introito para un debate

rey cruz

Poeta recién llegado
A nombre de Pitágoras intento

hallar en cada trazo una evidencia,
El Ángel Celador, la referencia,
el don de la palabra, un argumento.

Escribo encadenado al pensamiento
desde la inmediatez. Toda experiencia
–apártate, Platón – rige la esencia
que oculta el cavernario testamento.

Diviso en la penumbra una silueta.
Escucho a Nostradamus. Lo divino
no escapa a los rigores de un esteta.

Tiresias le recuerda al peregrino:
El Ángel Celador está en la meta,
y nuestro testimonio en el camino.

La poesía tiene su inmanencia en las sensaciones del ser humano, y las palabras sólo pretenden traducir esas sensaciones percibidas a travlís de los órganos de los sentidos. Cualquier intento de escritura o de recitación constituye un artificio necesario para expresar ideas. De cada poema un lector hace su propio poema dependiendo de sus propias experiencias. La rima, la métrica y el ritmo son herencias de la oralidad, recursos expresivos del mismo modo que las llamadas figuras del pensamiento; la metáfora, el símil, la sinonimia, el hipérbaton, la prosopopeya, etc. Esos recursos son válidos tanto para la retórica como para la dialógica. Sin embargo, la poesía es promovida por determinados resortes espirituales, una necesidad de decir, no de cualquier manera, sino a la manera en que el poeta asume la poesía como una actitud ante la vida. Resulta fundamental la información teórica a travlís de la historia de la lírica y determinar su esencia formulada ya por Aristóteles.

Los sentimientos y las ideas tienen su autenticidad en cada persona, pero la profundidad está determinada por el conocimiento. Importante es la comunicación con el prójimo, ya sea a través de la literatura, la pintura, la música o cualquier manifestación artística. Dicha comunicación no siempre se da de forma implícita. Una obra de arte se aprende a interpretar y el artista a concebirla. Así la poesía también se aprende a leer como el poeta a escribirla. No obstante, el artificio no sustituye la necesidad de la expresión. Esta no busca complacencia en los lectores. Ellos tratarán de hallar su propia complacencia. Recuerden la Carta a un joven poeta, de Rainer María Rilke: “Pregúntese en la hora mas callada de la noche: ¿debo escribir?”
 

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