Hace demasiado tiempo

Asklepios

Incinerando envidias
Hace demasiado tiempo ya que este cuerpo es incapaz de recordar la ternura propia de los abrazos, de los besos, ni la incontrolable respiración acelerada por el deseo. Tampoco el sudor carnal de apasionadas noches compartidas ni el calor que se intercambian los labios tiernos y ansiosos.

Este cuerpo, cada día más ajeno y lejano a este tipo de sucesos, busca compensación por todo ello allá donde puede y, como el lugar más cercano que tiene para ello es la mente, la memoria. Suele acudir a ella cuando quiere, haciendo entender que su necesidad es de una importancia vital, aunque jamás le ha importado lo más mínimo la situación, el momento, el estado de la mente que, normalmente, y por hacer la experiencia lo más breve posible, accede a sus caprichosas e infantiles peticiones de la única manera posible en la que esto se puede hacer: Recuperando recuerdos que el cuerpo transforma en sensaciones que lo recorren una y otra vez logrando tranquilizar su estado hasta la inevitable próxima vez.

Es éste un ciclo que tiene, solamente, dos soluciones. Una es que la memoria se deteriorara y que, desgraciadamente, no fuera capaz de recordar nada de nada. La otra sería que la vida, finalmente, abandonara al cuerpo.

Mientras este proceso tenga continuidad, lo lamentable es el precio que la vida ha de pagar por ello. Recuperar una gran parte de los recuerdos es algo, está claro, que no favorece en absoluto al devenir de la memoria. Pero tampoco favorece al cuerpo, pero… a éste parece darle igual. El cuerpo es mucho más egoísta y mucho más temerario que la memoria.
 
Hace demasiado tiempo ya que este cuerpo es incapaz de recordar la ternura propia de los abrazos, de los besos, ni la incontrolable respiración acelerada por el deseo. Tampoco el sudor carnal de apasionadas noches compartidas ni el calor que se intercambian los labios tiernos y ansiosos.

Este cuerpo, cada día más ajeno y lejano a este tipo de sucesos, busca compensación por todo ello allá donde puede y, como el lugar más cercano que tiene para ello es la mente, la memoria. Suele acudir a ella cuando quiere, haciendo entender que su necesidad es de una importancia vital, aunque jamás le ha importado lo más mínimo la situación, el momento, el estado de la mente que, normalmente, y por hacer la experiencia lo más breve posible, accede a sus caprichosas e infantiles peticiones de la única manera posible en la que esto se puede hacer: Recuperando recuerdos que el cuerpo transforma en sensaciones que lo recorren una y otra vez logrando tranquilizar su estado hasta la inevitable próxima vez.

Es éste un ciclo que tiene, solamente, dos soluciones. Una es que la memoria se deteriorara y que, desgraciadamente, no fuera capaz de recordar nada de nada. La otra sería que la vida, finalmente, abandonara al cuerpo.

Mientras este proceso tenga continuidad, lo lamentable es el precio que la vida ha de pagar por ello. Recuperar una gran parte de los recuerdos es algo, está claro, que no favorece en absoluto al devenir de la memoria. Pero tampoco favorece al cuerpo, pero… a éste parece darle igual. El cuerpo es mucho más egoísta y mucho más temerario que la memoria.


Curiosa la perspectiva que se le provoca al cuerpo como ser independiente de la mente. Me ha gustado mucho ese planteamiento. Felicidades por la entrega.

Saludos,

Palmira
 

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