viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tengo Una palabra en mis labios
Y en mis manos una caricia,
en la conciencia unos secretos,
en los pies, prisa endiablada.
Tienen mis brazos escarcha
buscando abrigarse en un cuerpo.
La piel de árbol viejo
con sed de verde pasado.
Tengo dos milagros creciendo,
y unos sueños medio muertos,
una canción en mi oído
que silbo sin entenderla.
Tienen mis ojos costumbre
de mirar lo que no deben,
y una gallardanería más propia
de una envergadura distinta.
Tengo un silencio guardado
para cuando tenga que abstenerme,
que siempre asoma su cabeza
delatando su presencia.
Tienen mis venas un río
caudaloso de sangre caliente,
lleno de los desperdicios
que el colesterol deposita.
Tengo un miedo terrible,
una ilusión tremenda,
y una duda razonable
de que lo mío sea razonar.
Y miro bajo las suelas
de mis viejos y anchos zapatos,
qué tristeza, cuando descubro
que pisé otra vez ser feliz.
Me desprendo del reloj
que hace siglos que se atrasa,
y me reciclo en el espejo
con arrugas recién nacidas.
Y vuelvo a contabilizarme,
uno por uno, a mí mismo.
¡Qué extraño que me equivoque,
siempre contando de más!
Y en mis manos una caricia,
en la conciencia unos secretos,
en los pies, prisa endiablada.
Tienen mis brazos escarcha
buscando abrigarse en un cuerpo.
La piel de árbol viejo
con sed de verde pasado.
Tengo dos milagros creciendo,
y unos sueños medio muertos,
una canción en mi oído
que silbo sin entenderla.
Tienen mis ojos costumbre
de mirar lo que no deben,
y una gallardanería más propia
de una envergadura distinta.
Tengo un silencio guardado
para cuando tenga que abstenerme,
que siempre asoma su cabeza
delatando su presencia.
Tienen mis venas un río
caudaloso de sangre caliente,
lleno de los desperdicios
que el colesterol deposita.
Tengo un miedo terrible,
una ilusión tremenda,
y una duda razonable
de que lo mío sea razonar.
Y miro bajo las suelas
de mis viejos y anchos zapatos,
qué tristeza, cuando descubro
que pisé otra vez ser feliz.
Me desprendo del reloj
que hace siglos que se atrasa,
y me reciclo en el espejo
con arrugas recién nacidas.
Y vuelvo a contabilizarme,
uno por uno, a mí mismo.
¡Qué extraño que me equivoque,
siempre contando de más!