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La bebé

Arturo Ciorán

Poeta recién llegado
Los trastos surcan el aposento
y estallan contra la pared del fondo.
Él oculta la cabeza entre los hombros
y esquiva el set de vajillas obsequiado
por su suegra
y luego se abalanza hacia las muñecas
de la lanzadora.

Ella brama
y la bebé llora en la cama,
llora a lágrima viva;
grita de forma desgarradora;
el rostro se le ruboriza,
y a él le duelen los oídos
e intenta sosegar a su mujer
y recibe un arañazo en la mejilla
y desase las extremidades
y ella cae de espaldas en la cama
y alza a la niña
y grita:
«¡Andate!, ¡andate o llamo a la policía!»,
y él permanece quedo
y, desconcertado y jadeante, la mira de hito.

Ella estaba en el baño
y la bebé había ensuciado los pañales.
«No la cambiés», voceó la mujer desde el inodoro.
«Sé cambiar pañales», aclaró él.
«Dejá, la cambio yo», insistió ella.
Y él se quedó en el sofá con el diario entre manos
y la bebé lloraba
y lloraba
y su mujer todavía no salía
y la bebé lloraba
y lloraba
y al final se hartó
y llevó a la niña a la cama,
le quitó el pañal
y la limpió con una toallita húmeda
y justo apareció su mujer
y ese fue el albor de la truculencia.

Él sale a la calle a fumar.
El rasguño le arde,
siente el calor de la sangre
y se lo enjuga.
Mira a la siniestra y encuentra los ojos
de la vecina asomados por la ventana de su casa.
A él le dan ganas de decirle:
«¿Sos curiosa?, la puta que te parió»,
y luego su mente retorna a su mujer
y recuerda las historias del padre
y de cómo la manoseaba
cuando la madre salía de compras
y fue cuando tenía menos de diez meses.

Entonces suspira
y cierra los ojos
y la rabia merma
y es reemplazada por la compasión.
Piensa en el porvenir y en ese porvenir
tendrá miedo de posar una mano en su hija,
incluso para estrecharla entre sus brazos,
e imagina su crecimiento sin amor paterno
y, por tanto, la consecuencia
de un novio manipulador, abusivo,
de esas criaturas olfateadoras
de la fragilidad anímica;
y la figura tirada en una zanja
y ve su remordimiento por no
haberlo previsto
y por la ausencia de afecto.

Le da una nueva calada al cigarrillo,
vuelve a mirar a la casa de al lado
y la vecina sigue con los ojos clavados en él.
Él hace el ademán de abrir la boca,
pero decide engullir las palabras.
 
Última edición:
Los trastos surcan el aposento
y estallan contra la pared del fondo.
Él oculta la cabeza entre los hombros
y esquiva el set de vajillas obsequiado
por su suegra
y luego se abalanza hacia las muñecas
de la lanzadora.

Ella brama
y la bebé llora en la cama,
llora a lágrima viva;
grita de forma desgarradora;
el rostro se le ruboriza,
y a él le duelen los oídos
e intenta sosegar a su mujer
y recibe un arañazo en la mejilla
y desase las extremidades
y ella cae de espaldas en la cama
y alza a la niña
y grita:
«¡Andate!, ¡andate o llamo a la policía!»,
y él permanece quedo
y, desconcertado y jadeante, la mira de hito.

Ella estaba en el baño
y la bebé había ensuciado los pañales.
«No la cambiés», voceó la mujer desde el inodoro.
«Sé cambiar pañales», aclaró él.
«Dejá, la cambio yo», insistió ella.
Y él se quedó en el sofá con el diario entre manos
y la bebé lloraba
y lloraba
y su mujer todavía no salía
y la bebé lloraba
y lloraba
y al final se hartó
y llevó a la niña a la cama,
le quitó el pañal
y la limpió con una toallita húmeda
y justo apareció su mujer
y ese fue el albor de la truculencia.

Él sale a la calle a fumar.
El rasguño le arde,
siente el calor de la sangre
y se la enjuga.
Mira a la siniestra y encuentra los ojos
de la vecina asomados por la ventana de su casa.
A él le dan ganas de decirle:
«¿Sos curiosa?, la puta que te parió»,
y luego su mente retorna a su mujer
y recuerda las historias del padre
y de cómo la manoseaba
cuando la madre salía de compras
y fue cuando tenía menos de diez meses.

