Existe un cuento en mi tierra,
que les quisiera narrar,
confío que sean pacientes,
pues es de largo contar,
momentos vividos antes,
olvidados en el tiempo.
El cuento que en voz corría
era una historia bien triste,
era la historia de un ser,
(por llamarle de esa forma),
carente de pensamiento,
encerrado en su persona,
criado por altos cerros,
era un ser que por momentos,
se apartaba de sus sueños
y te miraba a los ojos
con brillos de fantasía,
chisporroteaban jugosos
colmados por la ilusión
y, de melosa pupila,
cual el brillo en la castaña,
de gestos dulces y suaves,
de risa en fresca granada,
era agradable en su formas,
reconocido en persona;
pero, por breves momentos,
se ocultaba tras sus tules,
se abandonaba a su suerte,
se encerraba en su miseria,
se anulaba en su presente
y así pasaba las horas.
Le llamaban Doroteo,
joven de aspecto gentil
que por tonto fue tenido
y condenado a morir,
por curiosidad de un pueblo,
¡vaya este cuento por ti!.
La casa del molinero.
En casa del molinero,
en las lindes del camino,
algo extraño sucedía,
era una casa encantada
con ruidos de cadenas
y en la oscuridad susurros,
se oían tremendos quejidos
y pasos de algunas sombras,
(al menos eso decían,
los que vivieron sus noches),
por motivo de una apuesta,
por una necesidad,
por no conocer su fama,
por no creer su maldad.
Varias fueron las personas
que quisieron conseguir,
pasar la noche a su fuego,
en sus alcobas dormir,
pasear por sus pasillos
y sentarse en sus desvanes;
pero no hubo ocasión,
ni nadie pudo decir,
que se sintiese valiente
de haber podido dormir
en sus camas con doseles
y sábanas de organdí.
Pues era intentar pasar
una noche en sus salones,
al calor de la cocina,
bajo el techo de la casa,
las maderas se encrespaban
y todo el hogar gritaba
con chillidos de agonía,
con el sufrir, con la pena y,
envuelto en luces y sombras,
el ruido de cadenas,
las gentes acobardadas
gritaban desde la calle,
que era una casa encantada,
la casa del molinero,
motivo de estos pesares.
Entre altos dignatarios,
por sus bocas recorrían
preguntas de cómo hacer,
por poder averiguar que
hacer con aquella casa.
Propusieron derribarla
y el usar de su terreno,
para diversión y descanso
de las personas del pueblo,
colocando unos columpios
que al arroyo se asomaran,
e incluso hacer una fuente
de susurrantes cascadas
y con peces de colores,
con sombras al altozano
y entre bancos de merienda,
el crear actividades
de reuniones y festejos,
disfrute fueran al pueblo
el lugar donde estuviera
la casa del molinero.
Otros, los mas ambiciosos,
enterados de las noches
que se vivían en la casa,
soñaron con un tesoro escondido,
el oro del molinero,
rico hacendado en la zona,
en otro tiempo vivido,
jugador y pendenciero,
por hombre guapo tenido
y buen amante de alcobas,
muerto en extraño suceso,
colgado por una soga
que pendía de un balaustre;
pero de forma tan corta,
que era imposible que un hombre
a sí mismo se amarrase,
para culminar sus horas.
Se habló de un asesinato,
se comentó de un suicidio,
se buscaron responsables,
alguno de los vecinos,
irritado por su fama,
envidioso de su sino,
tal vez ofendido en falda
de su señora y por ello
señalado como cabrón consentido.
Entre toda aquella zona,
se buscó a un asesino
o asesina, señalaron
de aquel lugar las señoras.
El caso fue que pasó el tiempo
y nadie pudo encontrar
a aquel que pudiera ser
quien matase al molinero.
