Felipe Antonio Santorelli
Poeta que considera el portal su segunda casa
Si Juan Salvador Gaviota
no hubiera entrado al edén gaviotero;
-donde lo recibiera don Pedro Gaviota, ¿recuerdas?-
todavía estaría estrellándose
una y otra vez
contra los áridos escollos de Las Tunitas;
-antes de la vertical; escalofriante, bajada de Tacoa-
matándose y rematándose
una y otra vez
estúpidamente,
tontamente,
tan solo para superar el record de velocidad
que tienen los jets de propulsión a chorro
-Y qué chorro de lágrimas estaría vertiendo mamá Gaviota-
tan solo para romper la barrera del sonido
y entrar al libro Guinnes
como la gaviota más rápida del mundo.
Mamá Gaviota, al recibir la noticia de la remuerte de su hijo
pensaría: ¡ese muchacho, ya se desmadró otra vez!
mientras los bronceados niños tuniteros;
sentados a la vera de la calle
(con los pies columpiándose en el aire, de frente al barranco)
estarían todavía contemplando, disfrutando, gozando
(risa y risa)
del extravagante espectáculo.
Lástima que Juanito entró al cielo gaviotero;
porque ahora, nuestros chamitos tuniteros
solo pueden entretenerse jugando perinola,
rodando el trompo, ruchándose las metras,
cambiándose barajitas o volando papagayos
hechos por ellos mismos, con bambú, cabuya y papel cebolla.
Por cierto, éstos últimos, empujados por los vientos alisios,
también intentan romper la barrera del sonido.
¿Será que hay también un cielo, para los papagayos de papel cebolla?.
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no hubiera entrado al edén gaviotero;
-donde lo recibiera don Pedro Gaviota, ¿recuerdas?-
todavía estaría estrellándose
una y otra vez
contra los áridos escollos de Las Tunitas;
-antes de la vertical; escalofriante, bajada de Tacoa-
matándose y rematándose
una y otra vez
estúpidamente,
tontamente,
tan solo para superar el record de velocidad
que tienen los jets de propulsión a chorro
-Y qué chorro de lágrimas estaría vertiendo mamá Gaviota-
tan solo para romper la barrera del sonido
y entrar al libro Guinnes
como la gaviota más rápida del mundo.
Mamá Gaviota, al recibir la noticia de la remuerte de su hijo
pensaría: ¡ese muchacho, ya se desmadró otra vez!
mientras los bronceados niños tuniteros;
sentados a la vera de la calle
(con los pies columpiándose en el aire, de frente al barranco)
estarían todavía contemplando, disfrutando, gozando
(risa y risa)
del extravagante espectáculo.
Lástima que Juanito entró al cielo gaviotero;
porque ahora, nuestros chamitos tuniteros
solo pueden entretenerse jugando perinola,
rodando el trompo, ruchándose las metras,
cambiándose barajitas o volando papagayos
hechos por ellos mismos, con bambú, cabuya y papel cebolla.
Por cierto, éstos últimos, empujados por los vientos alisios,
también intentan romper la barrera del sonido.
¿Será que hay también un cielo, para los papagayos de papel cebolla?.
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