Humberto, el fumador

Évano

Libre, sin dioses.
Humberto, el fumador


Humberto llevaba tres horas sin fumar, había decidido dejarlo, pero al acostarse, un espíritu raro se le presentó y le arrojó un hechizo: A partir de mañana tendrás que tener siempre un cigarrillo encendido en tu boca; si se te llegara a apagar, morirás jajajá, le dijo.

Humberto no pudo pegar ojo en toda la noche. Se levantó al alba sudoroso y temblando. Fue hasta una gasolinera donde vendían tabaco y lo que hiciera falta. Compró un montón de paquetes y fumó todo el día. Estaba encantado.

El problema le vino al anochecer, al pensar que no podría dormir y fumar a la misma vez. Caviló y caviló en pos de una solución. Compraría papel de liar y pegaría unos con otros hasta formar una especie de porro de varios metros de largo. Hubo de abrir la ventana, por donde sobresalía el inmenso cigarrillo. Este relucía en la oscuridad y era visible desde cualquier punto del barrio.

Pronto tuvo a toda la chavalería y jóvenes bajo su vivienda. Lo vitoreaban y alababan mientras bebían toda clase de licores y se hinchaban a porros. Eres nuestro héroe, decían unos. ¡Menudos porros que te fumas, colgao!, gritaban otros. ¡Déjanos entrar, jefe!, exigían casi todos.

Como de todas maneras no descansaba tranquilo, Humberto decidió dejarlos entrar a su piso. Los bacanales y las fiestas duraban semanas enteras. Y pasó lo que tenía que pasar: unas orgías de cuidado, unas borracheras enormes, unos porros con los que flipaban casi todo un barrio que se había hecho fiestero y nocturno.

Al final acabaron todos los habitantes en la vivienda y alrededores, en unas fiestas que juntaban los días con las noches.

Tal escándalo llegó a oídos de los poderes públicos y eclesiásticos de la provincia. Estos mandaron a las fuerzas, curiosamente, también públicas. Policías con escudos, gases lacrimógenos y porras, acompañados de clérigos de sotanas y calvas coronillas, lograron, con muchísima dificultad, separar a tanta gente copulando y unida por todos lados; gente de grandes ojeras y tan risueños que se partían el culo mientras los inflaban a palos.

El orden ganó esta batalla curiosa, con lo cual la gente se fue a sus casas y Humberto hubo de liarse cigarros más pequeños, por lo que tenía que despertarse cada dos horas. Así iba descansando.

El problema mayor vino cuando dieron a luz a la vez la mayoría de las mujeres del barrio. Millares de ellas reclamaban a cualquiera un sueldo para mantener al hijo que estaba a punto de nacer. A ti no te visto en mi vida, decían algunos a la mujer que los señalaba como padres. ¡Cómo que no me has visto en tu vida si soy tu vecina, mamón!, exclamaban estas, y encima enfadadas. No se salvaron ni los gais de ser señalados.

La gente del barrio, al ver que unos se hacían los locos para no pagar pensiones, y otras se enfadaban mucho, decidieron solucionar tan curioso problema: los hijos serían de todos, así que hiciesen lo que quisieran y viviesen con quienes les diera la gana.

Humberto seguía fumando con su ventana abierta mientras veía crecer, año tras años, a los niños del barrio. Al final, como es lógico, los niños crecieron y se hicieron adolescentes. Todos fumaban y bebían y no paraban de copular con el primero o la primera que pillaran. No tenían cultura, les importaba todo un bledo y adoraban a su líder Humberto.

Los poderes provinciales pasaron el problema de ese dichoso barrio al Gobierno Central, el cual tampoco pudo hacer nada por restablecer a esa gentuza, como les llamaban. En una votación mayoritaria aprobaron la independencia de ese pueblo, ahora un diminuto país. A ellos les daba igual, y no tenían embajadas ni ejército ni vergüenza, pero a los sinvergüenzas de todo el mundo les cayeron simpáticos e iban allí de fiesta, gastando un montón de dinero en chicas que nunca habían querido cobrar, pero ya que pagaban...

Tanto les gustó ese pequeño país que muchos se establecieron en él, y con ellos, sus empresas.