Tras el pasar de los años,
crecieron personas nuevas,
el pueblo se fue alargando
y visitantes vinieron,
los días fueron marcados
con la ilusión de otro tiempo.
y mientras tanto la casa
al no encontrarse heredero,
la absorbió el ayuntamiento,
el cual intentó venderla
o el usar de su terreno
para realizar negocios
que fueran bien para el pueblo.
Por eso discurrían en sus cabezas
qué hacer con aquella casa,
alguien entre bromas dijo:
“Si queremos comprobar
qué puñetas pasa allí,
encerremos al Doroteo,
por ver que puede ocurrir”.
Le siguieron varias risas
y hubo una gran decisión
entre toda aquella broma,
el llevar al Doroteo
a alguna de sus alcobas
y dejar pasar la noche,
por creer averiguar
qué encerraba aquella casa,
la casa del molinero.
Se ejecutó la sentencia
y a lo largo de la noche,
al extenderse las sombras,
la casa concibió el peso
encerrado en una alcoba,
las astillas del vigamen se encresparon
y un tenue vapor inició su palpitar
inundando salas, pasillos,
peldaños de la escalera
y, cual un hervor lechoso,
avanzaba por el suelo,
los golpes de su pálpito
hacían crujir la madera
con ruidos de fuertes pisadas,
con chasquido de cinto azotador,
envuelto en fuerte olor a sudor,
con sensación de violencia
se fue colmando la casa,
con ahogados susurros
y con leves gimoteos
palpitaba la casa su pena,
llantos de mujeres, súplicas,
últimas esperanzas
entrecortadas por gritos
y bronco llanto de hombre,
murmullos y chismorreos,
voces ignominiosas que gritaban
su ignominia, sus vergüenzas,
el clamor era muy encendido,
las paredes lloraban lágrimas
de pavoroso miedo,
emergían sinuosas sombras que,
huidizas, cruzaban por las estancias,
se vislumbraban en pasillos
entre oscuros cortinajes,
se claveteaban maderas
y el acero de las mazas
recordaban las cadenas
que hacían crujir en la casa,
la casa del molinero,
cuento de extrañas venganzas.
Y allí mientras el Doroteo,
echado sobre su lecho,
meditando en las estrellas
que iluminaban su techo,
que le encerraban en su mundo,
que le inundaba en sus juegos,
como a cualquier inocente
sin ser el tonto del pueblo.
La noche siguió su paso
y la casa sus quejidos,
los señores dignatarios
en sus camastros dormidos
y el leve del Doroteo,
en sus sueños sumergido;
¿o apareció su persona
y sufrió de aquel martirio
que se encerraba en la casa?,
la casa del molinero
con sus extrañas andanzas.
El caso fue que la noche
consumió su tiempo
con la llegada del alba
y a la mañana siguiente,
al penetrar en la casa,
vieron maderas partidas
y trozos de las estacas
clavadas por las paredes,
entre marcas de eslabones
de pavorosas cadenas.
Incrédulos se miraron entre sí
y pálidos corrieron al espacio
donde quedó el Doroteo,
sintieron escalofríos
recorrerles las espaldas,
se cubrieron los vestidos,
se apretaron las corbatas.
Vieron una fuente de sangre,
vertida desde la cama,
que como arroyo culebro
recorría las estancias
arrastrado por el suelo,
las miradas extasiadas
siguieron dicho sendero
que, marcado de agonía,
señalaba el aspaviento,
marcas de un cuerpo arrastrado
connotado por sus miembros,
aquí se ve unas patadas
y las uñas de unos dedos
aferradas a las grietas
que en las baldosas hace el tiempo.
A un patio de rubio albero,
les condujeron las marcas
que formaban el sendero,
sobre la tierra batida,
movimientos de agonía,
convulsiones en la arena
que encierran tantos dolores,
que señalan tanta pena.
Al centro del patio un pozo
y, en su brocal suspendidas,
las formas del Doroteo,
colgado por una cuerda
tan corta, que era imposible
que la anudasen sus dedos.
