victorialozano
Poeta recién llegado
La casa donde duermen las estrellas
Anoche encontré una escalera creciendo dentro de una lágrima.
Subí.
En el primer peldaño cantaban los relojes sin agujas, y el tiempo, vestido de pájaro azul, dejaba caer plumas sobre los mares dormidos.
En el segundo, la luna tejía bufandas de silencio para abrigar a los árboles que temblaban de nostalgia.
Más arriba, los peces volaban entre campanas, las montañas guardaban cartas de amor escritas por nubes antiguas, y un río de cristal arrastraba recuerdos que jamás habían sucedido.
Entonces te vi.
Tenías los ojos llenos de galaxias y una corona hecha de amaneceres perdidos. Tus manos sostenían el eco de todas las palabras que nunca se atrevieron a nacer.
Me dijiste:
—La realidad es apenas una ventana, pero los sueños son la casa entera.
Y de pronto comprendí que las estrellas no viven en el cielo, sino dentro de las heridas que aprendieron a brillar.
Desperté.
Pero aún llevo en los bolsillos un puñado de constelaciones, una mariposa hecha de viento y el recuerdo imposible de aquella casa infinita
donde la luna bebe té con las rosas,
donde los relojes florecen,
y donde el alma, cuando nadie la mira,
abre sus alas.
Anoche encontré una escalera creciendo dentro de una lágrima.
Subí.
En el primer peldaño cantaban los relojes sin agujas, y el tiempo, vestido de pájaro azul, dejaba caer plumas sobre los mares dormidos.
En el segundo, la luna tejía bufandas de silencio para abrigar a los árboles que temblaban de nostalgia.
Más arriba, los peces volaban entre campanas, las montañas guardaban cartas de amor escritas por nubes antiguas, y un río de cristal arrastraba recuerdos que jamás habían sucedido.
Entonces te vi.
Tenías los ojos llenos de galaxias y una corona hecha de amaneceres perdidos. Tus manos sostenían el eco de todas las palabras que nunca se atrevieron a nacer.
Me dijiste:
—La realidad es apenas una ventana, pero los sueños son la casa entera.
Y de pronto comprendí que las estrellas no viven en el cielo, sino dentro de las heridas que aprendieron a brillar.
Desperté.
Pero aún llevo en los bolsillos un puñado de constelaciones, una mariposa hecha de viento y el recuerdo imposible de aquella casa infinita
donde la luna bebe té con las rosas,
donde los relojes florecen,
y donde el alma, cuando nadie la mira,
abre sus alas.
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