Historia de un lavabo-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Y tras esas paredes, el humo,

levantado como una fortificación impávida

y monstruosa, que ya adelantaba el futuro

exacto de algunos; como un tótem al que había

que adorar, el lavabo quedaba suspendido dentro

de ese aura magnética de papeles puestos a secar

y gestos sombríos. El baño, sí, era lugar para besar,

realizar tocamientos ocultos, o brindar a la epifanía

sexual, sus comienzos impúdicos. Yo entraba siempre,

galante y ofendido, a sus territorios por adiestrar: ni el

silbato del profesor, instaurando un tiempo distinto

al recreo, ni siquiera el cesar del griterío propio

de los chiquillos allí reunidos,

modificaba esa sensación del lavabo inútil y transgresor,

del humo tóxico, indiscreto y antiservicial.

Qué poco duró aquel tiempo, secreto y compungido,

revolucionario y monótono a la par! Nos fuimos instalando

en la mediocridad inevitable que, como niebla,

nos situó, a cada uno, como dios mandaba, en su lugar.



©
 
Y tras esas paredes, el humo,

levantado como una fortificación impávida

y monstruosa, que ya adelantaba el futuro

exacto de algunos; como un tótem al que había

que adorar, el lavabo quedaba suspendido dentro

de ese aura magnética de papeles puestos a secar

y gestos sombríos. El baño, sí, era lugar para besar,

realizar tocamientos ocultos, o brindar a la epifanía

sexual, sus comienzos impúdicos. Yo entraba siempre,

galante y ofendido, a sus territorios por adiestrar: ni el

silbato del profesor, instaurando un tiempo distinto

al recreo, ni siquiera el cesar del griterío propio

de los chiquillos allí reunidos,

modificaba esa sensación del lavabo inútil y transgresor,

del humo tóxico, indiscreto y antiservicial.

Qué poco duró aquel tiempo, secreto y compungido,

revolucionario y monótono a la par! Nos fuimos instalando

en la mediocridad inevitable que, como niebla,

nos situó, a cada uno, como dios mandaba, en su lugar.



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Gracias por tus letras.
 
Y tras esas paredes, el humo,

levantado como una fortificación impávida

y monstruosa, que ya adelantaba el futuro

exacto de algunos; como un tótem al que había

que adorar, el lavabo quedaba suspendido dentro

de ese aura magnética de papeles puestos a secar

y gestos sombríos. El baño, sí, era lugar para besar,

realizar tocamientos ocultos, o brindar a la epifanía

sexual, sus comienzos impúdicos. Yo entraba siempre,

galante y ofendido, a sus territorios por adiestrar: ni el

silbato del profesor, instaurando un tiempo distinto

al recreo, ni siquiera el cesar del griterío propio

de los chiquillos allí reunidos,

modificaba esa sensación del lavabo inútil y transgresor,

del humo tóxico, indiscreto y antiservicial.

Qué poco duró aquel tiempo, secreto y compungido,

revolucionario y monótono a la par! Nos fuimos instalando

en la mediocridad inevitable que, como niebla,

nos situó, a cada uno, como dios mandaba, en su lugar.



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Bastante hormonal pero impensado para estos tiempos que corren.
Un abrazo, BEN.
 

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