Así murió el Doroteo,
colgado por una soga
en casa del molinero.
que les quisiera narrar,
confío que sean pacientes,
pues es de largo contar,
momentos vividos antes,
olvidados en el tiempo.
El cuento que en voz corría
era una historia bien triste,
era la historia de un ser,
(por llamarle de esa forma),
carente de pensamiento,
encerrado en su persona,
criado por altos cerros,
era un ser que por momentos,
se apartaba de sus sueños
y te miraba a los ojos
con brillos de fantasía,
chisporroteaban jugosos
colmados por la ilusión
y, de melosa pupila,
cual el brillo en la castaña,
de gestos dulces y suaves,
de risa en fresca granada,
era agradable en su formas,
reconocido en persona;
pero, por breves momentos,
se ocultaba tras sus tules,
se abandonaba a su suerte,
se encerraba en su miseria,
se anulaba en su presente
y así pasaba las horas.
Le llamaban Doroteo,
joven de aspecto gentil
que por tonto fue tenido
y condenado a morir,
por curiosidad de un pueblo,
¡vaya este cuento por ti!.
La casa del molinero.
En casa del molinero,
en las lindes del camino,
algo extraño sucedía,
era una casa encantada
con ruidos de cadenas
y en la oscuridad susurros,
se oían tremendos quejidos
y pasos de algunas sombras,
(al menos eso decían,
los que vivieron sus noches),
por motivo de una apuesta,
por una necesidad,
por no conocer su fama,
por no creer su maldad.
Varias fueron las personas
que quisieron conseguir,
pasar la noche a su fuego,
en sus alcobas dormir,
pasear por sus pasillos
y sentarse en sus desvanes;
pero no hubo ocasión,
ni nadie pudo decir,
que se sintiese valiente
de haber podido dormir
en sus camas con doseles
y sábanas de organdí.
Pues era intentar pasar
una noche en sus salones,
al calor de la cocina,
bajo el techo de la casa,
las maderas se encrespaban
y todo el hogar gritaba
con chillidos de agonía,
con el sufrir, con la pena y,
envuelto en luces y sombras,
el ruido de cadenas,
las gentes acobardadas
gritaban desde la calle,
que era una casa encantada,
la casa del molinero,
motivo de estos pesares.
Entre altos dignatarios,
por sus bocas recorrían
preguntas de cómo hacer,
por poder averiguar que
hacer con aquella casa.
Propusieron derribarla
y el usar de su terreno,
para diversión y descanso
de las personas del pueblo,
colocando unos columpios
que al arroyo se asomaran,
e incluso hacer una fuente
de susurrantes cascadas
y con peces de colores,
con sombras al altozano
y entre bancos de merienda,
el crear actividades
de reuniones y festejos,
disfrute fueran al pueblo
el lugar donde estuviera
la casa del molinero.
Otros, los mas ambiciosos,
enterados de las noches
que se vivían en la casa,
soñaron con un tesoro escondido,
el oro del molinero,
rico hacendado en la zona,
en otro tiempo vivido,
jugador y pendenciero,
por hombre guapo tenido
y buen amante de alcobas,
muerto en extraño suceso,
colgado por una soga
que pendía de un balaustre;
pero de forma tan corta,
que era imposible que un hombre
a sí mismo se amarrase,
para culminar sus horas.
Se habló de un asesinato,
se comentó de un suicidio,
se buscaron responsables,
alguno de los vecinos,
irritado por su fama,
envidioso de su sino,
tal vez ofendido en falda
de su señora y por ello
señalado como cabrón consentido.
Entre toda aquella zona,
se buscó a un asesino
o asesina, señalaron
de aquel lugar las señoras.
El caso fue que pasó el tiempo
y nadie pudo encontrar
a aquel que pudiera ser
quien matase al molinero.
