Solaribus
Poeta veterano en el portal
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(A la miel del iris de tu alma)
Proemio
Me he unido a la
congregación de todas las cosas,
a la Santa Unión
de todas las almas
y de toda la materia
para recolectar sonidos y palabras,
perfumes y texturas
para cantarle a tu mirada.
A esas ambarinas aves
volando eternas hacia el poniente
que son tus pupilas.
He permanecido en silencio
largo rato
como velando previamente
la oración de mi alma,
antes de fundirla al viento
y que te alcance,
para bordarla entre el horizonte
y este azul gamuzado
sembrado de estrellas.
Para sumarla a esta luna de mayo
que ha desatado, tímido,
su primer destello de plata.
Para iluminar con ella tu isla,
tu torre y llegarme hasta tus miedos
y así soltar las flores de tu voz
y perfumar la noche.
De su fulgor, robado al sol
atardeciendo en tu mar,
la Patria de los ángeles
te llega como herencia.
Y un retorno de luciérnagas antiguas
te regresa la sonrisa, la paz
y el amado silencio de la memoria
que viaja a través de los siglos.
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Himno
Que un vapor de luces,
como un canto de la tierra,
ascienda de entre el verde
hasta el infinito azimut
que te bendice y te bautiza.
Que el mar converja de coral
y que se estire
hasta la madre nebulosa
de anaranjado vuelo
en donde nacen los astros,
para que todo el cielo reconozca
a su Reina que regresa
con dactilar beso sobre
bosques y montañas.
Y la fauna vital
que anda y que respira
se someta al juicio de tus niñas
pues todo es ocelo
luego de tus ojos.
Y todo es incoloro
luego de tu espíritu.
Suspiro débilmente alcanzado
por la sangre.
Inverosímil mueca de un latido.
Un sueño oscuro de corto reparo.
Que esta canción acunada de miel
que destila del iris de tu alma
fecunde la tierra nuevamente
soberana de tiempo y de espacio.
Meridiana de colores,
estallada de alondras,
vencedora de lobos,
pacificada de lavandas,
perfumada de sonrisas.
Y que el ángel matutino
subido a tus pestañas
apague los luceros
que sirvieron de guía
en las horas oscuras.
Y que se acaben los siglos
de una vez y para siempre
y que no importen ya las cosas,
su milenario cansancio.
Y la muerte esté perdida
acobardada de cobalto.
Y herida por un gozo
de sempiterna ternura
la Creación entera de futuro y de pasado
se marche infinita de presente
a vivir, dentro de ellos,
enamorada de tus ojos.
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