Con los años, Humberto seguía fumando con su ventana abierta, desde la cual veía enormes rascacielos lujosísimos; millares de luces de neón y a la gente paseando, entrando y saliendo de casinos, burdeles, restaurantes... Gentes que encendían sus carísimos puros y cigarrillos con billetes de quinientos euros.

Crecieron tanto con el tiempo que compraban casi toda la deuda de los países de mundo. Abrieron sucursales por toda la Tierra, incluso una en el Vaticano. Eran los dueños del mundo.

Humberto ya estaba un poco flojucho después de no parar de fumar en cincuenta años, por lo que se decidió a que esta noche sería la última, dejaría que se consumiera y apagara el cigarrillo. Así lo hizo.

El espíritu se le presentó y le dijo: ¡Joder, la que has liao jajaja...! ¡Anda, vente conmigo que eres un tío grande! Te voy a llevar al Cielo, verás como no te gusta jajaja... Ten, ¿quieres un cigarrillo? Pues venga ese cigarrillo jajaja...
 
Évano;5072224 dijo:
Humberto, el fumador


Humberto llevaba tres horas sin fumar, había decidido dejarlo, pero al acostarse, un espíritu raro se le presentó y le arrojó un hechizo: A partir de mañana tendrás que tener siempre un cigarrillo encendido en tu boca; si se te llegara a apagar, morirás jajajá, le dijo.

Humberto no pudo pegar ojo en toda la noche. Se levantó al alba sudoroso y temblando. Fue hasta una gasolinera donde vendían tabaco y lo que hiciera falta. Compró un montón de paquetes y fumó todo el día. Estaba encantado.

El problema le vino al anochecer, al pensar que no podría dormir y fumar a la misma vez. Caviló y caviló en pos de una solución. Compraría papel de liar y pegaría unos con otros hasta formar una especie de porro de varios metros de largo. Hubo de abrir la ventana, por donde sobresalía el inmenso cigarrillo. Este relucía en la oscuridad y era visible desde cualquier punto del barrio.

Pronto tuvo a toda la chavalería y jóvenes bajo su vivienda. Lo vitoreaban y alababan mientras bebían toda clase de licores y se hinchaban a porros. Eres nuestro héroe, decían unos. ¡Menudos porros que te fumas, colgao!, gritaban otros. ¡Déjanos entrar, jefe!, exigían casi todos.

Como de todas maneras no descansaba tranquilo, Humberto decidió dejarlos entrar a su piso. Los bacanales y las fiestas duraban semanas enteras. Y pasó lo que tenía que pasar: unas orgías de cuidado, unas borracheras enormes, unos porros con los que flipaban casi todo un barrio que se había hecho fiestero y nocturno.

Al final acabaron todos los habitantes en la vivienda y alrededores, en unas fiestas que juntaban los días con las noches.

Tal escándalo llegó a oídos de los poderes públicos y eclesiásticos de la provincia. Estos mandaron a las fuerzas, curiosamente, también públicas. Policías con escudos, gases lacrimógenos y porras, acompañados de clérigos de sotanas y calvas coronillas, lograron, con muchísima dificultad, separar a tanta gente copulando y unida por todos lados; gente de grandes ojeras y tan risueños que se partían el culo mientras los inflaban a palos.

El orden ganó esta batalla curiosa, con lo cual la gente se fue a sus casas y Humberto hubo de liarse cigarros más pequeños, por lo que tenía que despertarse cada dos horas. Así iba descansando.

El problema mayor vino cuando dieron a luz a la vez la mayoría de las mujeres del barrio. Millares de ellas reclamaban a cualquiera un sueldo para mantener al hijo que estaba a punto de nacer. A ti no te visto en mi vida, decían algunos a la mujer que los señalaba como padres. ¡Cómo que no me has visto en tu vida si soy tu vecina, mamón!, exclamaban estas, y encima enfadadas. No se salvaron ni los gais de ser señalados.

La gente del barrio, al ver que unos se hacían los locos para no pagar pensiones, y otras se enfadaban mucho, decidieron solucionar tan curioso problema: los hijos serían de todos, así que hiciesen lo que quisieran y viviesen con quienes les diera la gana.

