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Poeta recién llegado
Era viejo aquel hombre, más anciano que el tiempo mismo y eones había visto pasar con
lentitud. Era viejo y cansado y buscaba dejar de mirar. Sentado en su trono de sombras blancas,
se desplazaba por los cielos queriendo el alivio a tantas cosas vistas, a tantas cosas por ver. Ya no
quería ver.
Pero no era suya la elección, pues antes de que el tiempo fuera tiempo y antes de que el
hombre fuera hombre, se decretó que él estuviera ahí, sentado en su trono de sombras blancas,
que viera pasar las cosas y recordara. Pues esa era su labor. Recordar.
Se le llama Memoria, con nombre femenino, pues su ancianidad y su hombría no le
impiden ser mujer también. Porque así como él es Memoria, existe Olvido, su adversaria y rival
de quien escapa siempre, vagando los cielos en su trono albo, suave. Ahí va, guardando los
recuerdos de las cosas que van siendo y las que han de ser. Teniendo recuentos de recuerdos,
coleccionando instantes que van pasando para todos, menos para él. Luchando en su huida contra
ella, su adversaria, a quien le han encargado la tarea opuesta: desaparecer todo rastro, dar olvido.
A veces los hombres y las mujeres miran al cielo y el anciano los mira también, los ojos de
todos le roban recuerdos y entonces ellos recuerdan, alivian la carga de aquel que está encargado
de recordar. Se aparecen como sueños o ideas sueltas, pero son recuerdos robados a alguien que
debe atesorarlos. Quizá sea que se ha vuelto descuidado con la edad o que ya no le importa
cuidar más esos recuerdos. Atormentado por su peso, por tener que verlos repetirse, los deja que
se rieguen por la tierra y se claven en las miradas de los que miran al cielo. Porque también hay
ojos ni de hombres ni de mujeres que miran al cielo y ellos también roban recuerdos y entonces
recuerdan en cosas que parecen sueños o ideas sueltas.
- ¿Por qué te atormenta recordar, si para esto has sido y eres? -
- Visto mucho ya he, recuerdos se escapan, palabras se escapan pero quedo yo, solo -
- ¿Y tu labor? -
- Labor que no acompaña, vistas y visitas, rutas interminables, pero quedo yo, solo -
- Está aquella que te sigue, que te opone ¿Su hacer contrario no da compañía? -
- Ataca, destruye. Para luchar creados somos, no para amar. Y quedo yo, solo -
- ¿Por compañía vienes conmigo entonces? -
- Por alivio -
- Eso no es mío para darte -
- Pero sí lo que tú eres -
- Lo que soy y he sido, seré para ti cuando tu labor y el tiempo terminen -
- No. Ya no. Solo no quiero estar. -
- Repito. Y no gusto de repetir. No puedo ser para ti. No todavía. -
- Dirección a mi nube da, si no das lo que tú eres -
- Tu labor te atormenta, lo veo. Tu trono te cansa, lo siento. -
- Que no sepa ya, no dices nada -
- ¡Impaciente! Mi voz habla y la cortas -
- Paciencia no queda -
- Pues bien, entonces desanda el camino y busca a quien te combate -
- Quien soy no sabe, no recuerda, olvida -
- Sí. Y así, te dará lo que buscas, alivio, compañía -
- Olvido -
- No tengo nada que decirte, no hasta que tu labor y el tiempo terminen –
Era viejo aquel hombre, pero tan hermoso. Una mañana despertó en cama con una alegría
mansa, canosa, acariciable. Se restregó los ojos, cegado con la luz que entraba por la ventana.
Suspiró y sintió las últimas hebras de su sueño desvanecerse, con la misma lentitud con que se
veía disolverse una nube distante.
La enfermera había entrado ya, minutos antes de que despertara y sentada a su lado, no
había tenido corazón para despertarlo. Lucía tan hermoso dormido.
Se puso de pie al lado de su cama, inclinándose sobre él y sonriendo le preguntó.