Entonces suspira
y cierra los ojos
y la rabia merma
y es reemplazada por la compasión.
Piensa en el porvenir y en ese porvenir
tendrá miedo de posar una mano en su hija,
incluso para estrecharla entre sus brazos,
e imagina su crecimiento sin amor paterno
y, por tanto, la consecuencia
de un novio manipulador, abusivo,
de esas criaturas olfateadoras
de la fragilidad anímica;
y la figura tirada en una zanja
y ve su remordimiento por no
haberlo previsto
y por la ausencia de afecto.

Le da una nueva calada al cigarrillo,
vuelve a mirar a la casa de al lado
y la vecina sigue con los ojos clavados en él.
Él hace el ademán de abrir la boca,
pero decide engullir las palabras.
Hola estimado compañero.
Nos has traído un relato fantástico, donde describes con maestría los avatares de la vida, las interrogantes, la crudeza de la realidad de una família que puede ser la de cualquiera de nosotros.
Mis felicitaciones y mis respetos.
Un gran abrazo.
 
Hola estimado compañero.
Nos has traído un relato fantástico, donde describes con maestría los avatares de la vida, las interrogantes, la crudeza de la realidad de una família que puede ser la de cualquiera de nosotros.
Mis felicitaciones y mis respetos.
Un gran abrazo.
Mi más sincero agradecimiento a tus palabras, Marcos! Entendiste la profundidad que quise dotarle a este poema y eso me halaga. Y por supuesto, es la realidad misma, un conjunto de historias verídicas que me inspiraron y que aglomeré para forjar esta historia.
Saludos!
 
Los trastos surcan el aposento
y estallan contra la pared del fondo.
Él oculta la cabeza entre los hombros
y esquiva el set de vajillas obsequiado
por su suegra
y luego se abalanza hacia las muñecas
de la lanzadora.

Ella brama
y la bebé llora en la cama,
llora a lágrima viva;
grita de forma desgarradora;
el rostro se le ruboriza,
y a él le duelen los oídos
e intenta sosegar a su mujer
y recibe un arañazo en la mejilla
y desase las extremidades
y ella cae de espaldas en la cama
y alza a la niña
y grita:
«¡Andate!, ¡andate o llamo a la policía!»,
y él permanece quedo
y, desconcertado y jadeante, la mira de hito.

Ella estaba en el baño
y la bebé había ensuciado los pañales.
«No la cambiés», voceó la mujer desde el inodoro.
«Sé cambiar pañales», aclaró él.
«Dejá, la cambio yo», insistió ella.
Y él se quedó en el sofá con el diario entre manos
y la bebé lloraba
y lloraba
y su mujer todavía no salía
y la bebé lloraba
y lloraba
y al final se hartó
y llevó a la niña a la cama,
le quitó el pañal
y la limpió con una toallita húmeda
y justo apareció su mujer
y ese fue el albor de la truculencia.

Él sale a la calle a fumar.
El rasguño le arde,
siente el calor de la sangre
y se lo enjuga.
Mira a la siniestra y encuentra los ojos
de la vecina asomados por la ventana de su casa.
A él le dan ganas de decirle:
«¿Sos curiosa?, la puta que te parió»,
y luego su mente retorna a su mujer
y recuerda las historias del padre
y de cómo la manoseaba
cuando la madre salía de compras
y fue cuando tenía menos de diez meses.

Entonces suspira
y cierra los ojos
y la rabia merma
y es reemplazada por la compasión.
Piensa en el porvenir y en ese porvenir
tendrá miedo de posar una mano en su hija,
incluso para estrecharla entre sus brazos,
e imagina su crecimiento sin amor paterno
y, por tanto, la consecuencia
de un novio manipulador, abusivo,
de esas criaturas olfateadoras
de la fragilidad anímica;
y la figura tirada en una zanja
y ve su remordimiento por no
haberlo previsto
y por la ausencia de afecto.

Le da una nueva calada al cigarrillo,
vuelve a mirar a la casa de al lado
y la vecina sigue con los ojos clavados en él.
Él hace el ademán de abrir la boca,
pero decide engullir las palabras.

Compañero este poema tuyo me gustó. Te invito como un lector más a que sigas experimentando y publicando obras en este foro un poco rezagado... :)
Un abrazo
 

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