Rosa de la Aurora
Poeta que considera el portal su segunda casa
INCITANTE
Sus manos gallardas, sudorosas y varoniles, acariciaban y presionaban suavemente los pezones duros, aterciopelados y aún jóvenes, que incitaban a ser lamidos y mordisqueados con deseo. Mientras, arremetían con fuerza entre alaridos y el sofocante calor dejaba caer las gotas de sudor por su desnuda espalda.
Las tres muchachas, aturdidas y azoradas, seguían con asombro los rápidos movimientos de los dedos del hombre; palpaba con suavidad y pasaba de una mano a otra los turgentes y exquisitos frutos.
La carreta seguía en el río con los duraznos de su carga madurando rápidamente al sol, y ellas, con ambas manos, ayudándole a sacarla de allí. ¡Sin duda, se había atorado con la crecida!
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