- Hoy se le ve fantástico ¿Ha dormido bien? -
- Maravillosamente. He soñado -
- Cuénteme su sueño -
- Lo olvidé -
lentitud. Era viejo y cansado y buscaba dejar de mirar. Sentado en su trono de sombras blancas,
se desplazaba por los cielos queriendo el alivio a tantas cosas vistas, a tantas cosas por ver. Ya no
quería ver.
Pero no era suya la elección, pues antes de que el tiempo fuera tiempo y antes de que el
hombre fuera hombre, se decretó que él estuviera ahí, sentado en su trono de sombras blancas,
que viera pasar las cosas y recordara. Pues esa era su labor. Recordar.
Se le llama Memoria, con nombre femenino, pues su ancianidad y su hombría no le
impiden ser mujer también. Porque así como él es Memoria, existe Olvido, su adversaria y rival
de quien escapa siempre, vagando los cielos en su trono albo, suave. Ahí va, guardando los
recuerdos de las cosas que van siendo y las que han de ser. Teniendo recuentos de recuerdos,
coleccionando instantes que van pasando para todos, menos para él. Luchando en su huida contra
ella, su adversaria, a quien le han encargado la tarea opuesta: desaparecer todo rastro, dar olvido.
A veces los hombres y las mujeres miran al cielo y el anciano los mira también, los ojos de
todos le roban recuerdos y entonces ellos recuerdan, alivian la carga de aquel que está encargado
de recordar. Se aparecen como sueños o ideas sueltas, pero son recuerdos robados a alguien que
debe atesorarlos. Quizá sea que se ha vuelto descuidado con la edad o que ya no le importa
cuidar más esos recuerdos. Atormentado por su peso, por tener que verlos repetirse, los deja que
se rieguen por la tierra y se claven en las miradas de los que miran al cielo. Porque también hay
ojos ni de hombres ni de mujeres que miran al cielo y ellos también roban recuerdos y entonces
recuerdan en cosas que parecen sueños o ideas sueltas.
- ¿Por qué te atormenta recordar, si para esto has sido y eres? -
- Visto mucho ya he, recuerdos se escapan, palabras se escapan pero quedo yo, solo -
- ¿Y tu labor? -
- Labor que no acompaña, vistas y visitas, rutas interminables, pero quedo yo, solo -
- Está aquella que te sigue, que te opone ¿Su hacer contrario no da compañía? -
- Ataca, destruye. Para luchar creados somos, no para amar. Y quedo yo, solo -
- ¿Por compañía vienes conmigo entonces? -
- Por alivio -
- Eso no es mío para darte -
- Pero sí lo que tú eres -
- Lo que soy y he sido, seré para ti cuando tu labor y el tiempo terminen -
- No. Ya no. Solo no quiero estar. -
- Repito. Y no gusto de repetir. No puedo ser para ti. No todavía. -
- Dirección a mi nube da, si no das lo que tú eres -
- Tu labor te atormenta, lo veo. Tu trono te cansa, lo siento. -
- Que no sepa ya, no dices nada -
- ¡Impaciente! Mi voz habla y la cortas -
- Paciencia no queda -
- Pues bien, entonces desanda el camino y busca a quien te combate -
- Quien soy no sabe, no recuerda, olvida -
- Sí. Y así, te dará lo que buscas, alivio, compañía -
- Olvido -
- No tengo nada que decirte, no hasta que tu labor y el tiempo terminen –
Era viejo aquel hombre, pero tan hermoso. Una mañana despertó en cama con una alegría
mansa, canosa, acariciable. Se restregó los ojos, cegado con la luz que entraba por la ventana.
Suspiró y sintió las últimas hebras de su sueño desvanecerse, con la misma lentitud con que se
veía disolverse una nube distante.
La enfermera había entrado ya, minutos antes de que despertara y sentada a su lado, no
había tenido corazón para despertarlo. Lucía tan hermoso dormido.
Se puso de pie al lado de su cama, inclinándose sobre él y sonriendo le preguntó.
- Hoy se le ve fantástico ¿Ha dormido bien? -
- Maravillosamente. He soñado -
- Cuénteme su sueño -
- Lo olvidé -
Dedicado a Beautiful, portrait of the agreement between Death and the bearded man on the cloud. Pintura/escultura de Damien Hirst.