las aves blandiendo ligeramente las alas, caen en espirales invisibles sobre la miseria de la gente,
el vulgo inconsciente se regocija en su inmundicia.
A lo lejos, sobre la pared verde del barranco un rebaño de nubes baja hacia el oeste
eclipsando el sol a su paso y el viento sopla sobre la gente
los cuerpos mojados tiritan de frió, se abrazan las parejas,
las ropas y sombrillas fluctúan sin cesar.
la colosal pupila resplandece en lo profundo del cielo
entrecerrando cualquier ojo que intente verlo.
En la pasarela de oro impregnada en la mar los niños juegan
mas infatigables que el día, en sus manos forman planetas de arena
que lanzan entre ellos.
Cerca de la orilla, un pueblo de gaviotas atrapa mi vista
planean cerca, debajo de las nubes de arena y mas debajo aun de las flemas inmóviles de la cúpula celeste.
Las aves blandiendo ligeramente las alas, caen en espirales invisibles sobre la miseria de la gente,
el vulgo inconsciente se regocija en su inmundicia.
A lo lejos, sobre la pared verde del barranco un rebaño de nubes baja hacia el oeste
eclipsando el sol a su paso y el viento sopla sobre la gente
los cuerpos mojados tiritan de frió, se abrazan las parejas,
las ropas y sombrillas fluctúan sin cesar.