José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
HASKY
Esta mañana vi a mi niña
mirando por la ventana.
Se asomaba, y corría un riesgo
que a mí me incomodaba.
Miraba hacia arriba,
de un lado a otro.
Hacia abajo.
Su inquietud
se apoderaba de mí.
Y no pude reprimir
un grito de alarma,
que me paró el corazón
y me encogió el alma.
La sujeté por los hombros
y al ver su cara desencajada
con un rictus de miedo,
me culpé y le pedí perdón
por mi falta de control.
Pero ella, me miró
con ojos de sorpresa
y sonrió,
con esa “carita de ángel”
que me inundó de ternura
y la visión me nubló.
Entonces me contó,
que tenía miedo
por Hasky,
su gatito persa
de pelaje blanco.
Que esa noche al acostarse
se metió con ella en su cama.
Y ahora al despertar
solo a visto su bola de lana.
"Abracé-la" entre mis brazos
achuchándola con el corazón.
"Senté-la" sobre mis rodillas
mientras una perla de sus ojos
resbalaba por su mejilla.
Y al caer sobre mi mano,
me abrasó el alma.
"Miré-la", como solo un abuelo
puede mirar a su niña,
con hipercarga de ternura,
y el corazón henchido
reflejo de su alma pura.
Todo mi afán
era consolar a mi nieta,
acercándole la luna
si así lo propusiera.
Entonces recordé
que esa noche Hasky
había salido de ronda
por los tejados.
Siempre que hay luna llena
queda con su amiga,
la gatita Selena.
Una gata persa,
que no tiene dueño,
es callejera,
y libre como un sueño.
Pero esta noche
Hasky no ha regresado
porque sigue esperando
a su amiga Selena.
De ahí no se moverá
mientras haya esperanza,
y sea noche de luna llena.
Esta mañana vi a mi niña
mirando por la ventana.
Se asomaba, y corría un riesgo
que a mí me incomodaba.
Miraba hacia arriba,
de un lado a otro.
Hacia abajo.
Su inquietud
se apoderaba de mí.
Y no pude reprimir
un grito de alarma,
que me paró el corazón
y me encogió el alma.
La sujeté por los hombros
y al ver su cara desencajada
con un rictus de miedo,
me culpé y le pedí perdón
por mi falta de control.
Pero ella, me miró
con ojos de sorpresa
y sonrió,
con esa “carita de ángel”
que me inundó de ternura
y la visión me nubló.
Entonces me contó,
que tenía miedo
por Hasky,
su gatito persa
de pelaje blanco.
Que esa noche al acostarse
se metió con ella en su cama.
Y ahora al despertar
solo a visto su bola de lana.
"Abracé-la" entre mis brazos
achuchándola con el corazón.
"Senté-la" sobre mis rodillas
mientras una perla de sus ojos
resbalaba por su mejilla.
Y al caer sobre mi mano,
me abrasó el alma.
"Miré-la", como solo un abuelo
puede mirar a su niña,
con hipercarga de ternura,
y el corazón henchido
reflejo de su alma pura.
Todo mi afán
era consolar a mi nieta,
acercándole la luna
si así lo propusiera.
Entonces recordé
que esa noche Hasky
había salido de ronda
por los tejados.
Siempre que hay luna llena
queda con su amiga,
la gatita Selena.
Una gata persa,
que no tiene dueño,
es callejera,
y libre como un sueño.
Pero esta noche
Hasky no ha regresado
porque sigue esperando
a su amiga Selena.
De ahí no se moverá
mientras haya esperanza,
y sea noche de luna llena.
José Ignacio Ayuso.