Abel García
Poeta recién llegado
El orgullo, el padre y fundador, reina en otro capitulo de la humanidad, oscuro;
pero fruto de una luz eclipsante. Éste, es el capitulo donde se le mostrará al humano,
lo que es el humano...
Si este asume como un reto a superar, crecerá; y verá en sí:
Su naturaleza descuidada, su corazón roto, su miedo a vivir,
su triste comodidad, su sumisión y su juicio injusto...
su razón dormida, su presencia vana, su coraje amedrentado.
su pasión seca; verá, su frío rencor, su alma agria, su pena;
su mentira descuida, su prepotencia escéptica y
su sometimiento; su decepción y su arrepentida falta de control...
si todo esto prevalece... Se cerrará el libro humano para no volverse abrir.
Nuestro orgullo actual, es el de un rostro robótico,
la diamantina y el mercurio sobre zafiro y nácar.
Nuestro orgullo siempre avergonzado, por el capital y la fusta.
Hoy, el orgullo es un viejo rencor amansado, una rabia exhausta de existir.
Es como un viejo aburrido, mascando la savia de toda la vida:
a nuestra simbólica madre,
a la sabiduría inspirada de la musas
o a cualquier armonía pacificadora...
Simplemente, nuestro orgullo,
devora la naturaleza en todo su contenido.
pero fruto de una luz eclipsante. Éste, es el capitulo donde se le mostrará al humano,
lo que es el humano...
Si este asume como un reto a superar, crecerá; y verá en sí:
Su naturaleza descuidada, su corazón roto, su miedo a vivir,
su triste comodidad, su sumisión y su juicio injusto...
su razón dormida, su presencia vana, su coraje amedrentado.
su pasión seca; verá, su frío rencor, su alma agria, su pena;
su mentira descuida, su prepotencia escéptica y
su sometimiento; su decepción y su arrepentida falta de control...
si todo esto prevalece... Se cerrará el libro humano para no volverse abrir.
Nuestro orgullo actual, es el de un rostro robótico,
la diamantina y el mercurio sobre zafiro y nácar.
Nuestro orgullo siempre avergonzado, por el capital y la fusta.
Hoy, el orgullo es un viejo rencor amansado, una rabia exhausta de existir.
Es como un viejo aburrido, mascando la savia de toda la vida:
a nuestra simbólica madre,
a la sabiduría inspirada de la musas
o a cualquier armonía pacificadora...
Simplemente, nuestro orgullo,
devora la naturaleza en todo su contenido.