Humberto seguía fumando con su ventana abierta mientras veía crecer, año tras años, a los niños del barrio. Al final, como es lógico, los niños crecieron y se hicieron adolescentes. Todos fumaban y bebían y no paraban de copular con el primero o la primera que pillaran. No tenían cultura, les importaba todo un bledo y adoraban a su líder Humberto.

Los poderes provinciales pasaron el problema de ese dichoso barrio al Gobierno Central, el cual tampoco pudo hacer nada por restablecer a esa gentuza, como les llamaban. En una votación mayoritaria aprobaron la independencia de ese pueblo, ahora un diminuto país. A ellos les daba igual, y no tenían embajadas ni ejército ni vergüenza, pero a los sinvergüenzas de todo el mundo les cayeron simpáticos e iban allí de fiesta, gastando un montón de dinero en chicas que nunca habían querido cobrar, pero ya que pagaban...

Tanto les gustó ese pequeño país que muchos se establecieron en él, y con ellos, sus empresas.

Con los años, Humberto seguía fumando con su ventana abierta, desde la cual veía enormes rascacielos lujosísimos; millares de luces de neón y a la gente paseando, entrando y saliendo de casinos, burdeles, restaurantes... Gentes que encendían sus carísimos puros y cigarrillos con billetes de quinientos euros.

Crecieron tanto con el tiempo que compraban casi toda la deuda de los países de mundo. Abrieron sucursales por toda la Tierra, incluso una en el Vaticano. Eran los dueños del mundo.

Humberto ya estaba un poco flojucho después de no parar de fumar en cincuenta años, por lo que se decidió a que esta noche sería la última, dejaría que se consumiera y apagara el cigarrillo. Así lo hizo.

El espíritu se le presentó y le dijo: ¡Joder, la que has liao jajaja...! ¡Anda, vente conmigo que eres un tío grande! Te voy a llevar al Cielo, verás como no te gusta jajaja... Ten, ¿quieres un cigarrillo? Pues venga ese cigarrillo jajaja...

la habilidad narrativa que tienes sumerge en la lectura de lado a lado, es muy recreativo leer estos temas de gran arte lírico, que bueno que pueda leerte y así enriquecer mi entorno poético, gracias

felicitaciones y abrazos
 
Última edición:
pues yo también quiero soy fumadora, pero lo hago en momento quizá surrealistas, abrazos
Évano;5072224 dijo:
Humberto, el fumador


Humberto llevaba tres horas sin fumar, había decidido dejarlo, pero al acostarse, un espíritu raro se le presentó y le arrojó un hechizo: A partir de mañana tendrás que tener siempre un cigarrillo encendido en tu boca; si se te llegara a apagar, morirás jajajá, le dijo.

Humberto no pudo pegar ojo en toda la noche. Se levantó al alba sudoroso y temblando. Fue hasta una gasolinera donde vendían tabaco y lo que hiciera falta. Compró un montón de paquetes y fumó todo el día. Estaba encantado.

El problema le vino al anochecer, al pensar que no podría dormir y fumar a la misma vez. Caviló y caviló en pos de una solución. Compraría papel de liar y pegaría unos con otros hasta formar una especie de porro de varios metros de largo. Hubo de abrir la ventana, por donde sobresalía el inmenso cigarrillo. Este relucía en la oscuridad y era visible desde cualquier punto del barrio.

Pronto tuvo a toda la chavalería y jóvenes bajo su vivienda. Lo vitoreaban y alababan mientras bebían toda clase de licores y se hinchaban a porros. Eres nuestro héroe, decían unos. ¡Menudos porros que te fumas, colgao!, gritaban otros. ¡Déjanos entrar, jefe!, exigían casi todos.

Como de todas maneras no descansaba tranquilo, Humberto decidió dejarlos entrar a su piso. Los bacanales y las fiestas duraban semanas enteras. Y pasó lo que tenía que pasar: unas orgías de cuidado, unas borracheras enormes, unos porros con los que flipaban casi todo un barrio que se había hecho fiestero y nocturno.

Al final acabaron todos los habitantes en la vivienda y alrededores, en unas fiestas que juntaban los días con las noches.