Tras el pasar de los años,
crecieron personas nuevas,
el pueblo se fue alargando
y visitantes vinieron,
los días fueron marcados
con la ilusión de otro tiempo.
y mientras tanto la casa
al no encontrarse heredero,
la absorbió el ayuntamiento,
el cual intentó venderla
o el usar de su terreno
para realizar negocios
que fueran bien para el pueblo.
Por eso discurrían en sus cabezas
qué hacer con aquella casa,
alguien entre bromas dijo:
“Si queremos comprobar
qué puñetas pasa allí,
encerremos al Doroteo,
por ver que puede ocurrir”.
Le siguieron varias risas
y hubo una gran decisión
entre toda aquella broma,
el llevar al Doroteo
a alguna de sus alcobas
y dejar pasar la noche,
por creer averiguar
qué encerraba aquella casa,
la casa del molinero.
Se ejecutó la sentencia
y a lo largo de la noche,
al extenderse las sombras,
la casa concibió el peso
encerrado en una alcoba,
las astillas del vigamen se encresparon
y un tenue vapor inició su palpitar
inundando salas, pasillos,
peldaños de la escalera
y, cual un hervor lechoso,
avanzaba por el suelo,
los golpes de su pálpito
hacían crujir la madera
con ruidos de fuertes pisadas,
con chasquido de cinto azotador,
envuelto en fuerte olor a sudor,
con sensación de violencia
se fue colmando la casa,
con ahogados susurros
y con leves gimoteos
palpitaba la casa su pena,
llantos de mujeres, súplicas,
últimas esperanzas
entrecortadas por gritos
y bronco llanto de hombre,
murmullos y chismorreos,
voces ignominiosas que gritaban
su ignominia, sus vergüenzas,
el clamor era muy encendido,
las paredes lloraban lágrimas
de pavoroso miedo,
emergían sinuosas sombras que,
huidizas, cruzaban por las estancias,
se vislumbraban en pasillos
entre oscuros cortinajes,
se claveteaban maderas
y el acero de las mazas
recordaban las cadenas
que hacían crujir en la casa,
la casa del molinero,
cuento de extrañas venganzas.
Y allí mientras el Doroteo,
echado sobre su lecho,
meditando en las estrellas
que iluminaban su techo,
que le encerraban en su mundo,
que le inundaba en sus juegos,
como a cualquier inocente
sin ser el tonto del pueblo.
La noche siguió su paso
y la casa sus quejidos,
los señores dignatarios
en sus camastros dormidos
y el leve del Doroteo,
en sus sueños sumergido;
¿o apareció su persona
y sufrió de aquel martirio
que se encerraba en la casa?,
la casa del molinero
con sus extrañas andanzas.
El caso fue que la noche
consumió su tiempo
con la llegada del alba
y a la mañana siguiente,
al penetrar en la casa,
vieron maderas partidas
y trozos de las estacas
clavadas por las paredes,
entre marcas de eslabones
de pavorosas cadenas.
Incrédulos se miraron entre sí
y pálidos corrieron al espacio
donde quedó el Doroteo,
sintieron escalofríos
recorrerles las espaldas,
se cubrieron los vestidos,
se apretaron las corbatas.
Vieron una fuente de sangre,
vertida desde la cama,
que como arroyo culebro
recorría las estancias
arrastrado por el suelo,
las miradas extasiadas
siguieron dicho sendero
que, marcado de agonía,
señalaba el aspaviento,
marcas de un cuerpo arrastrado
connotado por sus miembros,
aquí se ve unas patadas
y las uñas de unos dedos
aferradas a las grietas
que en las baldosas hace el tiempo.
A un patio de rubio albero,
les condujeron las marcas
que formaban el sendero,
sobre la tierra batida,
movimientos de agonía,
convulsiones en la arena
que encierran tantos dolores,
que señalan tanta pena.
Al centro del patio un pozo
y, en su brocal suspendidas,
las formas del Doroteo,
colgado por una cuerda
tan corta, que era imposible
que la anudasen sus dedos.
Así murió el Doroteo,
colgado por una soga
en casa del molinero.