Introducción a la dialéctica

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
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Sencillamente no supe pedir perdón ni perdonar.
No es ninguna moraleja.
Ni siquiera una ambigüedad.
El perdón no está conmigo las 24 horas del día.
Cuando me afeito o me lavo los dientes, no estoy compartiendo mi rutina con él.
Cuando me informé de toda esa gente que era "capaz" de pedir perdón:
Pensé que primero se habrían pedido a sí mismo explicaciones.
Que no eran quien para dejar de arrepentirse sin la necesidad de tal perdón.
Que el amor es el que menos perdona.

Y me dije:
Las personas no están ya para cuentos chinos, Ricardo.
No siguen tu ejemplo en el sentido que quieras darle.

Pero:
Habiendo experimentado esa denigrante idea de no creer en nada,
convendría expandir lo que ambos entendemos por conciencia.
No te hablo de las tablas de Moisés.
Lo que en realidad venía a decirte es que tú ya tienes la vida resuelta.
Ya no sufres en soledad, y ahora ves las cosas con más perspectiva.
Ahora, que nadie tiene la facultad de perdonar, te preguntas:

¿Qué habrá sucedido para que en algún momento de debilidad te cuestionases todo, de arriba a abajo?
¿Porque nunca dices lo que quieres decir?
Hablas de perdón, lo conviertes en poema, y luego te largas, despreocupado.
La cosa no va contigo.
Piensas:
¿Qué me falta por escribir, llegados a este punto?
Y cierras, en definitiva, otro capítulo, otra de tus medias verdades.
Para ello te amparas en que no puedes cambiar el mundo.
Porque la puta poesía te cobra en vísceras, y de eso nadie se alimenta.
 
Última edición:
Intimistas tus letras con un gran cuestionamiento que las sustenta, el perdón
en si es ciertamente algo muy subjetivo, pero lo de las letras lo apoyo, aunque
sea tan gratificante para el espíritu. Gracias por compartirnos tan interesantes
reflexiones. Besitos apretados en tus mejillas.
 

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