Tal escándalo llegó a oídos de los poderes públicos y eclesiásticos de la provincia. Estos mandaron a las fuerzas, curiosamente, también públicas. Policías con escudos, gases lacrimógenos y porras, acompañados de clérigos de sotanas y calvas coronillas, lograron, con muchísima dificultad, separar a tanta gente copulando y unida por todos lados; gente de grandes ojeras y tan risueños que se partían el culo mientras los inflaban a palos.

El orden ganó esta batalla curiosa, con lo cual la gente se fue a sus casas y Humberto hubo de liarse cigarros más pequeños, por lo que tenía que despertarse cada dos horas. Así iba descansando.

El problema mayor vino cuando dieron a luz a la vez la mayoría de las mujeres del barrio. Millares de ellas reclamaban a cualquiera un sueldo para mantener al hijo que estaba a punto de nacer. A ti no te visto en mi vida, decían algunos a la mujer que los señalaba como padres. ¡Cómo que no me has visto en tu vida si soy tu vecina, mamón!, exclamaban estas, y encima enfadadas. No se salvaron ni los gais de ser señalados.

La gente del barrio, al ver que unos se hacían los locos para no pagar pensiones, y otras se enfadaban mucho, decidieron solucionar tan curioso problema: los hijos serían de todos, así que hiciesen lo que quisieran y viviesen con quienes les diera la gana.

Humberto seguía fumando con su ventana abierta mientras veía crecer, año tras años, a los niños del barrio. Al final, como es lógico, los niños crecieron y se hicieron adolescentes. Todos fumaban y bebían y no paraban de copular con el primero o la primera que pillaran. No tenían cultura, les importaba todo un bledo y adoraban a su líder Humberto.

Los poderes provinciales pasaron el problema de ese dichoso barrio al Gobierno Central, el cual tampoco pudo hacer nada por restablecer a esa gentuza, como les llamaban. En una votación mayoritaria aprobaron la independencia de ese pueblo, ahora un diminuto país. A ellos les daba igual, y no tenían embajadas ni ejército ni vergüenza, pero a los sinvergüenzas de todo el mundo les cayeron simpáticos e iban allí de fiesta, gastando un montón de dinero en chicas que nunca habían querido cobrar, pero ya que pagaban...

Tanto les gustó ese pequeño país que muchos se establecieron en él, y con ellos, sus empresas.

Con los años, Humberto seguía fumando con su ventana abierta, desde la cual veía enormes rascacielos lujosísimos; millares de luces de neón y a la gente paseando, entrando y saliendo de casinos, burdeles, restaurantes... Gentes que encendían sus carísimos puros y cigarrillos con billetes de quinientos euros.

Crecieron tanto con el tiempo que compraban casi toda la deuda de los países de mundo. Abrieron sucursales por toda la Tierra, incluso una en el Vaticano. Eran los dueños del mundo.

Humberto ya estaba un poco flojucho después de no parar de fumar en cincuenta años, por lo que se decidió a que esta noche sería la última, dejaría que se consumiera y apagara el cigarrillo. Así lo hizo.

El espíritu se le presentó y le dijo: ¡Joder, la que has liao jajaja...! ¡Anda, vente conmigo que eres un tío grande! Te voy a llevar al Cielo, verás como no te gusta jajaja... Ten, ¿quieres un cigarrillo? Pues venga ese cigarrillo jajaja...
 
jajajjajajajaja Yo quiero un espíritu para excusarme!! jajaja

Qué risa, cómo se te ocurren estas cosas... ¿Tabaco rubio eh? Habrá que probarlo. jajajaja
 
[FONT=&quot]Hasta cuando se muere ese Norberto sigue fumando…
[FONT=&quot]Por casualidad en la vida real no se llamara Daniel.
[FONT=&quot]Bueno, no me quiero morir por el tabaco, pero sé que por lo menos cuando lo haga, llegare al cielo, jajaja
[FONT=&quot]Una prosa innovadora 100 por 100, que creatividad…
[FONT=&quot]Un abrazo.
 
Desde luego tu imaginación es impresionante!!,la que puede liar un cigarrillo y un espíritu con muy mala uva.
Me pareció muy original y muy bien expuesto,me gustó.
Un beso.
 

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