danie
solo un pensamiento...
Casa muda y triste, abandonada del mismo silente, exiliada, de las sábanas y sus dormitorios, de los armarios y los enseres, apartada de las ventanas que dan hacia las alboradas y sus días.
Es una casa muerta que ya no guarece más a los espectros del tiempo, a los apelmazados besos del lenguaje de los cuerpos, a los ojos furtivos que buscan a una imagen (un paisaje de mujer de da Vinci o de Picasso) en la mente.
Una casa sin los verbos del amar, sin siquiera algunos vocablos vivos y rutilantes, sin el opaco rumor de la tinta y el papel.
Como dije antes, es una casa muerta, un hogar en ruinas con los tejados volados, con los desvanes desterrados hacia un lejano horizonte que ya ni se ve.
Una casa demolida sobre el camposanto sin siquiera una cruz de piedra que marque su tumba.
Desconsolada casa que padeció todas sus muertes, sufrió, también, la neumonía tras los fríos muros del adiós; a esta casa sólo le queda aferrarse a la añoranza de los mártires, a los bosquejos míseros de una primavera que jamás llegará, nuevamente, a golpear su puerta.
Pero a veces, solamente a veces, revive por las noches y canta sin importarle el mal agüero y su ébano que le dejó una sombra agonizante sobre sus simientes.
Así esta casa, en algunas noches, canta la canción de las damas escarlatas y de los galantes caballeros granates (canta sus sueños febriles con su mortaja de pasión roja).
Una melodía que florece a los rosales que se murieron en la memoria; esta música, emitida por sus alcobas y su jardín, borra los tonos oscuros y grises de sus muros y del parquet, desempolva a los recuerdos y a su cofre de verdor perdido, y recobra el hechizo del lenguaje de los cuerpos para romper con su afligida mudez.
No estoy demente al decir que esa casa, en algunas noches, se reconstruye con la forma de un optimista madrigal que espanta con su antifaz de notas lilas a las ideas suicidas de los aposentos residentes. En esos momentos se hace una casa muy amena para mí estar, sólo en esos momentos, mi insomnio se viste de gala para intentar enamorar, una vez más, a la luna y sus lejanos besos.
Es una casa muerta que ya no guarece más a los espectros del tiempo, a los apelmazados besos del lenguaje de los cuerpos, a los ojos furtivos que buscan a una imagen (un paisaje de mujer de da Vinci o de Picasso) en la mente.
Una casa sin los verbos del amar, sin siquiera algunos vocablos vivos y rutilantes, sin el opaco rumor de la tinta y el papel.
Como dije antes, es una casa muerta, un hogar en ruinas con los tejados volados, con los desvanes desterrados hacia un lejano horizonte que ya ni se ve.
Una casa demolida sobre el camposanto sin siquiera una cruz de piedra que marque su tumba.
Desconsolada casa que padeció todas sus muertes, sufrió, también, la neumonía tras los fríos muros del adiós; a esta casa sólo le queda aferrarse a la añoranza de los mártires, a los bosquejos míseros de una primavera que jamás llegará, nuevamente, a golpear su puerta.
Pero a veces, solamente a veces, revive por las noches y canta sin importarle el mal agüero y su ébano que le dejó una sombra agonizante sobre sus simientes.
Así esta casa, en algunas noches, canta la canción de las damas escarlatas y de los galantes caballeros granates (canta sus sueños febriles con su mortaja de pasión roja).
Una melodía que florece a los rosales que se murieron en la memoria; esta música, emitida por sus alcobas y su jardín, borra los tonos oscuros y grises de sus muros y del parquet, desempolva a los recuerdos y a su cofre de verdor perdido, y recobra el hechizo del lenguaje de los cuerpos para romper con su afligida mudez.
No estoy demente al decir que esa casa, en algunas noches, se reconstruye con la forma de un optimista madrigal que espanta con su antifaz de notas lilas a las ideas suicidas de los aposentos residentes. En esos momentos se hace una casa muy amena para mí estar, sólo en esos momentos, mi insomnio se viste de gala para intentar enamorar, una vez más, a la luna y sus lejanos besos.
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