Jacinto y su mundo

Atyra

Poeta recién llegado
Voy a contar una historia que me contaron de niño. Sobre un sobre color sepia y una hoja de armiño.
En un colegio de internos, donde el bullicio engordaba las horas que se alimentan y las literas callaban, se encontraba un tal Jacinto, siempre raro, y solo estaba.
Lleva allí desde los cinco y ahora nueve; le separan. ¡Son tantos años oliendo esas mismas madrugadas! Hablaba solo en silencio, sin articular palabra, acallando las inquietudes y escondido tras la cama, siendo invisible el espejo donde otros le miraban.
—Es la estatua solitaria de una alquimia, flor quebrada—
Sintió la necesidad Jacinto de encontrar un alma errada que se uniera a su rareza, tal como un padre a un hijo amara. Encontró en el suelo oscuro una hoja desgarrada, sucia de tierra y de tinta, cuya belleza ocultaba. Se quedó mirando un rato, sin saber si bien tocarla o dejarla allí tirada para que otros la odiaran.
Una gota desde el cielo borró una nimia palabra, y Jacinto sucumbió a acercarse a examinarla.
¡Qué ternura fue tocar la blancura de esa estampa! Con el puño del blusón le secó aquella mancha. Observó que embelleció, como el blanco de una enagua, y se convirtió al momento en una armiña hoja de almohada. Todas las noches la mima, con dos o tres bocanadas, prometiendo amor eterno mientras le arrulla, callada.
Siente que pasa frío, pues el invierno se estanca, y en la mesa del maestro, tras una estatua quebrada, un sobre de piel de estraza sobresale de una caja. Al mirar a ambos lados y no ver a la nada, sustrajo de aquel escondite una cuartilla plegada.
Tenía un olor a inocencia aquella hoja doblada, con solapa a ambos lados y apertura en sus entrañas. Pateó un balón en el patio, disimulando su hazaña, y se dirigió a su cama para acariciar la almohada.
Hay sonrisa en esos labios que ahora lucen complacientes, como el alba, los caminos y ese espejo que no miente.
Va Jacinto muy orgulloso paseando su rareza; sus amigos son un sobre y una hoja blanca, quieta.
Esta historia la he escuchado tantos años de trinchera, y Jacinto, que es mi padre, ahora a sus nietos la cuenta.
 
Voy a contar una historia que me contaron de niño. Sobre un sobre color sepia y una hoja de armiño.
En un colegio de internos, donde el bullicio engordaba las horas que se alimentan y las literas callaban, se encontraba un tal Jacinto, siempre raro, y solo estaba.
Lleva allí desde los cinco y ahora nueve; le separan. ¡Son tantos años oliendo esas mismas madrugadas! Hablaba solo en silencio, sin articular palabra, acallando las inquietudes y escondido tras la cama, siendo invisible el espejo donde otros le miraban.
—Es la estatua solitaria de una alquimia, flor quebrada—
Sintió la necesidad Jacinto de encontrar un alma errada que se uniera a su rareza, tal como un padre a un hijo amara. Encontró en el suelo oscuro una hoja desgarrada, sucia de tierra y de tinta, cuya belleza ocultaba. Se quedó mirando un rato, sin saber si bien tocarla o dejarla allí tirada para que otros la odiaran.
Una gota desde el cielo borró una nimia palabra, y Jacinto sucumbió a acercarse a examinarla.
¡Qué ternura fue tocar la blancura de esa estampa! Con el puño del blusón le secó aquella mancha. Observó que embelleció, como el blanco de una enagua, y se convirtió al momento en una armiña hoja de almohada. Todas las noches la mima, con dos o tres bocanadas, prometiendo amor eterno mientras le arrulla, callada.
Siente que pasa frío, pues el invierno se estanca, y en la mesa del maestro, tras una estatua quebrada, un sobre de piel de estraza sobresale de una caja. Al mirar a ambos lados y no ver a la nada, sustrajo de aquel escondite una cuartilla plegada.
Tenía un olor a inocencia aquella hoja doblada, con solapa a ambos lados y apertura en sus entrañas. Pateó un balón en el patio, disimulando su hazaña, y se dirigió a su cama para acariciar la almohada.
Hay sonrisa en esos labios que ahora lucen complacientes, como el alba, los caminos y ese espejo que no miente.
Va Jacinto muy orgulloso paseando su rareza; sus amigos son un sobre y una hoja blanca, quieta.
Esta historia la he escuchado tantos años de trinchera, y Jacinto, que es mi padre, ahora a sus nietos la cuenta.
Me ha gustado como ha proyectado su historia.

Saludos
 

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