Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Otros hombres tendrán sed mañana, y yo seré entonces la piedra del camino primero de borde agudo y después romo. Bajo la rueda de quien invente la rueda, el fango que no tiene tiempo me cubrirá en lo profundo después de las lluvias. Sol, agua y ciclos con la pura tristeza de un devenir, no habrá puentes que acorten distancias, ni lacayos de color sepia y obsecuentes. Será la extraña sensación de sentirse humano en el recuerdo y en los tendones doblegados; de alojar, en cada recodo de la historia y el cuerpo, un llamador de puerta de bronce timpánico con forma de puño que golpea. Quizás nadie barrerá el polvo ni recopilará letras cargadas como armas; muchos acariciarán con ternura el olvido; y los días se sucederán como amapolas que florecen sin memoria. Queda el hoy y la antigua invención de la ballesta con el deber de su tirantez, sus flechas de dos puntas son el carbón que traza líneas en el cielo, y escribe un nombre, un insulto, una dedicatoria, un canto breve de un pájaro llamando a otro pájaro con su lenguaje indescifrable.