César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cerca de donde vivo hay una montaña. Es alta, 2765 metros dicen. Yo la veo desde 950 metros de altura dicen-, así que no alcanzo a ver su altura total sino la diferencia: unos 1715 metros. Y se ve alta.
La subí, la primera vez, con mi padre. Él y yo solos. Él era un hombre cercano a los cuarenta, yo tenía ocho años. Mi padre no era hombre de andar muy equipado cuando de subir una montaña se trataba. Hacía mucho, mucho frío y llovió todo el tiempo una vez que estuvimos arriba. Mi padre perdió el camino y a un momento determinado, aunque nos faltaba muy poco según él-, decidió regresar. Bajando me caí catorce veces por el empinado e irregular sendero de tierra; él se cayó ocho. Las contamos bromeando porque así asumía él los contratiempos. Estábamos muertos de frío. Yo le decía daría lo que fuera por un café caliente. ¿Cuánto darías? Me preguntaba él, y yo le contestaba diferentes cifras, hasta alcanzar la increíble cantidad de ¡CINCO BOLÍVARES! Él se reía. No me permitió desanimarme.
Pasado lo peor del camino también mejoró el tiempo y nos encontramos con otros montañistas que subían. Se quedaban extrañados al ver nuestra apariencia, que debe haber sido desastrosa llenos completamente del lodo oscuro del camino como andábamos, y le preguntaban a mi padre sobre mi edad: ocho años, decía él es la primera vez que sube al Pico y yo recibía felicitaciones y miradas de admiración por parte de todos/as. Terminé pasándola muy bien y sintiéndome un hombre (es decir, importante), aunque ese día no alcancé a ver la cruz que, decía mi padre, estaba sobre la montaña.
La subí, la primera vez, con mi padre. Él y yo solos. Él era un hombre cercano a los cuarenta, yo tenía ocho años. Mi padre no era hombre de andar muy equipado cuando de subir una montaña se trataba. Hacía mucho, mucho frío y llovió todo el tiempo una vez que estuvimos arriba. Mi padre perdió el camino y a un momento determinado, aunque nos faltaba muy poco según él-, decidió regresar. Bajando me caí catorce veces por el empinado e irregular sendero de tierra; él se cayó ocho. Las contamos bromeando porque así asumía él los contratiempos. Estábamos muertos de frío. Yo le decía daría lo que fuera por un café caliente. ¿Cuánto darías? Me preguntaba él, y yo le contestaba diferentes cifras, hasta alcanzar la increíble cantidad de ¡CINCO BOLÍVARES! Él se reía. No me permitió desanimarme.
Pasado lo peor del camino también mejoró el tiempo y nos encontramos con otros montañistas que subían. Se quedaban extrañados al ver nuestra apariencia, que debe haber sido desastrosa llenos completamente del lodo oscuro del camino como andábamos, y le preguntaban a mi padre sobre mi edad: ocho años, decía él es la primera vez que sube al Pico y yo recibía felicitaciones y miradas de admiración por parte de todos/as. Terminé pasándola muy bien y sintiéndome un hombre (es decir, importante), aunque ese día no alcancé a ver la cruz que, decía mi padre, estaba sobre la montaña.
César Guevara / septiembre y remembranzas - 2014.
Caramba, quería agregar una foto pero no supe hacerlo.